La lealtad es una característica que hace falta recuperar para que este país sobreviva a los desafíos de los días venideros. Nuestra patria nació de la lealtad. Si escucha las voces de nuestro sagrado pasado, es probable que oiga el susurro de un patriota que durmió en la helada nieve del Valle Forge para que nosotros pudiéramos tener la libertad de votar; aun cuando hoy, en los días de votación algunos se queden en sus casas. Es posible que oiga la sagrada melodía de "Taps", la tan mentada canción que nació durante la lucha de la Guerra Civil como triste recordatorio de la devastación que trae la división; aun así seguimos divididos en estados rojos y azules.

Usted podrá ver las cruces y las marcas uniformes que se alinean en la costa de playas como Omaha y Normandía, o visitar los fríos monumentos de mármol cubiertos con los nombres de personajes que nos recuerdan que la libertad no es gratis. Pero aun así la libertad es algo que damos por hecho, como si fuera un título en lugar de un privilegio. Hemos olvidado el precio que implica la libertad y parece que perdimos nuestro sentimiento de lealtad a esta tierra que ha ofrecido tantas oportunidades a tantos.

La lealtad es lo que llevó a los héroes del pasado -y del presente- a combatir los problemas difíciles a los que nos enfrentamos y a no mirar atrás. La lealtad es lo que hace que el lado desinteresado de la vida emerja a la superficie para que otros puedan ser beneficiados y bendecidos. La lealtad es la característica que le arrebata momentos de triunfo a los tiempos de adversidad.

La lealtad vence toda barrera y borra toda injusticia. La lealtad lleva a que el espíritu del hombre logre lo que parece imposible para la capacidad natural. Sin lealtad, su vida y su futuro son tan inciertos como el fugaz vuelo de una golondrina, pero una vida basada en la lealtad se erige sobre una roca fuerte e inamovible.

¿Es usted leal?

Cualquiera puede mostrar aspectos de fidelidad cuando hay una recompensa de por medio, pero la lealtad no promete ninguna. La Biblia dice: "En todo tiempo ama el amigo" (Pr.17:17). Un amigo verdadero es leal. Los amigos verdaderos son los que están presentes aun cuando no lo merezcamos. Se quedan junto a uno, cuando otros salen corriendo. ¿Le describe eso? Debería describirlo.

Me divierto viendo a la gente que sigue a los equipos deportivos solo cuando ganan. ¡Todos aman al campeón! Cuando un equipo alza el trofeo en la noche del campeonato, su base de seguidores crece a la mañana siguiente. Pero si la temporada siguiente ese equipo comienza perdiendo, los seguidores que una vez los alentaron se convierten en adversarios hostiles en busca de otro a quien amar.

Muchas personas aplican la misma incongruencia a otras áreas más importantes de sus vidas, pero esas incoherencias acarrean consecuencias más profundas que aquellas de la gente que sigue a los equipos deportivos cuando ganan. Cuando en una relación surge una disconformidad mínima, esta puede hacer que algunos abandonen el barco. Esa naturaleza de "seguir solo cuando todo está bien" ha afectado a los políticos que gobiernan nuestra nación, ha influenciado a las comunidades en las que vivimos día a día, ha infiltrado a las iglesias en las que adoramos y ha perturbado a nuestros matrimonios y familias.

Si hay un problema difícil con el que tenemos que lidiar como país, lo evitamos. Si hay un tema que necesita ser resuelto en nuestra ciudad, debatimos. Si en la iglesia hay alguna diferencia por vencer, nos vamos a otra. Si hay algún problema en casa, no asumimos la responsabilidad; apuntamos con el dedo para culpar y comenzar a encontrar la falla. ¿Por qué?

Eso ocurre porque hemos olvidado cómo ser leales. Ya no sabemos cómo ser dignos de confianza ni cómo confiar lo suficiente en los demás para depender de ellos. No llegamos a ver que a pesar de los defectos de cada uno, estamos aquí para fortalecernos y complementarnos unos a otros, aun cuando eso requiera que sacrifiquemos algo.

Solo cuando se está dispuesto a ser leal es que se llega a ser una fuente digna de confianza para los demás. Las personas leales están presentes pese a lo que suceda. Recuerdo cuando la película Titanic rompió récord de venta de entradas. Había una gran cantidad de escenas memorables, pero la que más me impresionó no tenía nada que ver con el romance hollywoodense, aunque mucho con la lealtad. Fue la forma en que el director presentó al cuarteto de cuerdas que tocó en la cubierta mientras el poderoso y majestuoso navío se hundía.

Esos hombres no salieron corriendo aunque sabían que con toda certeza, sus vidas corrían peligro. No se subieron al primer bote que partió ni buscaron chalecos salvavidas; simplemente siguieron haciendo su trabajo y tocaron su canción. Se mantuvieron fielmente parados, uno junto al otro, y llenaron la noche con el sonido del sagrado himno "Más cerca, oh Dios, de ti" sabiendo que su destino estaba sellado. ¿Fue fácil? No, pero requirió de lealtad.

A veces los humanos son fatalistas y deciden que en realidad no sirve de nada intentar, porque al fin y al cabo, de todas formas están condenados. En el mundo en el que vivimos, esa forma de pensar prevalece y se acepta aun más, aunque no significa que sea nueva.

Recuerdo un relato de la historia estadounidense en la que la Cámara de Diputados de Connecticut se reunió en Hartford para ocuparse de los asuntos del gobierno. La mañana del 19 de mayo fue inesperadamente fría dada la época del año y, por la tarde, no se podía ver el sol entre un ennegrecido cielo como el de la medianoche. De pronto el viento comenzó a hacer vibrar las paredes del edificio de la capital, el granizo golpeó el techo hasta abollarlo y, con cada trueno, incluso los hombres de fe caían de rodillas, convencidos de que el día del juicio y la ira había llegado.

