¿Alguna vez ha recibido una palabra profética de Dios que estuviera más allá de lo que usted pudiera preguntar, pensar o imaginar? A Dios le encanta soplar nuestras pequeñas cajas. ¿Qué precio pagó para que la palabra se cumpliera? El motivo por el que pregunto es porque muchos cristianos desean ansiosamente lo profético sin tener idea de lo que les costará. ¿Cuánto costará seguir a Jesús? Simplemente, pregúntele a María. Lucas 1:26 nos dice: "A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen comprometida para casarse con un hombre que se llamaba José descendiente de David. La virgen se llamaba María. El ángel se acercó a ella y le dijo: ¡Te saludo, tú que has recibido el favor de Dios! El Señor está contigo" (NVI).

¿Qué haría usted si un ángel apareciera en su umbral proclamando: "¡Te saludo, tú que has recibido el favor de Dios!"? ¿Saltaría y diría: "¡Hurra! Dios está aquí? No lo creo. Tal vez se caería de bruces. Temblaría ante el Señor. Se sentirá destruida, completamente deshecha, arruinada para siempre. Esa fue la respuesta de María.

Cuando el ángel apareció ella estaba aterrorizada, no gozosa. Lucas 1:29 dice: "Ante estas palabras, María se perturbó y se preguntaba qué podría significar este saludo" (NVI).

Puedo identificarme con María. Cuando tenía dieciséis años, tuve una visitación radical de Dios. Había sido cristiana hacía tan sólo cinco meses cuando Dios me habló audiblemente. Me dijo que sería misionera y ministra del evangelio. Me transformé para siempre. Alternaba entre el llanto y la risa. Comencé a correr tras esa visión profética con todo mi corazón. Treinta años más tarde, sigo yendo tras los sueños de mi Dios. Me encanta correr a lo más oscuro de la oscuridad para ver brillar su luz gloriosa. No me imaginaría haciendo nada más que entregar mi vida por amor. ¿Por qué? Porque Él me destrozó con su amor. Le prometí a Jesús: "Haré cualquier cosa que me pidas sin importar lo que me cueste".

Después de esa experiencia, seguí la Palabra y comencé a predicar el evangelio. Cuando era una muchacha de dieciséis años, primero prediqué a pacientes con Alzheimer, drogadictos y a cualquiera que escuchara. Finalmente, prediqué en Asia, Inglaterra y en todo el mundo. Hoy, vivo y ministro en Mozambique, África.

Cuando Dios me visitó prometió algo que sobrepasaba tanto mi ser, que tuve una opción. En ese momento, nunca había siquiera oído sobre mujeres que predicaban. Pero opté por no dudar y mirar lo natural. Creía en su Palabra. Él me dijo que predicara, entonces prediqué. Esa palabra me ha costado todo, pero es mi mayor gozo y privilegio.

Mientras entregué mi pequeña vida, ahora estoy viendo una nación correr hacia Él. He sido objeto de disparos, cárcel, injurios, puñaladas, diagnosticada y luego sanada de enfermedades terminales, y experimenté pruebas demasiado grandes como para contar. Mi familia ha estado sin comida, agua ni apoyo. Hemos sido golpeados, amenazados y se ha hablado lo peor de nosotros. Pero esto no es nada en comparación con el enorme gozo de conocerlo.

Jesús es mi modelo y héroe. Él no escatimó nada y dejó de lado las riquezas del cielo como el máximo misionero. Él descendió a la Tierra por nosotros. Jesús fue el amor encarnado. Cada día, vertió sin límites un amor incesante para cada una de las personas que estaban frente a Él sin importar para nada el dolor.

Ahora nuestra tarea sobre la Tierra es seguir su ejemplo y amar sin importar el costo. Sin importar cuán imposible parece una palabra profética, debemos seguir al Cordero que fue asesinado, para darle la justa recompensa por sus sufrimientos. Dios me reta todos los días para que permanezca en amor sin importar las pruebas y las tribulaciones. Él está buscando personas que digan: "Sí, Señor. Aquí estoy. No me importa lo que cueste. Cuenta conmigo".

¿Hay un sí en usted para Dios? ¿Hay un sí en usted para la promesa que Él quiere poner dentro de usted? La vida de María nunca fue la misma después de la visitación de Dios. Le costó todo, comenzando por su reputación y terminando con la visión de su amado Hijo morir en una cruz. Sin embargo, escuche su respuesta: "Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones" (Lucas 1:46-48, NVI).

Al igual que María, nosotros también podemos regocijarnos en nuestro gran Dios. Él es nuestra porción y nuestra enorme recompensa. Él nos ama y quiere que nazcan dentro de nosotros sus grandes promesas. Todo lo que debemos hacer es decir: "¡Sí, Señor!".

--Por Heidi Baker. Tomado del libro De nuestro corazón al suyo. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

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VIDA CRISTIANA