Ser padre no es fácil. No lo enseñan en ninguna universidad. Tampoco en la secundaria. De entrada, entonces, tenemos una gran dificultad porque, humanamente, nos toca someternos al proceso de error-acierto-error. Lo más grave del asunto es que el número de equivocaciones es mayor que el volumen de decisiones apropiadas en la formación y educación de los hijos. Si a esto le suma la preferencia por alguno de sus hijos en particular, el asunto se complica todavía más.
La Biblia nos menciona el caso de Isaac y Rebeca, que debería servirnos de ejemplo hoy día (Génesis 25: 27, 28 | NVI). Puede que tú hayas caído en ese comportamiento o estés en riesgo de cruzar esa frontera. ¿Cuáles son las consecuencias?
Permíteme compartirte al menos 5:
Competencias entre los hijos.
Resentimientos hacia los hermanos y los padres.
Desaliento.
Baja autoestima.
Sentimientos de minusvalía.
Sea cual fuere la situación, lo más probable es que tu inclinación por uno de los hijos en particular contribuya a la fractura de la relación familiar.
Quien nos concede la sabiduría para criar a los hijos conforme a Su voluntad, es Dios. Él nos orienta cuando cometemos errores, nos ayuda a corregirlos y reorienta el curso de la vida familiar.
Vuelve la mirada al Señor. Permite que Él reine en casa. Es la mejor decisión que podrás tomar para traer armonía en el hogar.
Ahora, si el asunto es espiritual, piensa en tu alma. ¿Hacia dónde se dirige? Probablemente no ha caído en la cuenta, pero una vida de pecaminosidad no conduce sino a la condenación eterna.
¿Hay solución? Por supuesto que sí. Estribe en acogerte a la gracia divina que perdona nuestros pecados en respuesta a un sincero arrepentimiento. Da ese paso hoy. Recibe a Jesucristo como tu Señor y Salvador.
“Amado Dios y Padre celestial: reconozco que liderar o ayudar a orientar a mi familia, no es nada fácil. Por el contrario, cometo muchos errores. Pido tu sabiduría para dar los pasos apropiados y obrar como debiera en la relación con mi cónyuge y con los hijos”.