mercyPudiera parecer raro pensar en la fe como un don del Espíritu porque toda la vida cristiana implica fe. Somos salvos por gracia por medio de la fe (vea Efesios 2:8–9), y Jesús reiteradamente nos anima a tener fe en Dios, implicando que la fe es una decisión que tomamos. Entonces, ¿cómo puede la fe ser un don del Espíritu Santo que Él distribuye según su voluntad?

Pablo está hablando de la impartición de algo diferente a la fe cotidiana que debemos ejercer en nuestro andar cristiano. Es por eso que algunas personas se refieren a este como el “don de una fe especial”. Yo defino el don de la fe como “una dotación sobrenatural de fe y confianza para una situación específica”. De hecho, así como una mujer misionera, rehén en Afganistán, experimentó gran paz en circunstancias aterradoras gracias al don de la fe, innumerables cristianos pueden testificar que en un momento de crisis severa o en un tiempo de gran necesidad, de repente se vieron inundados de un nivel sobrenatural de fe en que todo iba a estar bien. A cambio, este nivel de fe abrió la puerta para la provisión o la liberación milagrosa por parte de Dios. La fe que experimentaron en ese momento fue mucho más alta y grande que la fe en que caminan cada día.

Jesús operó en todos los dones espirituales en un alto grado, incluyendo el don de la fe especial. Recuerde, Él se despojó de su divinidad y vivió como un hombre lleno del Espíritu y dirigido por el Espíritu. Vemos a Jesús mostrar el don de la fe en Marcos 4. Quizá usted recuerde el incidente en que Jesús y los discípulos intentaron cruzar el mar de Galilea en un bote de pescar cuando una enorme tormenta amenazó con volcar el barco. Jesús estaba profundamente dormido en la popa del barco y pareció molestarle bastante que sus asustados discípulos, la mayoría de ellos pescadores y marineros experimentados, lo despertaran.

En Hechos 9, vemos a un hombre llamado Ananías, quien tenía el don de la fe. Él recibe instrucciones en una visión para ir a visitar a un hombre llamado Saulo, el futuro apóstol Pablo, y le impone manos para que reciba el bautismo del Espíritu Santo. Sin embargo, un pequeño detalle hace que esta tarea sea interesante, como vemos en las palabras iniciales:

“Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Versículos 1–2).

Saulo es muy conocido por ordenar que se golpeara o encarcelara a todo cristiano que se encontrara. Y Ananías de pronto recibe instrucciones de hacerle una visita a Saulo y decirle: “Hola, soy cristiano, ¡y estoy aquí para imponerle manos!”. Pero él obedece valientemente. Eso requiere la provisión del don de fe.

Lo que Ananías no capta es que el Jesús glorificado acababa de derribar y dejar ciego a Saulo en un encuentro espectacular en el camino a Damasco. Él es inofensivo y está listo para recibir.

Así como los cristianos pueden recibir el don de fe hoy, el Espíritu Santo también imparte lo que Pablo llama “dones de sanidades”. Estos son “dotaciones sobrenaturales de salud divina”.

La Escritura les llama el don de sanidades y el don del poder de milagros. Esto indica que hay muchos de estos dones disponibles, y nos indica que cada sanidad y cada milagro son importantes para Dios. Es decir, podemos estar seguros que a Dios le importan las personas.

Como con otros dones del Espíritu, estos dones dinámicos no son solo para unos pocos especiales. Dios no hizo una lotería celestial para seleccionar al azar un puñado de su gente en todo el planeta para que experimenten milagros en sus vidas. Si solo unas pocas personas pueden ver los milagros suceder y yo necesito un milagro, me las voy a ver difícil si no puedo llegar a una de esas personas especiales. Gracias a Dios, la verdad es que el don de milagros está disponible para todos los que tienen al Espíritu Santo obrando dentro de sí. Y una relación íntima y personal con Él está disponible para cada creyente.

Esto explica por qué Jesús les dijo a sus discípulos que era mejor para ellos si Él se iba. En su forma terrenal, Él solo podía estar en un lugar a la vez. Pero el derramamiento del Espíritu Santo sobre la carne humana el Día de Pentecostés fue uno de los sucesos más beneficiosos e importantes en la historia de la humanidad e hizo posible la extraordinaria declaración de Jesús en Juan 14:12: “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”.

¿Qué podría hacer posible este supuesto imposible? La venida del Espíritu Santo. Usted recordará que un poco después Jesús dice: “Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Juan 16:7).

El Espíritu Santo puede estar en todas partes a la vez y en nosotros. Es impresionante reflexionar en eso, pero Jesús tenía razón. ¡Ahora tenemos algo mucho mejor! Y se pone mejor todavía. El Espíritu Santo no vino con las manos vacías. Vino con los brazos llenos de dones.

Si usted necesita un milagro, Él lo tiene. Si necesita sanidad, Él también la tiene. Si usted necesita fe, también lo tiene garantizado. Si necesita un mensaje de aliento de parte de Dios, una profecía, una lengua o una interpretación, si necesita una palabra de conocimiento sobre su situación, o una palabra de sabiduría o para discernir cómo el enemigo le está atacando, el Espíritu Santo le dará esos dones a usted, y a quienes le rodean.

—Tomado del libro El Dios que nunca conocí por Robert Morris. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

 

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