dove2¿No es maravilloso saber que el Espíritu Santo está siempre allí? Día a día, momento a momento, mientras leía las Escrituras y oraba, me reía o lloraba, aplaudía o saltaba de júbilo; a veces sólo callaba, pues era tan fuerte su presencia que prefería esperar en silencio.

Durante dos años aproximadamente, viví un tiempo inimaginable para mí. Cada vez que entraba en mi estudio y cerraba la puerta, podía sentir que la gloria de Dios llenaba mi lugar de oración, su presencia transformaba esa habitación. Con solo levantar mis manos al cielo, cerrar mis ojos y hablar con el Espíritu Santo, era inmediato, me sentía envuelto, cubierto, rodeado por su dulce y al mismo tiempo poderosa presencia. Pero no sabía que estaba a punto de experimentar algo más que transformaría mi vida para siempre.

Aquel día en particular, mientras disfrutaba de mi tiempo con Él, me sentí como si me hubiese distraído, como cuando tu mente se va volando, pero no era así, Dios estaba detrás de esto.

Vino a mi mente el recuerdo de mi primer día de colegio. Fue tan real que mi estómago se recogió de nuevo, volví a experimentar ese mismo vacío y hasta un poco de temor. Ese día me sentía solo en ese lugar que yo veía tan enorme. La soledad no era un sentimiento común para mí, ya que nací en el seno de una gran familia. Y digo «gran» porque es muy numerosa. Somos once hermanos, más mis padres y mis abuelos que, en ese entonces, vivían también con nosotros. De modo que en medio de ese fuego hogareño era imposible sentirse solo.

Ahora, si te pones en mis zapatos creo que me entenderás, era apenas un chico, no tendría más de cuatro años, pero de repente vino un gran alivio, pues recorrí con mis ojos el salón de clase y allí, entre mis compañeros, vi una cara conocida. ¡Figúrate la alegría! Era el hijo de un médico, buen amigo de mi padre. De inmediato nos hicimos amigos y compartimos los tres años del preescolar.

Luego, no sé por qué mi mente voló de nuevo, recordé el colegio donde cursé toda mi primaria, ya no era el pequeño jardincito de barrio, ahora estaba frente a un gran gigante, así lo veía a mi corta edad. De nuevo me sentí perdido, como desamparado, aunque dos de mis hermanos estaban en el mismo colegio, sólo nos veíamos a la hora de la salida. Pero con el tiempo, conocí un compañero que se convirtió en mi gran amigo y con el que compartí toda mi educación primaria, los descansos, las travesuras infantiles y hasta las tareas.

En ese momento, otro recuerdo irrumpió en mi pensamiento, era la imagen del amigo del bachillerato la que venía a mi mente. Éste sí que fue por muchos años mi gran amigo, mi amigote. Estuvo a mi lado en la etapa de desarrollo, cuando pasas esa transición de niño a joven, fuimos amigos de fiestas, de mundo, de novias, de locura, compartíamos todas las cosas. Era de esos amigos con los que no se tienen secretos ni tapujos, nos veíamos a diario o hablábamos por teléfono, nos prestábamos la ropa, la música y más. Todo lo compartíamos, excepto la novia. Como dicen por ahí, éramos partners. Evoqué también a los amigos de la universidad, los de barriada. Siempre viví rodeado de buenos y verdaderos amigos, pero había uno especial, cualquiera podía diferenciarlo y decir: «¡Ah, éste es su mejor amigo!». Aun en la fe, pues cuando comenzamos la vida cristiana crecimos al lado de uno muy bueno. Con él, mi esposa Patty y yo aprendimos muchas cosas y llegó a ser muy cercano a nosotros.

Mi pensamiento estaba ocupado en todas estas cosas cuando de nuevo me encontré en mi lugar secreto y le dije: «Espíritu Santo, ahora que recuerdo, en estos dos últimos años no he tenido un buen amigo; yo sigo siendo el mismo, siempre me ha gustado tenerlo, fue una constante en mi vida hasta hace dos años. Pero Señor, desde que te invité a mi lugar secreto, ese día inolvidable en el cual te rogué que vinieras y jamás te apartaras de mí, no recuerdo quién ha sido mi amigo. Aquí has estado cada día, ni uno sólo has dejado de venir, me pastoreas, me consuelas, me aconsejas, hablas conmigo, me llenas de alegría…».

