La Primera Palabra

¡Tú eres mío!

En unos días estaremos cerrando un año y recibiendo otro nuevo. En esta época, las personas reflexionan sobre las cosas que sucedieron, qué cosas no se lograron hacer, y hacen planes para el año entrante. Cuántos cambios surgieron en este año en lo personal, en el círculo familiar, en la comunidad, en la región, en el país, en el mundo.

En nuestra nación estadounidense se especula que la crisis financiera pudiera comenzar a mejorar. Se debaten nuevas propuestas de reformas de salud e inmigración, entre otras. Nuestra generación está viviendo momentos decisivos en lo referente a la familia, al matrimonio, la paternidad, el aborto y otras áreas que siguen socavando nuestra sociedad. Los baluartes que levantaron esta nación están siendo hoy cuestionados. Nuestros valores éticos y cristianos están siendo atacados por doquiera.

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Pies de gacela

Son los problemas de la vida los que nos ayudarán a desarrollar pies de gacela.

Con tanta incertidumbre que vive nuestro pueblo, en este tiempo que nos ha tocado vivir y donde muchos han perdido la esperanza y hasta se han rendido, es donde la fe en Dios tiene que crecer y fortalecerse. No podemos desmayar ante las tormentas de nuestra vida.

El profeta Habacuc expresa que "aunque la higuera no dé renuevos, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! El Señor omnipotente es mi fuerza; da a mis pies la ligereza de una gacela y me hace caminar por las alturas" (3:17-19 NVI).

Unos 600 años antes de Cristo, pareciera que el hombre de Dios hablaba del tiempo actual en pleno siglo 21. La situación que él describe es como si TODO se hubiera paralizado: me cortaron mi ingreso, me despidieron de mi trabajo, perdí mi casa, mi matrimonio está destruido, mis hijos me han abandonado, estoy enfermo, etc. ¡Todo mi mundo se ha venido abajo!

Sin embargo, aunque todo esta situación parecida estaba pasando alrededor del profeta, él podía regocijarse en el Dios de su salvación. Eso significa que Él es el único que nos puede liberar y nos provee una salida a los problemas que estemos enfrentando. Es muy importante que mantengamos nuestro gozo en el tiempo de la dificultad, porque "el gozo del Señor es nuestra fortaleza" (ver Neh. 8:10).

Lo que la depresión, el desánimo y la desesperación hacen es debilitarnos. Pero...

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Cuando no hay esperanza

Nosotros no vivimos nuestra vida para estar desesperanzados, desanimados o desesperados. Sin embargo, muchas veces nos sentimos así. En lo profundo de nuestra alma, sentimos que la vida nos está haciendo una mala jugada. Nuestro camino está lleno de oscuridad y desaliento. Nuestra fe se ve nublada muchas veces por la duda, y no podemos hacer nada para evitarlo.

Aun hombres poderosos de Dios pasaron por sus momentos de desaliento y desesperanza. Moisés, quien hablaba con Dios cara a cara, pasó por sus momentos difíciles. “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo: es una carga demasiado pesada para mí... te ruego que me des muerte” (Nm. 11:14-15). Elías, conocido como el profeta de fuego, se fue al desierto, y se sentó bajo un árbol de enebro. Le dice a Dios: “Basta ya, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres» (1 R 19:4). David, el dulce cantor de Israel, también expresa: “¿Por qué te abates, alma mía? Y le dice a Dios: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? (Sal. 42).

¿Qué podría traernos tal desesperanza y desaliento? Bueno, una es la salud. Dios nos puso en un cuerpo físico formado del polvo de la tierra. Y la salud tiene mucho que ver en cómo la vida se pinta ante nosotros. Por eso, es necesario que cuidemos de nuestro cuerpo físico.

Otra causa son las heridas que otros producen en nosotros. La gente nos hiere. Mientras más los amamos, más nos pueden destruir. Cada vez que amas a alguien, te abres a las heridas más trágicas de la experiencia humana. ¡Eso es parte de la vida!

Lo otra causa es compararnos nosotros mismos con otros, mirar cómo otros son bendecidos y prosperan. Y entonces decimos toda clase de cosas en contra de nosotros mismos que nos desalientan. El salmista lo expresa en esta forma: “Sentí envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de esos malvados. Ellos no tienen ningún problema; su cuerpo está fuerte y saludable. Libres están de los afanes de todos; no les afectan los infortunios humanos” (Sal. 73:3-5). En otras palabras, ¿Cómo es eso de...

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Alza tu mirada

Es en esa posición de impotencia, abandono o descontrol que alzamos nuestros ojos al cielo.

Cuando éramos niños, en ocasiones, mi padre solía recitar con nosotros el Salmo 121 cada vez que salíamos fuera de nuestra casa. Mientras lo recitaba, venía a mi mente la estampa vívida del lugar montañoso donde vivía. Desde el balcón de mi casa, podía ver los montes adyacentes, con algunas casas y calles. Pero mi vista sólo alcanzaba ver la parte interior de esos montes, no podía ver lo que pasaba al otro lado del monte, o si alguna persona o vehículo se aproximaba, hasta que llegaban al lado donde sí podía ver.

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Un paso de fe

El confiar en Dios es un acto de fe, y Él ha prometido que siempre responderá a la fe.

Si usted me hubiera preguntado 20 años atrás, dónde estaría hoy, la respuesta habría distado mucho de lo que he vivido en este tiempo. Me había fijado unas metas y las estaba logrando. Me estaba graduando de la universidad, y estaba comprometida para casarme con el único novio que había tenido, y del que me había enamorado desde mis quince años (¡pero él no lo sabía!). Ambos fuimos criados en hogares cristianos, formados en la misma iglesia, y ahí estábamos para formar un hogar.

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