istock 3277366Deuteronomio 10:8-9 describe sus tareas: “En aquel tiempo el Señor designó a la tribu de Leví para llevar el arca del pacto y estar en su presencia, y para ministrar y pronunciar bendiciones en su nombre, como hasta hoy lo hace. Por eso los levitas no tienen patrimonio alguno entre sus hermanos, pues el Señor es su herencia. . . ” (NVI, énfasis añadido).

¿Entendió eso? Hay tres responsabilidades principales delineadas en la descripción de su tarea. En primer lugar, llevar el arca del pacto. En segundo lugar, estar en presencia del Señor para ministrar. En tercer lugar, pronunciar bendiciones. 

Esto me entusiasma. Solamente a los sacerdotes levitas se les permitía llevar el arca del pacto, y solo sobre sus hombros con las varas que Dios instruyó a Moisés que construyera para ese propósito. El arca del pacto representa la presencia de Dios en la Tierra, el trono de Dios en medio de su pueblo y la gloria de Dios.

¿Yo logro llevar la presencia y la gloria de Dios? Si usted es un sacerdote, sí.

Bueno, ¿cómo es eso? En la Escritura, en todo lugar a donde los sacerdotes llevaban el arca, obedientemente, había vida, misericordia, fertilidad y victoria en la guerra. Después hablaremos más sobre el arca. Por ahora, es suficiente decir que a donde iba el arca, iban la bendición, la autoridad y el poder de Dios.

Y usted tiene el privilegio de llevarla.

Es como el principio de inmunidad diplomática. Sería ridículo hacer responsable a un país basándose en las leyes de otro. Sería una violación a la soberanía nacional. Por lo tanto, cuando ese diplomático, representando a su país, pone un pie en suelo extranjero, dondequiera que él esté parado se convierte momentáneamente en la nación que representa.

Con eso en mente, eche un vistazo al impresionante mensaje de 2a Corintios 5:20, que dice: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (RVR1960).

Eso es lo que es un sacerdote: un embajador de Cristo. Usted lleva el arca de Dios—su autoridad, su poder y su ley—al mundo que le rodea. Al igual que un embajador que visita un país extranjero, puede caminar por este mundo confiado en que usted lleva sobre sus hombros la gloria de Dios. Dondequiera que ponga sus pies, ese lugar se convierte en el reino de Dios. En casa, en la oficina, en un hospital, una tienda de abarrotes, o en una plataforma, ¡en cualquier lugar! Cuando usted pone su pie en el suelo, se convierte en el reino de Dios.

Es por eso que un sacerdote puede poner las manos sobre los enfermos y esperar que sean sanados. Cuando un sacerdote entra en la habitación, llega como un embajador de la sanidad. Cuando entra en una habitación, las leyes de la enfermedad, la muerte, la opresión y el dolor ya no prevalecen. Cuando él o ella pone su mano sobre los enfermos, las leyes del reino de las tinieblas ya no se aplican a ese cuerpo. Un ministro ha entrado en la habitación. Va portando la presencia de Dios. Y en esa habitación, el reino de Dios ha llegado. La enfermedad da paso a la sanidad, la pesadez da paso al gozo, la muerte da paso a la vida y la opresión da paso a la libertad. Las leyes del mundo ya no tienen dominio cuando un embajador de Dios impone su reino, sus leyes y su autoridad en ese lugar.

¿Qué pasaría con el mundo si tan solo tomáramos estas verdades y las creyéramos . . . las aceptáramos? ¿Qué pasaría si todo lugar al que fuéramos se convirtiera en una oportunidad para que las personas se encontraran con Dios? ¿Y qué pasaría si lleváramos la presencia de Dios a todo lugar donde fuéramos?

Le diré lo que sucedería: cambiaríamos el mundo.

— Tomado del libro Cómo adorar al Rey por Zach Neese. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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