No muchas personas saben que, en 1989, poco después de nuestro vigésimo aniversario, mi esposo Wayne y yo nos separamos durante dieciocho meses.

Como la mayoría de los matrimonios que se acercan o terminan en divorcio, existían problemas que había que tratar. Dios obró en nosotros dos durante ese periodo. Wayne se había trasladado a otro estado, y durante todo ese año pasé una hora diaria de rodillas.

Esa era mi meta: una hora al día. Oraba por Wayne, por mi matrimonio y por nuestros hijos. Sorprendentemente, aunque yo siempre me había considerado una persona optimista, no me sentía así con respecto a mi matrimonio. Estaba segura de que nuestra relación había terminado.

Una semana antes de que el divorcio fuese definitivo, Wayne me llamó, y me dijo que no quería seguir con todo eso. Para entonces yo estaba emocionalmente preparada y, en cuanto a mí, era muy poco y demasiado tarde. No le había visto ni había oído de él durante meses; sinceramente, yo estaba preparada. Pero Wayne no tiró la toalla.

"Lo único que pido es que dejemos el divorcio a la espera - dijo-; voy a regresar y lo intentaremos de nuevo".

Yo estuve de acuerdo, aunque estaba recelosa de que me volvieran a romper el corazón. Wayne regresó y comenzamos a vernos otra vez. Trabajamos en los problemas que nos habían separado en un principio, y ese otoño de 1990, él regresó a casa. Nuestro matrimonio, con la ayuda de Dios, fue lentamente sanado. Mi esposo hizo algo muy sabio antes de regresar a la casa. Se sentó conmigo para hablar.

"Hemos abierto esa puerta, Debbie, la puerta de la gran D, la puerta del divorcio -me dijo-. Podemos comenzar a tirar de un lado y de otro y permitir que sea una puerta de batiente, o podemos cerrarla para siempre. Nunca más volvamos a mencionar esa palabra. El divorcio no es una opción. Si volvemos a estar juntos, tiene que ser para siempre".

Hicimos ese compromiso, y este año celebramos treinta y ocho años de matrimonio. Aunque hemos tenido nuestros altibajos, como los tienen todos los matrimonios, estoy agradecida por mi esposo: por su calmada fortaleza y su amor. He aprendido que el amor es una decisión, renovable cada día. ¡A veces, cada minuto!

Hay algunas situaciones en que realmente alguien necesita abandonar el matrimonio. Pero hay también otras en que puede usted aprender y crecer, y sobreponerse. Es duro mientras está en mitad de los momentos difíciles, pero después vale la pena. Demasiadas veces tiramos la toalla cuando deberíamos seguir adelante. Comenzamos a pensar en nuestras necesidades y nuestros sentimientos en lugar de mirar el cuadro general. Cuando se hacen los votos nupciales, no es solamente entre dos; es entre tres: esposo, esposa y Dios, el Creador de los dos.

Es muy importante que reguemos y alimentemos nuestro matrimonio. El matrimonio requiere amar cuando no tenemos ganas de amar, hablar cuando no tenemos nada que decir, y escuchar cuando lo único que queremos hacer es decir lo que pensamos.

El Dr. Emerson Eggerichs es el autor de Amor y respeto. Es un libro fabuloso, y recomiendo encarecidamente su lectura. Él proporciona algunas estupendas perspectivas en cuanto a esta relación que llamamos matrimonio. Su teoría es que la mayoría de matrimonios se encuentran a sí mismos en el "círculo loco", y define locura como "hacer las mismas cosas una y otra vez con el mismo mal efecto". Ofrece un estupendo ejemplo de alguien que entra en una habitación, enciende un interruptor de luz, y después de descubrir que la luz no funciona, sigue ahí y continúa pulsando el interruptor a pesar de que nunca logra el resultado deseado. ¿Qué pensaría usted de esa persona? ¿Quizá que está un poco loca? Eso es lo que yo pensaría.

El Dr. Eggerichs compara ese escenario con el modo en que tratamos el matrimonio. Yo hago lo mío, y mi esposo hace lo suyo; yo lo irrito a él, él me irrita a mí, nadie cambia nunca, y el matrimonio se agrieta y comienza a hundirse. Él cita Efesios 5:33: "En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo", y señala que la mayoría de nosotros nos centramos en el amor pero nos olvidamos del respeto. Yo quiero que mi esposo me ame, y cuando él no lo hace, yo no le muestro respeto. Mi esposo quiere respeto, y cuando yo no lo muestro, él no muestra amor. Como dice Eggerichs, es un círculo loco.

A fin de salir del círculo loco, las parejas tienen que entender lo que hombres y mujeres quieren (y, a propósito, con frecuencia queremos cosas diferentes, o las mismas cosas pero en un orden diferente). Es la línea de pensamiento "Marte versus Venus" y, sí, yo creo que a veces somos así de distintos. Nos unimos, pero no puede ser un 50/50. Esposos y esposas necesitan comprometerse el uno con el otro al 100/100.

Por encima de todas las demás relaciones en su vida, asegúrese de dar prioridad a su matrimonio. Dios puede hacer cosas increíbles en su vida y en la vida de su esposo si los dos le permiten obrar. Yo puedo testificar de eso.

--Extracto tomado del libro Entretejidas de Debbie Macomber. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

 

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