barrierIncluso alguien como yo que crecí en una casa en el que la intencionalidad era altamente apreciada, no siempre comprendí cómo ser intencional desde el inicio.

Mi padre es la persona más intencional que he conocido. Sabe lo que cree, identifica lo que quiere, piensa en lo que necesita para producir lo resultados que quiere y consistentemente actúa para ver que suceda. Está en sus noventas y sigue viviendo intencionalmente.

De joven, mi papá estudió a las personas con éxito y descubrió que todos tenían una cosa en común: una actitud positiva. Él no era una persona positiva naturalmente, así que comenzó a leer libros y a escuchar a oradores que le enseñaron como ser más positivo. Así que practicó el pensamiento positivo todos los días. Y todavía lo hace.

Este es otro ejemplo de su intencionalidad. Durante la Depresión, cuando muchas personas se quedaron sin trabajo, iba a una empresa donde esperaba que lo contrataran y trabajaba un día gratis. Pensaba que su trabajo sería tan bueno que el dueño del negocio simplemente lo contrataría en ese instante. Si eso no sucedía, seguiría adelante y haría lo mismo por otro negocio. Nunca le faltó trabajo.

Mis padres fueron altamente intencionales con mi hermano mayor Larry, mi hermana menor Trish y yo. Como querían conocer a nuestros amigos y supervisarnos a medida que desarrolláramos nuestras relaciones con ellos se aseguraban de que tuviéramos todo lo que otros niños podrían querer en nuestra casa: juguetes, una mesa de ping-pong, un juego de química y una mesa de billar. Como resultado, todos los muchachos de la cuadra se reunían allí y mi madre gentilmente nos guiaba a qué relaciones eran positivas y cuáles eran negativas.

En la mesa de la cena mi mamá y mi papá nos hacían preguntas cada noche. “¿Qué leyeron hoy? ¿Qué intentaron hacer que fracasó?”. Mis padres estaban tratando de plantar semillas de intencionalidad en nosotros en cada comida.

Mi papá también era intencional con respecto a nuestro crecimiento y desarrollo. Nos pagaba por leer libros que sabía nos mejorarían, en lugar de pagarnos por sacar la basura (yo de todos modos sacaba la basura, ¡simplemente no me pagaban por hacerlo!). Y el día que obtuve mi licencia de conducir, antes de meternos al coche para ir a casa me dijo: “Te voy a enseñar la lección más importante que vas a aprender sobre conducir —sacó un libro del bolsillo de su chaqueta y lo metió en la guantera—. Habrá momentos en el que estés detenido en el tráfico, atorado en una vía férrea o esperando a alguien —me dijo—. La mejor manera de usar ese tiempo y hacer que cuente es leer”. Mi amor por la lectura fue inculcado en mí en una manera intencional por mi papá.

A pesar del alto grado de intencionalidad de mis padres, no lo entendía de niño. No abracé vivir intencionalmente. Quizá dentro de mí tenía mucha energía para jugar. Principalmente, me quería divertir. Entonces cuando ya fui adulto pensé que el trabajo duro era la clave para el éxito. Creía que entre más duro uno trabajara, más exitoso sería.

¿Qué fue lo que me cambió? ¿Cómo reconocí finalmente que vivir intencionalmente era la clave para una vida relevante, y que era el puente entre el éxito y la trascendencia? Cuando estaba a la mitad de mis veintes conocí a un hombre llamado Curt Kampmeier.

Curt estaba relacionado con el Success Motivation Institute [Instituto de Motivación de Éxito] de Waco, Texas. Como lo había escuchado hablar acerca de los principios para el éxito y realmente me gustaba lo que tenía que decir, le había escrito una nota pidiéndole que se encontrara conmigo la siguiente ocasión en que viniera a la ciudad. Para mi gran sorpresa dijo que sí. Así que nos encontramos para desayunar.

