Ahora más que nunca, las iglesias quieren visitar al Tío Sam. No para pedirle al gran Tío Sam que se arrepienta por la masacre de millones de bebés o por inundar nuestras escuelas públicas con una retórica secular humanista, anticristiana, cultural y moralmente decadente. Más bien, los pastores y líderes religiosos suben las escaleras de mármol de templos seculares de doscientos años con el propósito de obtener una cosa: dinero.

Surgen un par de preguntas. Primero, ¿deberían las iglesias someterse a las reglas federales que requieren que las iglesias empleen a individuos con estilos de vida que sirvan de forma contraria a las enseñanzas de la iglesia? Segundo, ¿deberían las iglesias pedirle al Tío Sam fondos para financiamiento en primera instancia?

Si el Tío Sam decide asociarse con el reverendo Smith, el rabino Goldstein o el imán Alí, entonces la colaboración requiere conformidad a los principios religiosos por un lado y sometimiento por el otro. Filtrado fuera de este difícil e incómodo revoltijo, se halla la prole de un gobierno secular y una institución religiosa que, al final, sin el derecho de autopreservar la doctrina y las creencias por parte de ambos partidos, resultará en una fe que sacrifica pureza doctrinal por el bien de obtener ganancia económica.

Por consecuencia, ¿deberíamos preguntar qué pasó con dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios? ¿Por qué los grupos fundados en la fe mendigan al Tío Sam por migajas cuando, por nuestra propia naturaleza, personificamos la fe y, por consiguiente, servimos como los partidarios de un mensaje simplista que reconcilia los peces y el pan? Permítanme ser claro. No tengo ningún problema si el Tío Sam viniese a la iglesia y reconociera que los grupos basados en la fe ejecutan su ministerio a los pobres y heridos de una manera más constructiva y holística que el gobierno.

Después de todo, esta es nuestra misión. De Isaías 61 a Lucas 4 y Mateo 25, todos los relatos de fe quedan espiritual y moralmente comprometidos a restaurar vidas y renovar sueños. Sin embargo, encuentro repulsivo el pensar que un grupo basado en la fe se acerque al gobierno para mendigar por fondos para realizar un mandato divino de caridad y compasión.

De igual manera, cuando se aceptan subsidios del César, las sinagogas, las iglesias, los templos y las mezquitas, en esencia, están de acuerdo con las reglas del César. Como un enérgico defensor de cláusulas de exclusión religiosas tanto incorporadas en propuestas de legislación de ENDA (acta de empleo sin discriminación, Employment Non Discrimination Act, por sus siglas en inglés) e incluidas en pautas anteriores de la Faith Based Initiatives (Iniciativas basadas en la fe), me preocupa más que nunca sobre esta embarazosa convergencia del dinero público y las organizaciones basadas en la fe.

A la postre, si el Tío Sam desea ayudarnos, entonces le ayudaremos. No obstante, eso no requiere que cambiemos nuestras creencias o renunciemos a nuestra doctrina teológica ante el altar de la conveniencia económica. Por otro lado, si el reverendo Smith, el rabino Goldstein o el imán Alí se acercan a los pasillos del Congreso a pedirle ayuda económica a César, entonces la fe de ellos transiciona del santuario de lo profético a la arena de lo patético.

 

Rev. Sammy Rodríguez es el presidente de la Conferencia Nacional de Liderazgo Hispano Cristiano (NHCLC, por sus siglas en inglés) o la National Association of Evangelicals hispana, que sirve a más de 25,000 iglesias hispanas en los Estados Unidos.
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