man thinkingEn lugar de recurrir a la autoayuda, le pedimos a Dios por su ayuda, porque AJÁ (alerta, justicia y acción) es una experiencia espiritual que trae cambios sobrenaturales. Particularmente, vamos a definir AJÁ de la siguiente manera: “Un reconocimiento repentino que abre camino a un momento de honestidad que trae consigo cambios perdurables”.

 Me encanta ser testigo de AJÁ. Lo veo casi cada fin de semana en la iglesia donde sirvo.  Escucho a la gente testificar acerca del despertar espiritual que experimentaron. En ese instante, surgió un hermoso encuentro. En el momento oportuno, la vida de una persona se encuentra con la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo, y todo cambia.

Cuando Jesús enseñaba acerca de esta transformación espiritual, por lo general, lo hacía a través de parábolas. AJÁ no puede ser explicado en su totalidad.  Hay un sentir que solo puede ser entendido a través de la experiencia. Así que es a través de relatos que AJÁ es mejor comprendido.

Una mujer me contó cómo comenzó a comer compulsivamente para lidiar con los problemas de la vida. No existía un reto en el día que ella no pudiese resolver con comer. Una semana de trabajo estresante se convertía en un fin de semana de tres y cuatro porciones adicionales de comida. Para enfrentar la ansiedad que traía la fecha de cierre de un proyecto, ella compraba dos o tres postres y se los comía esa misma noche. A pesar de haber intentado bajar de peso por su propia cuenta, llegó a 325 libras. Ese aumento, que parecía no tener fin, la llevó a una depresión profunda, lo que intensificó su conducta compulsiva.

Luego de meses y meses en el ciclo vicioso de atracones y depresión, esta mujer se dio cuenta de algo: la comida nunca iba a llenar el vacío en su corazón. Trató de satisfacer su alma con comida.

Cuando fue a la iglesia, ella escuchó un mensaje acerca de Juan 6 donde Jesús se describió a sí mismo como el “Pan de Vida”.  De pronto, ella se dio cuenta de que su obsesión por comer se debía a su anhelo de que la comida hiciera lo que solo Jesús podía hacer por ella.

Eso fue hace cuatro años y 170 libras atrás. Pero su cambio exterior solo fue el resultado de la transformación interior que experimentó cuando su vida se encontró con el evangelio y comenzó a buscar a Jesús para llenar el vacío en su corazón. AJÁ.

Estaba hablando con un hombre quien llevaba una lucha continua con el alcoholismo. Él había tratado de cambiar varias veces. Él intentó varios programas de autoayuda y pasó por los doce pasos. Esto lo ayudó por una temporada, pero nunca se mantuvo el tiempo suficiente como para quitarse.

Con el paso de los años, él se dio cuenta de lo mucho que la bebida le había costado, pero cuando pensó que ya no podía caer más hondo, lograba sumergirse aún más. Un día escuchó a un pastor predicar del pasaje donde Pablo dijo: “No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu” (Efesios 5:18). Inmediatamente, esta verdad de la Palabra de Dios abrió sus ojos: él se había aferrado al alcohol para que hiciera lo que el Espíritu Santo le correspondía hacer.

Cuando se encontraba desconsolado y deprimido, buscaba consuelo y paz en la bebida, pero el Espíritu Santo quería consolarlo. Cuando se sentía inseguro, él bebía para así lograr sentir seguridad y audacia, pero el Espíritu Santo quería llenarlo de valentía y fuerzas. Cuando se sentía inseguro acerca del futuro y su próximo paso a seguir, él bebía para lidiar con la incertidumbre, pero el Espíritu Santo quería guiarlo y dirigirlo hacia un nuevo camino. AJÁ.

A pesar de haber escuchado cientos de testimonios de AJÁ a través de los años, mi favorito es el que narra Jesús en Lucas 15 (JBS).  Es conocido como la parábola del Hijo Pródigo.  Charles Dickens llamó esta parábola, famosamente: “La gran historia narrada”.  El hecho de que sea una parábola y no un cuento de la vida real, no impide el que sea una historia llena de eventos de la vida real. Es casi imposible leer esta parábola sin encontrarse en ella.

Y dijo: Un hombre tenía dos hijos;

y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece; y les repartió su sustento.

Y no muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, partió lejos a una provincia apartada; y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente.

Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y le comenzó a faltar.

Y fue y se llegó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentara los puercos.

Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los puercos; mas nadie se las daba.

Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

Y levantándose, vino a su padre. Y como aún estuviera lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

 

Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y delante de ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

Mas el padre dijo a sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies.

Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos banquete; porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a hacer banquete.

Y su hijo mayor estaba en el campo; el cual cuando vino, y llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las danzas;

y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Y él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha matado el becerro grueso, por haberle recibido salvo.

Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrara.

Mas él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para hacer banquete con mis amigos;

Mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu sustento con rameras, has matado para él el becerro grueso.

El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.

Mas era necesario hacer banquete y regocijarnos, porque éste tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

 AJÁ es el momento de Dios que lo cambia todo.

—Tomado del libro AJÁ  por Kyle Idleman. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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