Sé responsable de tu vida


El problema fundamental de nuestra naturaleza humana es el no asumir la responsabilidad de nuestra vida.
¿Dónde debe trazarse la línea entre la responsabilidad de un individuo por cuidar de sí mismo y la responsabilidad de la sociedad de garantizar que otros lo protejan?»

¿A qué crees que podrían estarse refiriendo estas palabras? ¿Qué clase de mal sugiere el interrogador que anda rondando por ahí y al que la sociedad necesita atacar para que tú y yo estemos a salvo?

Una sociedad debe asumir la respon­sabilidad de protegernos a todos de un holocausto nuclear. El FBI gasta mucho tiempo y recursos asumiendo la responsabilidad de asegurar que tú y yo estemos a salvo. ¿Y un brote de la gripe aviar, E. coli o alguna otra enfer­medad mortal? El Centro para el Control de Enfermedades de los Estados Unidos te cubre en ese aspecto.

Entonces, ¿a cuál de estos peligros mortales se refería la cita del inicio cuando preguntó en qué momento debe intervenir la sociedad y asegurarse de que tú estés bien? La respuesta: a ninguno. La cita viene del fallo de un juez federal de los Estados Unidos. El autor de un delito tan peligroso que para protegerse del mismo pudiera requerirse el poder colectivo de toda nuestra sociedad es: Una hamburguesa de McDonald’s.

Fue necesario que un tribunal federal de los Estados Unidos descifrara la respuesta a esa pregunta. ¿Por qué? Porque dos niñas tenían sobre­peso y aseveraban que McDonald’s era responsable de sus hábitos alimenticios. El abogado de las demandantes argumentó que la comida de McDonald’s era «adictiva física o psicológicamente». Desde esa perspectiva, las pobres niñas no tenían posibilidades. Los arcos dorados de McDonald’s extendían las manos, las agarraban, las hacían entrar y las obligaban a comer.

Sin embargo, prevalecieron el sentido común y el orden creado, como argumenta­remos. Parte de la opinión del juez sostenía que «si los consumidores saben (o debieran saber lógicamente) las posibles consecuencias dañinas para la salud de comer en McDonald’s, no pueden culpar a McDonald’s si de todas maneras escogen saciar su apetito con un exceso de productos de tamaño extra grande de McDonald’s».

Pero este cuadro presenta una pregunta aún mayor. ¿Cómo hemos llegado al punto en que una persona pueda siquiera pensar en demandar a una hamburguesa por su problema de sobrepeso? ¿Fueron los permisivos años de la década del sesenta los que acabaron con la res­ponsabilidad personal en nuestra cultura? ¿Fue el humanismo que dijo que la humanidad es básicamente buena y que es nuestro medioambiente malo lo que hace que cometamos errores? ¿Fue la crianza permisiva que enseñó a toda una generación que no tiene responsabilidad por nada, que nada malo que pase jamás será culpa mía? ¿Fueron los psicólogos quienes dijeron que disciplinar a un niño podría herir su autoestima? ¿O fueron todas esas hamburguesas que nos comimos?

 

¿A quién culpamos?

En realidad, a pesar de lo mucho que nos gusta hablar de cuánto se ha descarriado nuestra sociedad, culpar a otros no es un pro­blema nuevo que haya creado la nación estadou­nidense del siglo veintiuno. Aunque sí parecemos haber perfeccionado la culpa como una manifestación del arte legal y cultural, este no es un fenómeno moderno. De hecho, ha sido parte de la naturaleza humana desde el comienzo de los tiempos.

Cuando Dios le preguntó a Adán el equivalente de «¿por qué te comiste la hamburguesa?», el fruto prohibido en el caso de Adán, Adán rápidamente culpó a su esposa: «Él respondió: La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí» (Génesis 3:12).

Cuando Dios le preguntó a Eva acerca de este asunto, ella traspasó la respon­sabilidad de manera similar. «Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? La serpiente me engañó, y comí—contestó ella» (Génesis 3:13).

Lo único que Adán necesitaba era un abogado y podía haber demandado a Dios, a Eva y a la serpiente. La verdad es que hay un problema fun­damental con la naturaleza humana, tal y como han observado los filósofos, psicólogos y teólogos durante siglos. El problema sencillamente es este: No asumimos la responsabilidad por nuestras propias vidas.

Pasamos la culpa y la responsabilidad a otros. Es parte de quiénes somos y ha sido así desde el primer día. No lo apren­dimos del medioambiente, aunque nuestro medioambiente puede aumentarlo. En cambio, lo traemos al mundo como una tendencia que viene con el hecho de ser humanos.

Ahora bien, sin dudas, tenemos motivos para no asumir la responsabilidad por nuestra propia conducta y nuestra vida. Adán y Eva lo hicieron en parte porque estaban avergonzados y tenían miedo. Nadie dijo nunca que culpamos sin un buen motivo. Hasta las niñas del pleito contra McDonald’s tenían luchas y factores deter­minantes que hacían que el autocontrol les resultara difícil. Quizá se sentían avergonzadas, impotentes o temerosas. Los factores externos sí influyen en nuestra conducta. Hasta la Biblia lo afirma.

