Después de andar sobre el puente de oro, el Señor me guió a un lugar donde guardaron muchos niños y bebés, muchos de ellos parecían ser recién nacidos. Era un cuarto muy grande, como un almacén, y no era bonito ni lujoso. Estaba lleno de bebés desnudos y acostados uno cerca del otro.
"¿Por qué hay tantos bebés aquí?", pregunté.
"Estos son los bebés de las madres que no los querían. ¡Yo me quedaré con sus bebés!", el Señor contestó.
"¿Qué vas a hacer con ellos, Señor?"
"Si sus madres son salvas, ellas podrán tener a sus bebés de nuevo."
"¿Qué pasará si sus madres no se salvan? ¿Qué harás entonces?"
"Otras madres los tendrán cuando todos mis hijos vengan al reino."
Entonces entendí que estos bebés fueron abortados por sus madres, y empecé a llorar. Jesús exclamó: "¡No me gusta el aborto!" Su voz y comportamiento llegaron a ser severos, y me di cuenta enseguida de que éste era un mensaje que yo estaría compartiendo pronto con todos.
Al Señor no le gusta el aborto. Es uno de los peores pecados para Él. Fue Jesús quien dijo: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis porque de los tales es el reino de Dios" (Marcos 10:14). Jesús ama a los niños, y yo pude ver su tierna compasión para con estos bebés.
Actualmente, casi uno de cada cuatro embarazos en los Estados Unidos termina en un aborto. ¡Cuánto aflige esto al Señor! Estados Unidos tiene las leyes de aborto más permisivas que cualquier democracia, y el número de abortos continúa aumentando. Nunca olvidaré lo que vi aquella mañana en el cielo, y nunca más podré quedarme callada sobre el horrendo pecado del aborto.
Desde ese momento, he estado orando por las mujeres de nuestra nación, pidiendo a Dios que Él abra sus ojos a la verdad sobre el aborto, para prevenir que ellas tomen malas decisiones. Ahora sé que la decisión de un aborto tiene consecuencias eternas, y yo oro para que el entumecimiento de la conciencia en los Estados Unidos, en cuanto a esta forma de asesinato, sea quitado.
Aún puedo oír la voz del Señor -enojada y temblorosa por el sentimiento- decir: "¡No me gusta el aborto!". "El cielo es mejor que esto / Alabado sea Dios / Qué gozo y gloria / Caminando en calles de oro puro / Entrarás en una tierra donde nunca envejecerás."
El Señor me llevó a un lugar estéril fuera de la puerta del reino y me enseñó que, en esta región, mucha gente llevaba túnicas del color de la arena. Todas las personas estaban paradas, cada una muy cerca de la otra, y noté que parecían estar desesperadas y solitarias, aunque estaban en medio de la multitud.
No tenía idea alguna de quiénes eran estas personas, pero sabía que el Señor contestaría mi pregunta acerca de ellas cuando Él considerara que estuviera lista. Me llevó hacia una pequeña cuesta que estaba salpicada con edificios blancos en ambos lados. Una cuerpo de agua separaba los dos lados, y había árboles que rodeaban el agua.
Delante de los edificios, vi a muchos adultos y niños quienes estaban llevando túnicas blancas, y algunos llevaban coronas. Estaban simplemente parados allí con expresiones de felicidad en sus rostros. Sentí que el Señor estaba enseñándome el contraste entre los que estaban felices y los que estaban tristes. Se suponía que los felices eran aquellas personas que habían entregado su corazón y vida al Señor Jesucristo.
La próxima parada en nuestro itinerario celestial fue la gran mansión blanca donde Jesús me había llevado antes. De nuevo, noté que dentro de la gran sala había muchos hombres, pero pocas mujeres. "¿Quiénes son estas personas?", pregunté. "Son personas que se han sacrificado por mí."
Me pregunté cuántos de ellos serían los patriarcas de la Biblia, y me acordé de los héroes de la fe mencionados en Hebreos 11, aquellos grandes hombres y mujeres de fe como: Abel, Enoc, Noé, Abraham y Sara, y todo lo que ellos alcanzaron por la fe. Entonces recordé un versículo muy importante: "Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (Hebreos 11:6).
El sacrificio de Abel era mejor que el de Caín, porque fue presentado en fe y obediencia. La disposición de Abraham de sacrificar a Isaac -su propio hijo- para ofrecer al Señor, confirmó su fe y deseo de agradecerle al Señor. Y ahora yo sé que Dios honra tales sacrificios. En realidad, Él nos llama a entregarle todo.
Al enseñarme esta sala llena de gente ataviada con preciosos vestidos y coronas con joyas, Jesús estaba presentando la importancia del sacrificio. Me acordé de las palabras de Pablo:
"Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta." (Romanos 12:1-2).
--Extracto tomado del libro ¡El cielo es tan real! de Choo Thomas. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.
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VIDA CRISTIANA