Mientras el congreso del estado se veía aturdido por una ola de miedo y temblor, unas pocas autoridades electas se pararon y le exigieron al vocero de la Cámara que levantara la sesión inmediatamente para que cada uno de los hombres pudiera rendirse ante Dios y hacer las paces con el Todopoderoso antes de entrar a la eternidad.

Esa fue la vez que el vocero de la Cámara, Coronel Davenport, ministro ordenado, se paró, golpeó con su martillo e hizo callar a toda la audiencia con estas palabras: "El día del juicio puede estar llegando o no. Si no está llegando, no hay motivo para levantar la sesión; si está llegando, elijo que me encuentre cumpliendo con mi deber. Por eso es que deseo que se traigan velas".

El Coronel Davenport pensó que era mejor ser leal a su propósito y a aquellos en la comunidad a la que se le había designado a servir, en lugar de permitir que las circunstancias severas dictaran su comportamiento.

Cuando mi tatarabuelo era pastor en Oklahoma, a comienzos de 1900, la región central agricultora de Estados Unidos se vio afectada por lo que ahora se conoce como el trágico período del Dust Bowl. Muchos comenzaron a decir: "El Señor volverá antes de fin de año. El mundo está llegando al final y no hay necesidad de plantar ni trabajar duro este año".

Aquellos que fueron leales a sus responsabilidades para abastecer a sus familias araron sus campos y plantaron sus semillas. A pesar de que no era mucho, su cosecha los alimentó durante el invierno. Los de la iglesia de mi tatarabuelo que no plantaron absolutamente nada, casi mueren de hambre. ¿Por qué? Porque pensaron que su crisis y sus circunstancias les daban una excusa para no ser leales a sus responsabilidades.

Espero que esté comenzando a entender que la lealtad es algo serio y real. La lealtad no se toma vacaciones y debe ser vivida y demostrada en la vida de cada generación para vencer los desafíos a los que se enfrentan.

¿Es usted leal? Cuando las cosas comienzan a complicarse, ¿es digno de confianza? Cuando plantarse firme por los creyentes se vuelva una cuestión de gran inconveniencia, ¿lo haría de todas maneras?

Sin lealtad, nunca sabrá cómo se siente vivir de verdad. La lealtad separa a los héroes de los cobardes. Los cobardes abandonan; los héroes son leales hasta el final.

¿Qué es lo que se necesita para darle un giro a este país? Probablemente ya pueda deducirlo: lealtad. Se requieren hombres y mujeres que estén dispuestos a ser leales a aquello por lo que lucharon nuestros Padres Fundadores: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Cuando, como individuos, nos dediquemos al futuro de nuestra libertad y no a nuestras comodidades particulares, entonces volveremos a ser una gran nación, digna del título "tierra de libertad".

¿Qué es lo que se necesita para cambiar nuestras ciudades? Lealtad. Lealtad desde el ayuntamiento hasta la junta escolar, desde la PTA (siglas en inglés para Asociación de padres y maestros) hasta el predicador; se necesitará de individuos que se preocupen más por el bienestar de sus conciudadanos que del propio.

¿Sabe qué fue lo que separó a la comunidad cristiana del resto del mundo en el primer siglo? ¡La lealtad! Cuando la plaga barrió al mundo romano en los años 165 al 180 D.C., los que se infectaban eran arrojados a las calles para que murieran. Sin embargo, los cristianos llevaban a los enfermos a sus casas, los atendían y los aliviaban a tal punto que los paganos y los herejes exclamaban: "¡Cómo se aman unos a otros!".

Cuando ese tipo de lealtad se extienda a las calles de nuestras ciudades -y ese tipo de sacrificio forme parte de nuestra vida diaria- los problemas más difíciles podrán resolverse de la manera más sencilla y podrá renacer un verdadero sentimiento de comunidad.

Nuestras iglesias necesitan una buena dosis de la vieja lealtad. Necesitamos pastores que estén dispuestos a ser leales a la Palabra de Dios. Requerimos líderes laicos que no teman defender la verdad a cualquier precio. Necesitamos miembros fieles que estén dispuestos a caminar en amor y unidad, aun cuando el mundo intente hacer lo posible para dividirnos.

Las iglesias en los Estados Unidos tienen listas interminables de sermones populares, en vez de mantenerse leales al verdadero mensaje. Los predicadores motivan con estrategias de mercado en vez de decir la verdad con amor. Los feligreses prefieren que los entretengan y los consuelen en vez de que los inspiren y los desafíen. ¿Qué puede hacer que todo eso cambie? ¿Qué hace que una congregación se convierta, de un club campestre en la luz del mundo? La lealtad.

La lealtad hará que su hogar sea seguro y estable en tiempos de incertidumbre. Cuando uno lee la parábola de los dos constructores, observa que Cristo afirmó lo siguiente: "Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa" (Mateo 7:25). Nunca fue cuestión de si, sino de cuando.

Hoy no hay que ver muy lejos para encontrar personas que están pasando por momentos difíciles. Los creyentes, y también los no creyentes, soportan las tormentas de la vida. Pero aquellos que tienen un hogar construido en base a la lealtad a la Palabra de Dios y a la lealtad mutua pueden resistir cualquier desafío.

 

Tomado del libro Derribado, pero no destruido por Mattew Hagee, publicado por Casa Creación. Usado con permiso.


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VIDA CRISTIANA