Pero el hecho de que haya motivos que nos impulsen a hacer las cosas y el asunto de si somos responsables de lo que hacemos con eso, son dos asuntos muy diferentes. El punto principal es este: No importa qué motivo impulse a una persona a comer en exceso, ya sea el estrés, los anuncios de McDonald’s, el aburrimiento, la falta de educación, una mala niñez o cualquier otra cosa, sigue habiendo una realidad: si comes en exceso, aumentarás de peso. El «por qué» lo hiciste, no importa cuán válido sea, no solucionará el problema. Lo mismo sucede en la vida de las personas todos los días. Cuando tenemos éxito al culpar a alguien por nuestros problemas, aún no estamos más cerca de una solución para ellos. No obstante, lo hacemos de todas maneras para sentirnos mejor temporalmente. Y cuando lo hacemos, todavía seguimos con los problemas.

De estas niñas haber ganado su pleito, habría sido lo peor que les suce­diera, porque reforzaría la creencia de que otra persona tenía el control de su conducta. Son ellas las únicas que pueden negarse a comer las hamburguesas. Son ellas las únicas que tienen el control de eso. Y al final, todo es cuestión de control.

 

Todo es cuestión de control

Conozco a un hombre cuya niñez no fue la mejor. Su madre lo usaba para resolver sus problemas y su padre no le ofreció el apoyo para darle confianza en lograr sus sueños. A él no lo trataron justamente. Ahora, tiene un trabajo que no le gusta y sale con una mujer que lo trata de manera muy parecida a como lo hicieron sus padres. Ella lo usa y no le da apoyo.

Cada vez que él piensa en el trabajo que detesta y su mala relación, reac­ciona de manera familiar. Se molesta y se queja. Ninguno de sus problemas es culpa suya. Se queja de que la empresa no se interesa en él y de cómo usan a sus empleados para sus propias metas. Y se queja de que su novia sólo piensa en ella y siempre se sale con la suya. Cuando le hablé de buscar otro trabajo, dijo que su novia está en muchas cosas en estos momentos y que él pasa tanto tiempo ayudándola, que le queda muy poco para buscar trabajo.

Pobre hombre, pienso yo. Está atrapado en una prisión. Pero el problema con su prisión es que él es quien tiene la llave y, sin embargo, no lo sabe. Es él quien tiene el control de su vida y, no obstante, piensa que son las demás personas. Es él quien único puede hacer algo con respecto a sus pro­blemas y, sin embargo, dice que no puede hacer nada. ­

Ahora bien, si le preguntaras, él no diría esto directamente, pero eso es lo que está diciendo y viviendo cada día. Si su novia, su empleador y la universidad son los motivos de que las cosas no mejoren para él, en­tonces su única esperanza de que algo mejore alguna vez es que éstas cambien. En su mente, éstos tienen todo el poder y el control sobre su vida.

Las niñas con sobrepeso tenían la misma actitud. «Si McDonald’s me puso así, entonces mi única esperanza es que McDonald’s haga algo para hacerme diferente».

Tengo otra amiga que tiene un trasfondo similar. Muy poco apoyo, ánimo o ayuda por parte de su familia. La hi­rieron de dos maneras: primero, con las cosas dañinas que le infligieron. Y segundo, al privarla de las cosas buenas que necesitaba. Pero su reacción fue muy diferente a la del primer amigo que mencioné.

Ella aprendió la diferencia entre lo que nos sucede y lo que hacemos con eso. Aprendió que no son las cosas malas que nos suceden lo que determina nuestro destino, sino cómo reaccionamos ante ellas. También aprendió que nadie puede controlar tu vida si tú no se lo permites. En pocas palabras, aprendió que ella es «dueña» de su vida y nadie más. Y es el dueño quien tiene los derechos.

Ella aprendió que si su familia no le daba el apoyo y la validez que ella necesitaba, tenía la libertad de buscarlo en otras personas. Y lo hizo. Se unió a una comunidad espiritual que la amaba y apoyaba. Creció hasta volverse fuerte desde el punto de vista emocional. Aunque sus pa­dres le causaron mucho dolor emocional, ella aprendió que tenía la libertad de buscar ayuda para tratar ese dolor y mejorarse. Con diligencia, recibió terapia, se unió a grupos de apoyo y venció el dolor significativo en su vida. Hoy es muy saludable.

Aunque los padres de esta mujer no apoyaron sus actividades intelectuales de ninguna manera, incluyendo las finanzas, ella aprendió que podía hacer sus propias elecciones y asumir ella misma la responsabilidad por esos intereses. Así que buscó trabajo, pagó por la escuela y finalmente alcanzó un título universitario y se convirtió en una profesional de un campo muy bien pagado.

