Abrace su temporada de cambio

Cuando parezca que todo está perdido y no hay una posible salida ante los problemas que enfrenta, es cuando Dios le está indicando el camino a seguir.

Si quiere levantarse del polvo y las cenizas de la severa desilusión del pasado, o incluso de un problema del presente, entonces debe decidir cuál es el momento para el cambio. No puede simplemente esperar y desear “sentirse” mejor algún día.

He encontrado muy pocas historias donde esto fue así. Teníamos una jovencita en nuestra iglesia que sufría de una profunda depresión. Lo único que había planeado para su futuro era el suicidio. Se hacía daño a sí misma y oraba para morirse. Ella entendía que Dios estaba furioso con ella, entonces pensaba que no valía la pena vivir. Más tarde, me testificó que no estaba segura de cómo Dios la cambió. Reconoció que estar en una buena iglesia con gente que la amaba y la ayudaba era un factor primordial. Pero decía que Dios la había cambiado y que, con el transcurso del tiempo, se había dado cuenta que ya no quería morir. Simplemente se había sentido mejor un día.

Sí, es posible que Dios lo cambie para que un día simplemente se sienta mejor. Realmente, Él lo hace por todos nosotros mientras nos ayuda a ver la vida a través de sus ojos. Aún esta joven tenía que tomar algunas decisiones. Debía permanecer con la gente que la amaba,—su familia y una buena iglesia—aunque pudo haberse alejado de ellos. Así que aunque Dios la había cambiado, ella jugaba un papel en su propia sanidad. Dio un paso hacia su temporada de cambio. El camino hacia el cambio requiere que usted camine hacia él.

Usted será quien decida cuándo quiere cambiar y salir. Usted tendrá que resolver cuándo desea dejar de sentir resentimiento sobre su crianza o desilusión sobre una oración que aparentemente no fue respondida.

El bebé que no sobrevivió

En el verano del año 2000, una pareja de nuestra iglesia estaba esperando a su primer hijo. Son personas que sirvieron al Señor con lealtad durante muchos años, que están comprometidas con la iglesia y que trabajan arduamente para el Reino del Señor. Entonces, en las primeras horas de una mañana de julio recibimos una llamada anunciándonos que ella había dado a luz, pero que no le habían encontrado los latidos del corazón al bebé. Se hicieron intentos desesperados por resucitar al pequeño, pero no pudieron salvarlo. Corrimos al hospital, haciendo todo lo que sabemos hacer en cuanto a la oración, sin obtener nada. El bebé no vivió.

Todavía puedo ver con claridad la sala del hospital como si hubiera sido ayer. Cuando entramos a la habitación, recuerdo haberlos visto sentados, cargando a su niño sin vida. Nuestros corazones estaban destrozados. Sus gloriosas vidas cristianas se habían dado vuelta y se habían hecho pedazos por esta tragedia inesperada.

Los días que siguieron nos pusieron a prueba a todos, más allá de toda medida. Pusieron a prueba nuestras creencias, nuestros valores y nuestras actitudes. Como sus pastores, mi esposo y yo cuestionamos nuestras habilidades de liderazgo. ¿Dejamos a las personas sin preparar? ¿No les enseñamos una buena doctrina o incluso no los ayudamos a atravesar esto de la mejor manera posible? Incluso nos hallamos preguntándonos si realmente teníamos alguna unción o poder en cuanto a milagros. Esta familia, que también eran nuestros amigos, se encontraba con sus propias mentes dándoles vueltas con dudas y preguntas. ¿Dónde estaba Dios, a quién amábamos tanto, y cómo podía permitir que pasara esto? La esposa intentó aferrarse a los versículos de las Escrituras que utilizaron tantas veces anteriormente para otras situaciones. Durante un tiempo breve pareció ayudarlos, pero dentro de sí había un gran dolor. Por supuesto, como es típico de su carácter, el diablo y sus demonios también estaban allí para susurrar, mentir y provocar nuestros oídos.

Esta preciosa dama que había perdido a su hijo se ofendió profundamente con Dios. Ella decía: “Señor, yo vivía bien, haciendo todas las cosas correctamente. ¿Cómo permitiste que le pasara esto a nuestro hijo?”.

Encadenada por la angustia, permaneció en un lugar oscuro durante los dos años siguientes. Se imaginaba cómo podía ingresar a su auto y matarse en un accidente. Comenzó a odiar a su esposo y a la iglesia, y quería huir de todo eso. Las personas trataban de acercarse a ella y a su marido. La abrazaban y la amaban lo mejor que podían. Nunca se rindieron. Eso es lo que usted debe amar de las personas de Dios. Podemos tener nuestros defectos, pero cuando uno se involucra con una buena iglesia, esas personas están ahí mismo para empujarlo a la victoria y para amarlo durante sus peores pruebas.

