Cuando yo era evangelista, mi hermano y yo viajábamos juntos, y rotábamos las noches en que predicábamos. En mi noche libre, yo oraba todo el día por él; y en su noche libre, él ayunaba todo el día por mí. Pasamos de la oscuridad a tener puertas que se abrían en todo el mundo mediante el poder del ayuno. Cada tarea tiene un lugar de nacimiento. Cuando Dios ha puesto un sueño en el interior de usted que solamente Él puede hacer posible, usted necesita ayunar y orar. Bueno o malo, lo que haya en su interior saldrá solamente cuando usted ayune y ore.

Ahora que soy pastor, nuestra iglesia comienza cada año con un ayuno de veintiún días. Desde aquellos primeros años de ministerio hasta el día de hoy, el ayuno se ha convertido en un estilo de vida. Cuando siento que me estoy resecando espiritualmente, cuando no siento esa unción nueva o cuando necesito un encuentro fresco con Dios, el ayuno es la clave secreta que abre la puerta del cielo y cierra de un portazo las puertas del infierno.

¿Qué es el ayuno? Ya que hay tantos malentendidos sobre él, en primer lugar, quiero aclarar lo que no es el ayuno bíblico. El ayuno no es meramente pasarse sin alimentos durante un periodo de tiempo; tampoco es algo que hacen solamente los fanáticos. Realmente quiero hacer entender el punto. El ayuno no deben hacerlo solamente los monjes religiosos que están solos en una caverna en algún lugar. La práctica del ayuno no está limitada a ministros u ocasiones especiales.

Expresado de modo sencillo, el ayuno bíblico es privarse de alimentos con un propósito espiritual. El ayuno siempre ha sido una parte normal de una relación con Dios. Tal como se expresa en el apasionado ruego de David en el Salmo 42, el ayuno lleva a la persona a una relación más profunda, más íntima y más poderosa con el Señor.

Cuando uno elimina los alimentos de su dieta durante cierto número de días, su espíritu queda desbloqueado de las cosas de este mundo y se vuelve increíblemente sensible a las cosas de Dios. Como afirmó David: "Un abismo llama a otro" (Salmo 42:7). David estaba en ayuno; su hambre y sed de Dios eran más grandes que su deseo natural de alimento. Como resultado, llegó a un lugar donde podía clamar desde las profundidades de su espíritu a las profundidades de Dios, aun en medio de su prueba. Una vez que haya experimentado aunque sea una vislumbre de ese tipo de intimidad con nuestro Dios-nuestro Padre, el santo Creador del universo- y las incontables recompensas y bendiciones que siguen, su perspectiva completa cambiará. Pronto, comprenderá que el ayuno es una fuente secreta de poder que muchos pasan por alto.

Durante los años en que Jesús caminó sobre esta tierra, Él dedicó tiempo a enseñar a sus discípulos los principios del Reino de Dios, principios que están en conflicto con los principios de este mundo. En las Bienaventuranzas, concretamente en Mateo 6, Jesús dio la pauta por la cual cada uno de nosotros debe vivir como un hijo de Dios. Esa pauta aborda tres obligaciones concretas del cristiano: dar, orar y ayunar. Jesús dijo: "Cuando des...", y "Cuando ores...", y "Cuando ayunes". Él dejó claro que ayunar, al igual que dar y orar, era una parte normal de la vida cristiana. Debería darse tanta atención al ayuno como se le da a dar y orar.

Salomón, al escribir los libros de sabiduría para Israel, estableció el punto de que un cordón, o cuerda, trenzada con tres hilos no se rompe con facilidad (Eclesiastés 4:12). De igual modo, cuando se practican conjuntamente la ofrenda, la oración y el ayuno en la vida de un creyente, eso crea un tipo de cordón de tres hilos que no se rompe con facilidad. De hecho, Jesús lo llevó aún más lejos al decir: "Nada os será imposible" (Mateo 17:20).

-- Extracto tomado del libro El ayuno de Jentezen Franklin. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

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