Mientras estaba desayunando, Curt me preguntó si tenían un plan de crecimiento para mi vida. Era una pregunta que nadie me había hecho. No solamente no tenía uno, ni siquiera sabía que se suponía que debería tener uno. Estaba tan avergonzado por la pregunta que traté de aparentar con mi respuesta. Comencé a decirle acerca de todas las cosas que estaba haciendo en mi trabajo y todas las horas que estaba invirtiendo. Pero me descubrió.

“Si vas a crecer —me dijo—, tienes que ser intencional”.

Esa declaración de Curt me golpeó como un puñetazo en el rostro. Curt me dijo que él tenía un plan detallado para el crecimiento: un paquete con material sobre metas y actitud e iniciativa y responsabilidad. Sabía instintivamente que esas cosas podrían ayudarme. Cuando le pregunté cómo lo podría obtener, me dijo que lo podía comprar por $695 dólares. ¡Eso era lo equivalente de un mes de salario para mí!

Regresé a casa del desayuno buscando alternativas. Comencé preguntándole a amigos y colegas si tenían un plan de crecimiento. No. Ninguno de mis amigos era intencional con respecto a volverse mejor en lo que hacían. Solamente esperaban que sucediera por sí solo como yo lo había hecho. Eso suena como buenas intenciones, ¿no es cierto?

Finalmente, mi esposa Margaret y yo nos sentamos, le pusimos papel y lápiz y dilucidamos cómo sacrificar y ahorrar nuestros centavos para obtener el dinero para comprar el paquete. Éramos recién casados, apenas pasándola con el dinero que ganábamos. Sin embargo, al final de los seis meses, habíamos ahorrado el dinero que necesitábamos (entienda que esto era en los días antes de que las tarjetas de crédito estuvieran disponibles para todos).

Nunca olvidaré el día en que recibí el paquete. Lo había visto antes cuando me reuní con Curt, pero cuando lo abrí y comencé a profundizar en él, quedé impactado por su sencillez. Al principio pensé: ¿Pagué casi $700 dólares por esto? Había estado esperando una solución mágica. En lugar de ello, esto iba a requerir mucho trabajo.

¿Qué otra cosa podría hacer? Me zambullí en él. Después de todo, había gastado una pequeña fortuna en el paquete. Pero no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta de que valía cada centavo. Sí, me alentó a soñar, pero también me enseñó a ponerle detalles a mis sueños y a ponerles fecha límite. Me impulsó a examinarme a mí mismo y dónde me encontraba. Me llamaba a considerar mis fortalezas y mis debilidades. Me llevó a identificar mis metas cada semana. Y me compenetró en un proceso de crecimiento todos los días. Había esperado una solución. En lugar de ello me dio dirección.

Fue un curso sobre vivir intencionalmente. Incluso comprar el paquete me había forzado a ser intencional, porque habíamos hecho sacrificios todos los días durante seis meses para ahorrar el dinero.

Ese paquete abrió mis ojos a vivir intencionalmente. Me ayudó a crear mi primer plan de vida. No podía ponerle un precio a lo valioso que era. ¿Por qué? Porque me llevó a una revelación mayor:

Si quería marcar una diferencia...

Desear que las cosas cambien no las haría cambiar.

Esperar mejoras no las traería.

Soñar no me brindaría las respuestas que necesitaba.

La visión no sería suficiente para traer transformación a mi vida o la de otros.

Solamente a través de administrar mis pensamientos y cambiarlos de deseo a acciones podría generar un cambio positivo. Necesitaba ir de querer a hacer.

Probablemente ya haya tenido esta revelación usted mismo. Quizá ya haya comenzado a hacer este cambio. Probablemente lo dedujo antes que yo. Pero si no es así, ¿qué cree? Puede hacer el cambio de las buenas intenciones a vivir intencionalmente en este momento. De hecho, puede llegar a ser tan intencional en la manera en la que vive que sus amigos y seres queridos, sus colegas y jefes, sus vecinos y sus opositores dirán: “¿Qué fue lo que le sucedió?”. Su transformación los dejará perplejos, e inspirará a otros para abrazar vivir intencionalmente también.

―Tomado del libro Vivir intencionalmente por John Maxwell. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

Use Desktop Layout
VIDA CRISTIANA