El esposo de esta mujer la instó a ir a la iglesia y no le permitió abandonarse. La llevaba a todos los servicios, incluso cuando parecía que remolcaba a una zombi. Sus ojos eran oscuros y su rostro era frío como una piedra. Ella sólo se quedaba sentada mientras que el resto de la congregación adoraba a Dios.

¡Alabado sea Dios por la determinación de su esposo! Este hombre siempre cantaba con el equipo de adoración, y semana tras semana yo solía preguntarme qué sucedía dentro de su mente mientras la veía sentada allá desde el púlpito. Ella se cerraba ante todo el que la rodeaba, y parecía no importarle qué pensaba o hacía la gente. Esto sucedió mes tras mes, y sentimos de cerca esa desgracia.

Estas son las situaciones en las que la vida se vuelve real. Todo lo que usted cree y defiende ha sido invadido, y tiene que decidir a dónde se dirige desde dónde está. Las emociones pueden ser tan fuertes que se torna físicamente enfermo por ellas. Lo que ella originalmente vio a través de su catástrofe era como una herida que era inconquistable. Finalmente un día su esposo le dijo: “Ha llegado el momento de cantar nuevamente”.

Ella luego me dijo: “Eso era lo último que quería hacer, pero lentamente comencé a intentar cantar”. Hubo momentos que mi esposo y yo le ministramos como sus pastores y le dimos palabra del Señor, aunque no estábamos seguros si la ayudaba. No lo sabía en ese momento, pero más tarde ella dijo: “Pastora Brenda, comencé a hacer las cosas que el Señor me dijo en esas profecías. Usted me dijo que afirmara en mí el saber que ‘todo está bien con mi alma’, como dice el viejo himno. Era muy difícil seguir todo lo que usted me decía, pero decidí intentarlo”. Me dijo que fueron esos pasos muy básicos del canto, de agradecerle a Dios y de permanecer en la iglesia lo que la hizo cambiar. Esas cosas no solucionaron nada de forma inmediata, pero dio pasos hacia su momento de cambio. Esas simples decisiones la llevaron de nuevo hacia Dios hasta que se dio cuenta de que no tenía otra opción que confiar en Jesús nuevamente, y decidió que había llegado su día de cambio.

Hoy día, es una de las guerreras de oración más resueltas de nuestro ministerio. Nada se interpone en su camino. Le digo la verdad, ¡el infierno teme verla acercarse! Si necesita una sanidad, ella está resuelta a que usted se sane. Si necesita una oración, obtendrá de ella una explosión del cuarto del trono. Luce tan hermosa, su rostro brilla con la gloria de Dios, y hoy le diría: “No necesita a Dios para que le dé todas las respuestas, sólo necesita amar a Dios sin condiciones. Si avanza hacia Él, sin importar cuán duro sea, Él le mostrará que siempre es bueno, y que sus promesas son siempre verdaderas”.

Cuando su vida se hizo pedazos, esta mujer pudo haber elegido permanecer donde estaba, pero eligió creer en el Señor. Sí, ella escogió su temporada de cambio.

Voy a ver al rey

Nehemías también tuvo que tomar su propia decisión para el cambio. Cuando recibió el mal informe de sus amigos acerca de su hogar, no pudo vivir el resto de su vida sufriendo por el dolor que esto le causaba. Sí, el dolor era real, se habían perdido y destruido lugares y cosas de sus recuerdos, y se habían robado su herencia, pero no podía dar marcha atrás. Tenía que hacer algo de inmediato. Así que decidió ir a ver al rey (Nehemías 2:1-8). ¡Fue directamente a pedirle ayuda al rey!

Desde un punto de vista realista, Nehemías no tenía ninguna garantía de que algo bueno pudiera ocurrir al visitar al rey con respecto a su problema. Después de todo, el rey de entonces era Artajerjes, un gobernante babilónico. Podía enfrentarse a un oído indiferente y no relacionarse con la tragedia del corazón de Nehemías.

