forgivenessYo estaba en el tercer año de universidad cuando mi hermano mayor ateo, Ben, decidió intentar alejarme de la fe cristiana. Probablemente parecía un blanco fácil. No había sido cristiano durante mucho tiempo, y Ben estaba en el tercer año de la facultad de derecho de la Southern Methodist University de Dallas. Él era el mejor de su clase, ya tenía una maestría en abogacía y ya tenía tiempo moldeando su desdén por el cristianismo.

Acordamos encontrarnos un fin de semana en la casa de mis padres en Dallas. Ben se preparó como si fuera a tratar un caso jurídico, al estudiar la Biblia para obtener la artillería que necesitaba para apagar mi nueva fe. Le contó a uno de sus compañeros de clase: “Iré a casa a sacar a mi hermanito de esta cosa del nuevo nacimiento”. Apareció con sus preguntas preparadas y sus desafíos finamente calibrados, anticipando cualquier cosa que yo pudiera decir. Estaba confiado en que podría hacerme abandonar toda noción de la fe en Dios y creencia en Jesucristo.

Me gustaría decirle que tuve brillantes respuestas aprendidas para todo lo que dijo sobre el tema. Pero nunca tuve la oportunidad de responder. Mientras yo simplemente escuchaba y abordaba las dudas de Ben, la verdad de la Palabra de Dios comenzó a suavizar su corazón. Yo podía ver que él estaba dudando de sus dudas. Finalmente llegó un momento en que le dije: “Ben, no es lo que no sabes de Dios lo que está evitando que creas; es lo que sí sabes. Tú sabes que Él es real y que Él es santo (es decir, puro)”. El apóstol Pablo escribió que las personas “detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). ¿La razón? No les gustan las reglas de Dios. El problema con esto es que es como intentar sostener una pelota de playa debajo del agua: entre más sumergimos la verdad, esta resurge con más fuerza. Esto es definitivamente lo que mi hermano estaba haciendo. Estaba intentando escapar de las punzadas de la consciencia que lo estaban redarguyendo de su comportamiento.

Al final del día—el día en que él intentó disuadirme de mi fe—, bauticé a Ben en una alberca. Al poco tiempo de salir del agua, me dijo: “No creo que hayas respondido todas mis preguntas, pero creo que yo estaba haciendo las preguntas equivocadas”. Ahora Ben es un exitoso abogado en Austin, Texas, y un formidable testimonio para Cristo.

Ese fin de semana hace treinta años fue el punto de inflexión para Ben y para mí. Él se convirtió en un creyente en Jesucristo mientras estaba tratando de disuadirme de “esa cosa del nuevo nacimiento”. Y a partir de ese día, he dedicado mi vida a disuadir a la gente de “esa cosa del ateísmo”. Trabajo principalmente entre alumnos universitarios alrededor del mundo, y se me han unido miles más que han encontrado que esa fe en Dios es tanto espiritualmente revitalizadora como intelectualmente satisfactoria. Además hemos visto lo contrario: que el ateísmo no satisface ni el corazón ni la mente del hombre.

Hace más de cuarenta años, la portada de la revista Time preguntó: “¿Dios está muerto?”. Los escritores estaban reflexionando acerca de la famosa afirmación que planteó el filósofo alemán del siglo diecinueve, Friedrich Nietzsche, de que Dios está muerto. Otras voces de ese siglo plantearon el mismo asunto en palabras diferentes. Los seguidores de Charles Darwin habían sugerido que esa creencia en Dios pronto desaparecería de una sociedad progresivamente científica. Karl Marx había dicho que la religión es una droga: “el opio de los pueblos”. En 1999, la revista The Economist publicó un obituario para Dios.

Pero algo curioso sucedió de camino al funeral. En 2009, el editor principal de The Economist escribió en coautoría el libro God Is Back [Dios está de vuelta], el cual sirvió como retracción del artículo de 1999. El cristianismo está experimentando un asombroso crecimiento en África, en Asia y en América Latina. La gente está despertando del sueño dogmático del secularismo y el naturalismo. Y en Estados Unidos una sobrecogedora mayoría continúa aceptando la existencia de Dios, y la nación está comenzando a atestiguar un despertar espiritual entre los jóvenes. A pesar del hecho de que Dios ha sido virtualmente proscrito de las aulas de clase, los estudiantes de preparatoria y Universidad están cuestionando lo que les han enseñado—el dogma naturalista de que el universo y la vida son meramente producto de fuerzas ciegas y aleatorias—y están aceptando que

hay bases racionales para creer en un Creador. La densa niebla de incredulidad que se ha movido sobre la academia está comenzando a desvanecerse a medida que surge más y más evidencia de un Creador inteligente.

Junto con este aumento de la fe en todo el mundo ha venido una respuesta correspondiente. Durante la última década el campo secular se propuso detener la ola de la fe renovada. El término nuevos ateos se le ha dado a un grupo de escépticos que han buscado hacer sobrevivir los argumentos contra Dios y reinventarlos para una nueva generación. De manera irónica, hay muy pocas cosas nuevas acerca de los argumentos ateos. De hecho, el éxito de sus afirmaciones se debe mayormente al hecho de que las respuestas teístas a sus afirmaciones—las cuales son la verdad acerca de Dios—no han circulado ampliamente.

Hace una generación, C. S. Lewis compuso una serie de lecciones que se transmitieron en la BBC y fueron transcritas y publicadas como Mero cristianismo. Lewis se dio cuenta de que cuando era ateo tenía que ignorar demasiada evidencia para mantener su incredulidad:  “Un ateo sí tiene que creer que el punto central de todas las religiones del mundo es simplemente un gran error. Si se es cristiano, se es libre de pensar que todas las religiones, incluso las más extrañas, contienen al menos un indicio de verdad. Cuando yo era ateo, tenía que persuadirme de que la mayoría de la raza humana siempre ha estado equivocada en aquello que le importa más”.

Los argumentos que los ateos utilizan contra Dios desaparecen rápidamente como un espejismo cuando son respondidos por creyentes instruidos como Lewis. Los ateos declaran que el universo no es lo que se espera si existiera un Dios sobrenatural. Toda esta muerte y sufrimiento, dicen, son una clara evidencia de que un Dios amoroso e inteligente no podría estar detrás de todo ello. La verdad es que Dios ha creado un mundo en el que las elecciones son reales y la humanidad es afectada por las decisiones que toman otros seres humanos. Los conductores ebrios matan a personas inocentes. Algunos asesinan y le roban a su prójimo. Aunque Dios le dio a la humanidad mandamientos claros, en nuestra mayoría hemos ignorado estas directrices. El desastre que resulta no es culpa de Dios. Es nuestra.

Somos llamados a seguir a Dios y amarlo con todo nuestro corazón y nuestra mente. Esto significa que tenemos que pensar e investigar. La Verdad es otra palabra para realidad. Cuando algo es verdad, lo es en todos lados. Las tablas de multiplicar son tan verdad en China como lo son en Estados Unidos. La gravedad funciona en África de la manera que lo hace en Asia. El hecho de que haya principios morales que son verdaderos en todos lados apunta a una moralidad trascendente que nosotros no inventamos y de la cual no podemos escapar.

 ―Tomado del libro Dios no está muerto por Rice Broocks. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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VIDA CRISTIANA