istock 9498736Muchas personas están orando por un milagro. Están diciendo: “Dios, por favor envíame un amigo. Dios, necesito ayuda con estos niños. Necesito capacitación. Dios, necesito una buena oportunidad”. Tenemos que darnos cuenta de que podemos convertirnos en el milagro que ellos necesitan. Dios usa a la gente. No tiene manos para sanar excepto a través de nuestras manos. No tiene voz para animarnos excepto a través de nuestra voz. No tiene brazos para abrazar excepto a través de nuestros brazos. Dios traerá personas a su camino para que nosotros podamos ser la respuesta a su oración.

Probablemente no se dé cuenta, pero usted es un milagro en espera de suceder. Alguien que usted conoce está solitario y está orando por un amigo. Usted es el milagro que ellos están esperando. Alguien recibió un mal informe médico. Están preocupados y orando: “Dios, por favor envíame una señal. Hazme saber que todavía estás en control”. Usted es esa señal. Una llamada telefónica sencilla para decir: “Estoy pensando en ti. Quiero dejarte saber que todo se va a resolver”, y usted se acaba de convertir en su milagro. Alguien está desalentado diciendo: “Dios, no entiendo esta materia. No voy a pasar este curso. Dios envíame a alguien”. Usted es ese alguien.

Aparte tiempo para convertirse en el milagro. Esté al tanto de quién está en su vida. No están allí por accidente. Dios los puso allí a propósito. Es porque usted está lleno de milagros. En usted hay sanidad. Hay restauración, hay amistad, hay nuevos comienzos. La vida es mucho más gratificante cuando se da cuenta de que usted puede ser la respuesta para la oración de alguien.

Usted puede levantar al caído. Puede restaurar al quebrantado. Puede ser amable con un extraño. Puede convertirse en el milagro de alguien.

Jesús narró una parábola en Lucas 10 acerca de un hombre que iba por un camino cuando fue atacado y golpeado por bandidos. Lo dejaron en el suelo, casi muerto. Un poco después, pasó un sacerdote. Vio al hombre a la distancia y pensó: Qué horror, está en muy mala forma. De seguro necesita un milagro. Estaré orando por él. Y siguió su camino. Luego pasó otro hombre, un levita, o un asistente de los sacerdotes, quien hizo algo mejor. Fue adonde estaba el hombre, lo revisó y sintió lástima por él. Pensó: Esto es realmente injusto. Espero que alguien lo ayude, y siguió su camino.

Entonces pasó un tercer hombre, un samaritano. Al igual que los primeros dos, pensó: Con toda seguridad necesita un milagro. Pero lo llevó un paso más allá y dijo: “¿Saben qué? Yo soy su milagro. Estoy en el lugar correcto en el momento justo. Dios lo puso en mi camino para que pueda ser un sanador, para que pueda ser un restaurador, para que le pueda dar un nuevo comienzo”. El samaritano fue a él, se arrodilló y comenzó a cuidar de él. Le dio agua de su cantimplora y se quitó la bufanda para vendar sus heridas. Entonces el samaritano lo levantó suavemente del piso, lo colocó en su animal y lo ayudó milla tras milla a medida que caminaban a la ciudad más cercana. Cuando llegaron a la posada local, le pagó por adelantado al dueño y le dijo: “Cuídelo. Déjelo quedarse todo el tiempo que quiera. Dele todo lo que necesite. Y le prometo que cuando vuelva, le pagaré los gastos extra”.

Mi pregunta es: ¿Cuál de estos hombres es usted? Es fácil estar tan ocupados y pensar: “No tengo tiempo de ayudar a los demás. Tengo mis propios problemas”. Ayudar a otro puede ser la clave para ver que nuestra situación cambie. Las personas que usted vea que necesiten ánimo, que necesiten que los lleve, que necesiten sangre, que necesiten lograr un sueño; son oportunidades para que usted vaya a un nivel más alto. Cuando reanime a otros será reanimado.

Es interesante que Jesús utilizó a un sacerdote como un ejemplo en su parábola. No podía detenerse. Tenía que llegar al templo. Tenía sus obligaciones religiosas que cumplir. No tenía tiempo de molestarse con este hombre. Después de todo, si lo ayudaba podría manchar de sangre su vestidura blanca o hacerla “inmunda”. Podría no verse presentable en el templo. Tenía todo tipo de excusas. Pero la verdadera religión se ensucia. La verdadera religión no se esconde detrás de vitrales o de ropa elegante. Va adonde están las necesidades.

Lo más cercano al corazón de Dios es ayudar a las personas en necesidad. Cuando usted toma tiempo para restaurar al quebrantado, usted derrama el ungüento sanador en sus heridas, los anima, limpiando sus lágrimas, dejándoles saber que hay nuevos inicios; esa es la religión de la que habló Jesús. La verdadera religión no juzga a las personas para ver si merecen nuestra ayuda. “Bueno, ella está en necesidad, pero no creo que esté viviendo un estilo de vida de rectitud”. “Está sufriendo, pero es su culpa. Él solo se metió en esa adicción. Ellos se metieron solos en problemas”.

Jesús dijo: “Es el enfermo el que necesita médico, no el saludable”. Dios no nos llamó a juzgar a la gente. Nos llamó a sanar a las personas. Nos llamó a restaurar personas. Nos llamó a convertirnos en sus milagros. Cualquiera puede encontrar fallas. Cualquiera puede ser criticón y presentar excusas para pasar de largo. Eso es fácil. Pero, ¿dónde están las personas que se van a tomar el tiempo de amar? ¿Dónde están las personas que van a meter las manos y a ensuciarse y ayudar a restaurarlos con amor?

Este tercer hombre, el samaritano, de inmediato fue al hombre y comenzó a ayudarlo, marcando una diferencia. No lo pensó dos veces. Se convirtió en el milagro. Ese es el tipo de persona que quiero que seamos. No un transeúnte. No demasiado ocupados en nuestras carreras con nuestro trabajo en la iglesia. No personas como el segundo hombre que siente lástima por ellos, pero que dice: “Desearía que esto no hubiera sucedido. Me siento mal. Voy a estar orando”. Convirtámonos en el milagro. Dios está contando con nosotros. Usted puede levantar al caído. Puede sanar al que sufre. Puede ser amigo del solitario. Puede ayudar a que un sueño se realice. Usted está lleno de milagros.

―Tomado del libro El poder del yo soy por Joel Osteen. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso. 

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