dicipuloUna vez estaba en una cafetería cenando con mi esposa, Debbie, cuando vi a un hombre musculoso y a una mujer, que luego supe que era su esposa, llevar sus bandejas a una mesa vacía que estaba cerca de nosotros.

En cuanto miré a este hombre supe algo sobre él. Me di cuenta que ese conocimiento venía del Espíritu Santo porque nunca antes en mi vida había visto a este hombre. También sabía que el Espíritu Santo no da un conocimiento así sin tener una buena razón. Dios amaba a este hombre y quería ayudarlo.

Con los años, he aprendido a operar en base a percepciones sobrenaturales como estas sin parecer raro o extraño. Como dije, mi amigo el Espíritu Santo no es raro. Él solo quiere ver a las personas libres y completas. Me levanté y caminé hacia la mesa de la pareja y le dije: “Perdone, usted no me conoce, pero, ¿puedo hacerle una pregunta?”.

El hombre me miró un poco sorprendido, pero dijo: “Claro”.

“¿Usted ha levantado pesas alguna vez?”, le pregunté. Esto no era algo sobrenatural de mi parte. Solo necesitaba algo simpático para romper el hielo. Cualquiera que mirara a este hombre fornido habría concluido que pasaba mucho tiempo en el gimnasio. Después supe que en realidad era un exfisiculturista que había ganado el premio “Mr. América” en algún momento.

Él y su esposa se rieron un poquito y luego él dijo: “Sí, he levantado algunas pesas”.

 “Bueno, esto puede parecerle raro”, continué, “pero creo que Dios me dijo algo muy personal e importante sobre usted. Me pregunto si le importaría que se lo dijera”.

Sus ojos se pusieron muy grandes y miró a su esposa un instante. Entonces, dijo: “Por supuesto, siéntese”.

“El Espíritu Santo me mostró una imagen de cuando usted era niño. Lo vi sentado en el regazo de su abuela, usted lloraba. Ella le dijo que Dios podía hacerlo fuerte como Sansón si usted prometía servirle. Le vi hacer ese compromiso de servir a Dios y honrarle con su vida. Bueno, Dios me dijo que le dijera que Él cumplió con su parte del trato, pero que usted no cumplió con su promesa”.

El hombre me miró unos segundos con una mirada carente de expresión que me hizo pensar si yo me había equivocado. Sin duda, ¡este no era un hombre al que yo quisiera ofender! Pero justo cuando comenzaba a orar por una forma de escape rápida, su barbilla comenzó a temblar y grandes lágrimas rodaban por su rostro. Miró a su esposa y ella también comenzó a llorar. ¡Resulta que él acababa de contarle a ella esa historia!

El hombre dijo: “Señor, a mí me crió mi abuela. Mi padre se marchó cuando yo nací y mi madre unos años después. Un día, cuando yo tenía como ocho años, unos niños me estaban tirando piedras, solo por maldad. Una me dio en la cabeza y me hirió, me fui a casa llorando. Fue entonces cuando mi abuela me sentó en su regazo y me contó la historia de Sansón. Yo le prometí a Dios que si me hacía fuerte, le serviría toda mi vida. Acababa de decirle a mi esposa que he estado pensando en esa promesa últimamente, pero realmente no sabía cómo acercarme a Dios”.

Los llevé a ambos al Señor en ese momento y a la semana siguiente se bautizaron. En este caso, el Espíritu Santo me dio el don de palabra de conocimiento.

Este don aparece en 1 Corintios 12:8–11, como uno de los nueve dones espirituales que el Espíritu distribuye a cada creyente según su voluntad. Esto es un recordatorio de que el Espíritu Santo es una persona, que tiene mente, voluntad y emociones. Él escoge.

“Yo le prometí a Dios que si me hacía fuerte, le serviría toda mi vida”.

Al principio de esa lista encontramos: “Pues a uno le es dada palabra de sabiduría por el Espíritu; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:8). La “palabra de sabiduría” y la “palabra de conocimiento”. Podemos clasificar estos dos dones del Espíritu dentro de los dones de discernimiento. Otro término adecuado sería el de dones de percepción. Cualquiera de los nombres encaja porque cuando estos dones operan, usted tiene poder para discernir o percibir ciertas verdades que pueden ayudar a otra persona. Tengan en mente que estos dones siempre se dan para bendecir y beneficiar a otros. ¡Y otros operarán en estos dones para bendecirle y beneficiarle a usted!

¿Cómo son estos dones cuando operan? Comencemos con el don que el Espíritu usó para tocar la vida de ese fisiculturista aquel día en la cafetería, la “palabra de conocimiento”.

Una palabra de conocimiento es el Espíritu Santo dejándole saber algo específico que usted no aprendió por medios naturales. Es una transferencia sobrenatural de información que no es posible que usted conociera a través de procesos naturales.

Jesús operaba en este don constantemente. ¿Recuerda su encuentro con la mujer samaritana en el pozo? Ella le dijo a Jesús que no estaba casada y él respondió diciéndole: “Bien has dicho: ‘No tengo marido’, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad” (Juan 4:17–18).

Era información muy específica la que Jesús sabía acerca de una completa extraña. Claro, quizá usted esté pensando que Jesús era Dios hecho carne y conocía información así porque era Dios. Esa es una suposición común, pero falsa. Jesús sí era completamente Dios y completamente hombre, pero no vivió su vida accediendo a su deidad. Filipenses 2, nos dice que Él “se despojó a sí mismo” de todos sus derechos y privilegios como Dios “tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (versículo 7).

Jesús no hizo un solo milagro hasta que el Espíritu Santo descendió sobre Él, justo después de su bautismo. Una y otra vez Jesús les dijo a sus discípulos que Él solo decía lo que había escuchado decir al Padre y que hacía lo que el Padre, por medio de su Espíritu Santo, le ordenaba (vea Lucas 4:1; Juan 5:19; 8:28). Jesús demostró lo que es posible para una persona completamente rendida y obediente al Espíritu Santo.

Por cierto, el Espíritu Santo no reveló a Jesús el secreto de la mujer samaritana para avergonzarla. Lo hizo para abrir sus ojos porque Dios la amaba y quería que ella fuera libre y redimida. Los dones del Espíritu siempre se dan para edificar, animar y para liberar a los cautivos.

Esta, ciertamente, ha sido mi experiencia a lo largo de los años con este don maravilloso, incluyendo mi encuentro con el ex Mr. América. El poder de una palabra de conocimiento es uno de los incidentes más emocionantes y gratificantes de los que podemos ser parte. Y este regalo está disponible a todo creyente que se rinde al Espíritu Santo y obedece a sus indicaciones.

—Tomado del libro El Dios que nunca conocí por Robert Morris. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

Use Desktop Layout
VIDA CRISTIANA