En el mundo de incertidumbre en el cual vivimos, mantener las tradiciones familiares, más que un deber romántico es una barrera defensiva para la mujer y la familia. Nos da la idea de pertenencia, de protección y de seguridad. Por eso, la pareja debe recordar una y otra vez cómo se conocieron y se enamoraron, cuáles fueron las circunstancias de la boda, los momentos alegres de los primeros meses, así como las cosas embarazosas que los llenaron de rubor. También hay que volver a esa vieja canción que los unió de novios, al álbum de fotografías y las comidas con toda la familia.

La presencia real, viva y activa de Dios en el hogar, pone sentido de significado y frescura a nuestras tradiciones familiares. Amiga, Dios puede y quiere estar presente en su familia, lo cual no es precisamente una tradición más. Lamentablemente, la cultura religiosa de nuestro pueblo tiende a hacerse rutinaria. Pero no tiene la fuerza de cambiar vidas, de solucionar problemas y de mantener
unidos a los matrimonios.
Como en las bodas de Caná, Cristo debe ser invitado a nuestro hogar; debe ser llamado para formar parte de la familia. Él viene mediante una invitación de fe de su parte, si se arrepiente sinceramente de sus pecados.
Pídale que se posesione de su matrimonio, de su familia y de su futuro. Viva para él, por él, con él y en él. Entonces él vendrá y le dará perdón, paz, poder, pureza, propósito y perseverancia. Déle sentido a la vida y a las tradiciones haciendo de Cristo no solamente el huésped principal, sino el Señor del hogar.

 

--El presente texto es uno de los pensamientos devocionales incluidos en la Biblia Mi Día con Dios, RVR, publicada por Editorial Vida. Usado con permiso.

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VIDA CRISTIANA