evangelizeA los hipócritas les encanta juzgar; les hace sentir superiores. Pero no debe ser igual con usted. Usted debe buscar ardientemente la humildad de corazón. Muchos cristianos celosos pero orgullosos no alcanzaron la santidad porque supusieron que estaban llamados a juzgar a otros.

Jesucristo no vino a condenar al mundo sino a salvar al mundo. Cualquiera puede juzgar pero ¿acaso pueden salvar? ¿Pueden entregar sus vidas con amor, intercesión y fe por aquel que es juzgado? ¿Pueden captar una necesidad y, en lugar de criticar, ayunar y orar y pedirle a Dios que supla esa misma virtud que ellos creen que está ausente? Y luego entonces, ¿pueden perseverar en la oración motivada por el amor hasta que ese aspecto caído florezca en santidad? ¡Tal es la vida que Cristo nos manda que llevemos!

Juzgar según la carne solo requiere ojos y una mente carnal. Por otra parte, se necesita la fidelidad amorosa de Cristo para redimir y salvar. Un acto de su amor revelado a través de nosotros hará más para calentar los corazones fríos que la suma de todas nuestras críticas pomposas. Por lo tanto, crezca en amor y sobresalga en excelencia y tendrá una percepción más clara en cuanto a la esencia de la santidad porque es la naturaleza de Dios, quien es amor.

Alguien pudiera decir: “Pero Jesús condenó el pecado”. Sí, y nosotros también condenamos el pecado pero el primer pecado que debemos condenar es el pecado de juzgar a otros, porque oscurece nuestra visión para poder discernir el pecado en nosotros mismos (Mateo 7:5). Entienda esto: ¡nunca llegaremos a ser santos criticando a otros, ni nadie se acerca más a Dios al buscar faltas!

Si estamos buscando nuestra santificación de manera honesta, pronto descubriremos que no tenemos tiempo para juzgar a otros. De hecho, al tener necesidad de misericordia, buscaremos ansiosamente oportunidades para mostrar a otros misericordia.

Sí, la Escritura nos dice que Jesús juzgó a los hombres en ciertas situaciones, pero su motivo siempre fue salvar. Su amor estaba comprometido de manera perfecta con aquel a quien juzgó. Cuando nuestro amor del uno hacia el otro es tal que podemos decir honestamente, como Cristo: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5), nuestro poder de discernimiento se perfeccionará de igual modo, porque solo el amor es lo que nos da motivos puros al juzgar (1 Juan 4:16–17).

¿Todavía insiste usted en buscar faltas? Tenga cuidado, el estándar de Cristo para el juicio es alto: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Sí, denuncie la injusticia, pero hágalo motivado por el amor de Jesús. Recuerde, está escrito: “en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). En el Reino de Dios, a menos que usted primero esté comprometido a morir por las personas, no se le permite juzgarlas.

También es importante señalar que los oídos que escuchan el chisme y las críticas son tan culpables como la boca que los dice. No contribuya a tales pecados. En cambio, detenga al ofensor para que no hable y suplíquele que interceda, como lo hace Jesús, por esa persona o situación. Sus oídos son santos, no deje que se pongan de acuerdo con el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12:10).

Recuerde, Cristo no condenó a los pecadores; Él condenó a los hipócritas. Él se contó a sí mismo entre los pecadores al llevar nuestros pecados y nuestras penas (Isaías 53). Esta es la humildad que estamos buscando. De hecho la santidad destella en los mansos y humildes de corazón.

―Tomado del libro Santidad, verdad y la presencia de Dios por Francis Frangipane. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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