Esta mujer también aprendió que no importa cuán hirientes puedan ser las relaciones de uno temprano en la vida, en tu vida adulta puedes escoger relaciones con personas que no serán hirientes. Ella escogió casarse con un hombre bueno, honesto y responsable.

Aunque Dios no libertó a esta mujer del sufrimiento en el mismo instante en que oró, ella aprendió que no tenía que escoger creer que Dios no existe o que a él no le interesa ella sólo porque la sanidad no es instantánea. Ella mantuvo viva una fe que la llevó a muchas experiencias de su intervención, sanidad y liberación.

Y, lo que creo que es su mayor logro, esta mujer aprendió que aunque tal vez tus padres no te den lo que necesitas en la vida, tú no tienes que perpe­tuar ese modelo y pasarlo a otra generación. Por el contrario, crió a sus hijos de forma maravillosa y ellos crecieron y llegaron a ser gente saludable y responsable.

Su vida no perteneció a sus circunstancias, sus padres, su falta de recursos ni su falta de opciones. Su vida le pertenecía. Era un regalo de Dios. Y ella no iba a permitir que lo sucedido la controlara durante el resto de su vida. Ella se apropió de su vida. Incluso si no causó los problemas, tomó la iniciativa de resol­verlos. Se hizo cargo de lo que sucedió a partir de ese momento y en lo adelante. Esa fue la diferencia entre mis dos amigos. Uno fue una víctima perpetua y la otra, una persona victoriosa.

 

¿Cómo debemos proceder?

La Biblia nos dice que Dios creó a las personas «a su imagen» (Génesis 1:27). Esto significa muchas cosas, pero una cosa sobresale en relación con el tema que nos ocupa: la capacidad de escoger lo que uno quiere ser. Esta capacidad de escoger es aquello que se denomina «voluntad». Literalmente, el término «voluntad» significa «deseo». Para los seres humanos creados a la imagen de Dios, significa mucho más que eso. Los animales tienen deseos o apetitos, pero sólo los seres humanos tienen la capacidad no sólo de desear las cosas, sino la voluntad creativa de asumir la responsabilidad por ese deseo y hacer posible que se logre. Esa habilidad creativa reside en la naturaleza de Dios y él nos la ha transmitido. Dios ha delegado dos cosas en ti: 1) La capacidad de crear y responder a la vida y 2) La realidad de las consecuencias de esas elecciones.

Adán no escogió cuántos árboles se le dieron en el huerto, pero sí escogió de cuáles comería. las chicas del litigio no escogieron que McDonald’s hiciera y anunciara comida que le hiciera aumentar de peso. Pero sí escogieron cómo respon­derían a esos anuncios. Mi primer amigo no escogió padres que le enseñaran lo que son las relaciones que no dan apoyo. Pero sí escogió buscarse una novia que era como ellos. Además, escogió quedarse en el estado en que su familia lo dejó en lugar de intentar salir del mismo. Era mucho más fácil culpar que cambiar. Como resultado, él escogió la forma de su vida: una sentencia tras otra de culpabilidad.

No siempre nos gusta la tremenda libertad para seleccionar que realmente tenemos. Nos asusta. Nos hace responsables. Pero es una realidad. Esa libertad de escoger es el elemento que explica la diferencia entre mis dos amigos. Ambos provenían de trasfondos difíciles y enfrentaron obstáculos difíciles. Pero la manera en que escogieron reaccionar ante dichas circunstancias fue muy diferente.

Cada uno de nosotros enfrenta circuns­tancias difíciles en la vida. A cada uno Dios nos concede talentos, cerebros y habilidades para enfren­tarlas. Nos da la opción de cómo responder a éstas. Escucha cómo el delegar responsabilidades se describe desde el principio: “Entonces Dios el Señor formó de la tierra toda ave del cielo y todo animal del campo, y se los llevó al hombre para ver qué nombre les pondría. El hombre les puso nombre a todos los seres vivos, y con ese nombre se les conoce” (Génesis 2:19).

Dios no hizo el trabajo de Adán al ponerle nombre a los animales. Lo que hizo fue darle a Adán la habilidad creativa para pensar en opciones y ponerles nombre.

Quizá nuestras excusas, de cierta manera, definan y describan nuestras opciones, pero no eliminan nuestra responsabilidad.

Dios diseñó el universo de manera que espera que utilicemos la libertad que nos ha dado para asumir la responsabilidad por nuestra situación, busquemos las posibles opciones y respondamos a éstas. Él no cree que seamos capaces de hacer cosas que no podemos. Sí nos pide que asumamos la responsabilidad y señorío de la situación y pidamos su ayuda y la de otros. Si das ese primer paso, las cosas pueden cambiar. O puedes echarle la culpa a la hamburguesa. Depende de ti.

 


Los Dres. Henry Cloud y John Townsend son conocidos oradores, psicólogos y autores de éxitos de ventas. Este artículo se obtuvo del libro que escribieron en conjunto No es culpa mía, publicado por Editorial Vida. Usado con permiso.

 

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