"Y ella le dijo: ¿Cómo dices: Yo te amo, cuando tu corazón no está conmigo? Ya me has engañado tres veces, y no me has descubierto aún en qué consiste tu gran fuerza" (Jueces 16:15).

Sansón fue un hombre escogido de Dios, pero tuvo una inclinación hacia las mujeres impías. Estaba destinado desde el nacimiento a jugar un papel vital en la liberación de los israelitas del dominio de los filisteos. Dios lo dotó de una fuerza física sobrenatural y alertó a sus padres que nunca debía cortarse el pelo, el secreto de su fuerza. Sansón se involucró en muchas hazañas que exhibieron su sorprendente poder muscular; sus enemigos no tuvieron oportunidad contra él.

Entonces se enamoró de una ambiciosa y confabulada mujer filistea llamada Dalila. Después de muchos intentos usando el antiguo sentimiento de culpa argumentó: "Si me amas, podrías...", ella manipuló a Sansón para que le dijera el secreto de su gran fuerza. Entonces, por una ganancia financiera, ella traicionó la confianza de él y les reveló el misterio a los enemigos de Sansón. Muy pronto ellos afeitaron su cabeza y él llegó a ser tan débil como cualquier otro hombre. Habiéndolo sojuzgado, le sacaron los ojos, lo amarraron con cadenas y lo obligaron a moler en la cárcel. Como un hombre destrozado y sin poder, Sansón nunca recobró su anterior gloria.

Un día durante un evento en el cual los filisteos se estaban riendo a costa de él, este se paró entre dos pilares del templo, oró por una última inyección de fuerza sobrenatural, y de forma literal derribó la casa (vea Jue. 16). El desplomado edificio lo mató y también a más de tres mil espectadores y oficiales del gobierno. Este fue el trágico final de un hombre fuerte que fue debilitado por una mujer manipuladora. La manipulación puede destruir no solo una relación sino también la vida de una persona.

Hoy muchos hombres sufren de lo que llamo "Dalilafobia", el temor a revelar sus vulnerabilidades. Ellos han decidido que es más seguro guardar su debilidad con ellos, más que permitir que el sexo opuesto use este conocimiento divino contra ellos. Por supuesto, su miedo les impide lograr la verdadera intimidad con el sexo opuesto. Es crucial que ni el hombre ni la mujer deben jamás mencionar en una forma manipuladora o vengativa su conocimiento confiado sobre los miedos personales y las debilidades del otro.

La manipulación es un artificioso uso de la lengua y un vicio que se perpetúa a sí mismo. Una vez que los manipuladores encuentran que sus malas mañas les ayudan a lograr sus objetivos, quedan orgullosos de sus habilidades en "operaciones refinadas". Ellos usarán todos los tipos de tácticas indirectas que se extienden desde "tropiezos culpables" hasta describirlos como inocentes, víctimas penosas de varias circunstancias. Incluso pueden comenzar a disfrutar su habilidad para influenciar a otros en maneras semejantes. Por qué he escuchado a los hombres jactarse así: "¡Puedo hacer que una mujer haga cualquier cosa!".

Cuando los manipuladores son sutiles y hacen cualquier intento de encubrir sus motivos de servirse a sí mismos, a menudo olvidan que muchas personas son muy perspicaces y tienen un agudo sentido ante tal falta de sinceridad. Además, pierden toda credibilidad una vez que las personas llegan a ser conscientes de las inclinaciones de estos a involucrarse en tales comportamientos. Las personas supondrán que ellos siempre tienen motivos ocultos y los evitarán como la peste.

Algunas personas son tan atrevidas como para confrontar a los manipuladores y poner sus motivos en cuestionamiento. Jesús lo hizo cuando sus enemigos enviaron espías hacia Él presentándose como personas sinceras y religiosas. Los espías estaban manipulándolo para que hablara en contra del gobierno romano. Intentaron engañarlo al elogiar su integridad y su imparcialidad. Entonces ellos hicieron la pregunta, la cual pensaron con certeza que sería autoincriminatoria y lo enviaría a la cárcel: "¿No es lícito dar tributo a César, o no?". Pero Él percibió su astucia y les dijo: "¿Por qué me tentáis?" (Lc. 20:22-23). Él procedió a explicar que ellos debían dar al César, el emperador romano, lo que le perteneciera y darle a Dios lo que se le debía. Él rehusó ser víctima de la manipulación de ellos. Además, nunca leemos que Jesús manipuló a alguien. Siempre ofreció a todo el mundo una mejor forma de vida, pero aceptó sus decisiones de buscar otra opción aun cuando esta no fuera para su mejor interés.

Nos corresponde imitarlo respecto a esto. La manipulación es engañosa e intenta quitarle a una persona la libre voluntad para elegir. Los hijos de Dios no deben practicar ni tolerar tal conducta.

--Extracto tomado del libro Controla tu lengua en 30 días de Deborah Smith Pegues. Una publicación de Editorial Portavoz. Usado con permiso.

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