En uno u otro momento, toda vida requerirá de la perseverancia. Dios no nos pide que terminemos primeros, pero espera que demos lo mejor de nosotros todo el tiempo, hasta el final. Uno puede hacer uso de cantidad de recursos para llegar a la cima. El dinero puede brindarnos esa oportunidad, el talento y los dones naturales pueden llevarnos hasta allí o, en algunos casos, podrá dársele el crédito simplemente a la buena fortuna y al destino. Pero más allá de lo que se haga para llegar a la cima hay una sola cosa que nos mantendrá allí, y es la perseverancia.

La perseverancia es una combinación muy particular de determinación, paciencia y esfuerzo que, a veces, requerirá de horas de intensa resistencia y años de paciente espera.Luego, cuando se une todo esto a los momentos de extremo esfuerzo, la suma da como resultado un recurso poderoso que nos da la capacidad para vencer cualquier obstáculo. Cualquier persona que sea perseverante se mantendrá fuerte, por mucho que tiemble el mundo. Se dice que vale la pena esperar por las cosas buenas. La verdad es que si su vida ha de lograr aquello para lo que ha sido creado usted, hará falta más que paciencia. Hará falta perseverancia.

Hay muchísimas personas con la voluntad y el deseo de hacer el intento. Pero son pocos los que tienen la capacidad para ser perseverantes. Como sociedad, somos adictos a la gratificación instantánea, por lo que nuestra mentalidad es la del ahora mismo. Muchos sentimos que cuando tenemos que esperar -y ni hablar de cuando hay que perseverar- estamos como en una persecución en la que somos la presa. Según el libro de Santiago, en realidad, esto no es una persecución sino el proceso hacia nuestra perfección. "Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna" (Santiago 1:4).

Podemos esforzarnos por alcanzar nuestra meta, pero si no vemos los resultados que queremos de inmediato, renunciamos y decimos: "Ah, eso no era para mí". Demasiadas veces olvidamos que las dificultades que enfrentamos no surgieron de la noche a la mañana, y no hay razón para que creamos que podremos corregirlas todas en un solo día. Cuando se navega por las inciertas aguas de la vida, uno necesita cierta cantidad de destrezas, entre ellas la perseverancia.

La perseverancia siempre tiene un precio. Hay una frase en las Escrituras que me obligo a leer regularmente. En efecto, cada vez que la veo la repito una y otra vez: "a su tiempo" (véanse Salmos 104:27 y Gálatas 6:9). Esas tres palabras me recuerdan continuamente quién soy y cuál es mi papel.

El Salmo 1:3 habla del hombre en una correcta relación con Dios como quien es "como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará" (énfasis añadido).

No hay nada instantáneo en un árbol. Esta es la imagen perfecta de la perseverancia. Comienza siendo pequeño y frágil, por lo que debe soportar los embates del clima en todas las estaciones: el frío crudo del invierno, los chubascos y tormentas de la primavera, y el abrasador calor del verano, además de la transición del otoño.

Eso se prolonga año tras año hasta que finalmente llega el tiempo de dar fruto. Entonces, y solo entonces, se reconocerán las recompensas de la perseverancia. Este salmo afirma que quien echa raíces en la Palabra de Dios -fuente de la grandeza- es como el árbol plantado junto al río. Si su vida echa raíces en el fundamento de la Palabra, tiene usted una fuente, un manantial fresco e infinito, del tipo que le dará seguridad aun en los momentos más inciertos.

Cuando uno tiene como fuente o manantial un río de agua viva, sabe que jamás se secará. Tiene entonces fuerza para soportar, poder para producir y a su tiempo, el fruto será de bendición, no solo para sí sino para quienes le rodeen, ya que al final, el versículo dice: "y todo lo que hace, prosperará".

-- Extracto tomado del libro Derribado, pero no destruido de Matthew Hagee. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

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