Ahí estaba yo delante de Él, abriéndole mi corazón con toda honestidad, como un niño con su mejor amigo. Entonces, de un momento a otro su presencia comenzó a hacerse tan intensa, tan fuerte y maravillosa que, sin darme cuenta, estaba totalmente postrado, con la cabeza casi metida entre las piernas, hasta que puse mi rostro sobre la tierra en un pequeño tapete que me habían regalado en New York y, de repente, oí su dulce voz diciéndome: «Yo soy tu amigo». ¿Puedes entender lo que sentí? Estaba totalmente quebrantado, envuelto en una deliciosa sensación de no sé qué, no sabría describirlo con palabras. Abrí entonces mis ojos y por primera vez me fijé bien en la frase impresa en el tapete: «Friends forever» («Amigos por siempre», en español). En ese momento pensé en mi amistad con el Espíritu Santo. Esas sencillas palabras se convirtieron en un sello del amor divino para mí, fue como una carta enviada desde el escritorio celestial. Él, el Espíritu Santo, ¿mi mejor amigo? ¡Oh Dios! Yo quería salir y gritarlo a los cuatro vientos, quería correr y contárselo a cada persona que pasara junto a mí, pero pensé: «No, esto no es posible, ¿cómo van a creerme?». Cuando le cuente a la gente lo que Él me dijo, simplemente me van tildar de loco o exagerado, y dirán: «Ya, ya Ricardo, has tenido muchas visiones y sueños, pero ¿esto? ¡Te pasaste de la raya!».

Sin embargo, el Espíritu Santo —mientras yo pensaba en todo esto— me dijo: «¿Por qué crees que es locura? El Padre celestial le dijo de Abraham que era su amigo (Santiago 2:23). Jesús tenía muchos discípulos, pero sólo a un pequeño grupo le dijo: “Ya no los llamaré siervos sino amigos” (Juan 15:15). ¿Por qué crees que yo, el Espíritu Santo, no querría tener amigos?».

Así como lo escribí unas líneas atrás, esta maravillosa revelación cambió todo en mi vida, todo. A partir de ese glorioso día en el año 1995, Él es y será mi mejor amigo. Desde ese mismo momento hice un pacto que he mantenido por todos estos años: tus amigos serán mis amigos y tus enemigos, mis enemigos.

Déjame decirte que no he tenido mejores años que estos en los que he compartido al lado de mi mejor amigo. Muchos hoy hablan de esto y dicen tener comunión con el Espíritu Santo, pero es apenas eso, una forma de hablar, un eslogan. Lo sé porque no se ve nada diferente en sus vidas o ministerios, no se evidencia un cambio significativo. Pero a mí definitivamente me cambió: como creyente, esposo, padre, amigo, pastor. El ministerio que Dios nos ha confiado a Patty y a mí se ha hecho poderoso a partir de mi relación con Él, y esa maravillosa comunión es algo que no cambio por nada en este mundo.

¿Sabes? Mientras lees esto, creo con todo mi corazón que el Espíritu del Señor te está diciendo: «Yo quiero ser tu amigo». ¿Alguna vez has intentado decírselo? ¿Alguna vez lo has invitado para que sea tu amigo? Porque yo siento fuertemente en mi espíritu que Él está golpeando en tu corazón, ahora está burbujeando dentro de ti, es el Espíritu Santo de Dios hablándote. Y porque sé que Él aún está buscando amigos, hoy te invito a que no dejes pasar un segundo más. Ahí donde estás, dile de corazón: «Espíritu Santo, enséñame a ser a tu amigo, yo también quiero tener una profunda amistad contigo».

—Tomado del libro Mi mejor amigo por Ricardo y María Patricia Rodríguez. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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VIDA CRISTIANA