En Filipenses 2:25-30 encontramos a un hombre llamado Epafrodito que estaba enfermo, debido al exceso de trabajo en el ministerio. Estaba afligido y nostálgico. Probablemente, estuvo lejos de su hogar por mucho tiempo y posiblemente solo. Se enfermó tanto, que casi muere. Pero el apóstol Pablo nos dice que Dios tuvo compasión de él y misericordia de su vida. En este pasaje, Pablo escribe a los filipenses para decirles que envía a Epafrodito a casa para descansar y recuperarse.

Encuentro interesante que aunque Dios sanó a este hombre, él todavía necesitaba tiempo de descanso.

El mismo principio es evidente en el relato en que Jesús resucita a una niña. En el capítulo ocho de Lucas, vemos que un líder religioso judío llamado Jairo se acercó a Jesús y les pidió que viniera a su casa y sanara a su hija de doce años que estaba muriendo. Cuando llegó a casa de Jairo, la niña ya había muerto; pero Jesús la resucitó. Tan pronto como se levantó de su cama, lo primero que Jesús dijo a su padres fue que le dieran algo de comer (vea Lucas 8:55).

De estos dos relatos, comprendí que existe un lado espiritual de la vida y también un lado
natural, y ambos deben estar en equilibrio. Jesús se hizo cargo del lado espiritual de la vida de esta niña, pero luego les enseñó a sus padres a ocuparse del lado natural.

Dios espera que usemos el sentido común con nuestra espiritualidad. Le animo a vivir una vida equilibrada, obedeciendo tanto los principios espirituales como las leyes naturales. Aunque Epafrodito trabajaba para el Señor, se enfermó por no cuidar de sí mismo. No podemos quebrantar las leyes de Dios para la salud y no esperar consecuencias adversas. Recuerde conservar el equilibrio, porque eso le ayudará a mantener al diablo fuera de su vida.

--Tomado de La Biblia de la vida diaria, de Joyce Meyer. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

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VIDA CRISTIANA