Usted podría estar diciendo: “Está bien, nadie comprende por lo que estoy atravesando. ¡Nadie ha experimentado la magnitud de mi problema!”. Uno de los mayores engaños del diablo es hacerle creer que usted está totalmente solo y que nadie lo comprende. Pero nada está más lejos de la verdad. Y esa mentira hace que la gente abandone a su familia, a sus amigos y a sus iglesias, abortando así todo su destino con Dios. Las personas se escapan porque piensan que a nadie le importa ni pueden tener afinidad con su problema. Algo que hago cuando me siento deprimida por alguna dificultad de mi vida es recordarme que mucha gente ha pasado por cosas mucho peores. Me ayuda a ver que esta situación es conquistable. Recuerde, la vida de todos ha pasado por momentos en que ha sido hecha pedazos. Por cierto, su situación puede estar compuesta por elementos únicos, pero esté seguro de que no está solo. Tal vez en este preciso momento no está en contacto cercano con alguien que lo comprenda por completo, pero sepa que alguien allí afuera sabe exactamente qué está enfrentando.

Cuando se sienta solo en su tarea de levantarse, comience por recordar a Jesús. Si Nehemías pudo responder a sus trágicos eventos yendo a ver al rey, nosotros debemos responder a cada prueba de nuestras vidas acudiendo a nuestro Rey: Jesús. La Biblia dice que no hay ninguna cosa que podamos experimentar que Él no pueda relacionar con el dolor: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15–16).

No obstante, tomando una revelación más esclarecedora de esta escritura, vemos que Jesús experimentó todo lo que nosotros experimentamos. Analicemos parte de lo que Jesús sufrió, porque, si no somos cuidadosos, lo olvidamos.

Jesús sufrió la pérdida de un ser querido, su amado primo, Juan el Bautista (Mateo 14:1-13). También atravesó la traición de un amigo llamado Judas (Marcos 3:19). Ese mismo amigo le robó dinero (Juan 12:6). Enfrentó a las autoridades fiscales de Jerusalén y se le requirió que pagara los impuestos (Mateo 17:24-27). Fue desacreditado por su familia y amigos como insano (Marcos 3:21). Fue tratado como impostor por la iglesia de la época, llamada la sinagoga (Lucas 4:28-29). Conocía el significado de estar solo y tentado a pecar durante cuarenta días seguidos durante un período en el que estaba debilitado por el hambre (Mateo 4:2-11).

Si no basta con lo que experimentó durante 33 años en la Tierra, cuando comenzó el proceso de crucifixión también fue torturado y maltratado. Fue golpeado tan severamente antes de ir a la cruz que casi no se lo podía reconocer como ser humano. Esto demuestra que Jesús sabe qué es sentirse degradado. Entonces, no sólo pudo superar sus pruebas, sino que también permitió cargar con nuestras cosas.

Siéntase seguro, Jesús sabe con qué cosas ha luchado en la vida y sabe cómo sacarlo de ello. Él le enseñará cómo hacerlo como lo hizo Él: Por medio de la fe y la unción de Dios. Él quiere sacarlo del cautiverio de Babilonia, pero quiere que mantenga el gozo y que lo deje acompañarlo a través del proceso, llevándolo a un lugar nuevo de Sion. Créame, habiendo pasado por todo eso, Él sabe exactamente qué está haciendo. Sólo debemos creerle.

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14–16).

Este pasaje nos dice que Jesús comprende su problema y que usted puede ir con valentía a su trono de rey. En otras palabras, vaya con confianza al cuarto del rey y espere que Él oiga y se relacione con usted. No vaya a quejarse, sino que vaya como Nehemías cuando fue esperando un milagro. Incluso si lo que está atravesando hoy día lo tiene atascado sobre cómo debe orar, vaya valientemente y hable con el Señor sobre eso, no en forma descortés, sino con seguridad.

“Acerquémonos con corazón sincero (honesto), en plena certidumbre de fe (por aquella inclinación de la personalidad humana acerca de Dios en confiar absolutamente en su poder, sabiduría, y bondad)...” (Hebreos 10:22). Cuando se encuentre en problemas, no huya de Dios, ¡corra hacia Él! Él sabe por lo que usted está pasando y sintiendo. ¡Vaya a su Rey y observe qué puede hacer por usted!

En resumen, si quiere dejar atrás cualquier prueba o problema que lo está perturbando, entonces debe decidir su momento de cambio y estar dispuesto a defenderlo hasta que llegue. Ha llegado el momento de sacudirse el polvo y decir: “¡Basta ya! Hoy es mi momento de cambio”.


Brenda Kunneman es escritora, maestra y cofundadora de One Voice Ministries. Junto a su esposo, Hank, pastorea la iglesia Lord of Hosts en Omaha, Nebraska. Este artículo se obtuvo de su libro Cuando su vida está hecha pedazos. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.


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