En uno de los asuntos más polarizantes en nuestra nación hoy en día, la inmigración, los evangélicos están de pie al frente y en el centro como un distrito electoral líder a favor de una solución integral. Ampliamente reconocidos como los conservadores sociales y el bloque que revitalizó el Partido Republicano en la década de los ochenta, los evangélicos apoyan la reforma porque entienden que no deben colocar el futuro de su movimiento en riesgo. Hay al menos tres razones claves para esto.

Primero, el crecimiento de las comunidades evangélicas en la mayoría de las denominaciones se origina de la circunscripción étnica e inmigrante del movimiento. En otras palabras, el apoyo a la inmigración es un asunto de sostenibilidad y viabilidad tanto a corto como a largo plazo.

Segundo, los evangélicos no desean repetir la historia. En la década de los sesenta, cuando Martin Luther King, Jr. marchó por los derechos civiles, los evangélicos, con algunas excepciones, se quedaron sentados en las bancas de las iglesias. Algunos estaban apáticos y otros hostiles al movimiento por los derechos civiles. Su falta de apoyo provocó que se levantara una muralla entre la Iglesia afroamericana y la comunidad evangélica que hoy día presenta sólo unas grietas. Los evangélicos no desean repetir la historia con 50 millones de miembros de la comunidad hispana.

Tercero, los evangélicos ven la reforma migratoria como un imperativo bíblico. Entienden que la Biblia apoya reconciliar el imperio de la ley (vea Romanos 13) con la compasión por los extraños (vea Levíticos 19). Están listos para presentar un plan que la gran mayoría de los estadounidenses pueden abrazar, una estrategia de integración justa que no es ni la ley de Arizona ni una solución de amnistía.

Sostiene, primero que nada, que la ley antiinmigrante de Arizona crea una atmósfera que facilita la demagogia mientras atrae partidarios xenófobos y nativistas. Por ello, los republicanos tienen que a gritos reprender la ley de Arizona de una manera que envuelva al electorado latino o de lo contrario sufrirá las consecuencias de alienar la comunidad minoritaria más grande el país.

Los conservadores quizás adquieran ganancia a corto plazo en el Congreso, galvanizando a los votantes blancos a través del apoyo a la ley de Arizona y la oposición a la reforma migratoria, pero la final del día es demográfica y estratégicamente imposible ganarse la Casa Blanca sin el voto hispano.

Por el contrario, una estrategia de integración justa reconoce que la amnistía debilita la seguridad nacional, diluye nuestro derecho soberano de proteger nuestras fronteras y transmite un mensaje de absoluta falta de respeto por el imperio de la ley. La deportación de 12 millones de personas no es práctico, hace falta una estrategia de integración justa que requiera la identificación y deportación de criminales graves, pero que proporciona una vía de integración para las personas trabajadoras que se comprometen con el inglés y el imperio de la ley.

Posiblemente la única esperanza para que pase una legislación migratoria exitosa se encuentra con los evangélicos. Su testimonio profético con la reconciliación de la ley bíblica y su compasión pueden hacer la diferencia. Pues al final del día la reforma migratoria es un asunto de fe.

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