El corazón misionero

¿Qué impulsa a un siervo de Dios a abandonar su contorno para ir a servir a desconocidos? El amor de Dios. La pasión por las almas.
"Pude ver las figuras de personas entre las llamas. Los gritos de las almas condenadas eran ensordecedores e incesantes. No había ningún lugar seguro, ningún momento seguro, ningún alivio temporal de ninguna clase. En medio del pánico y el ruido, me esforcé para ordenar mis pensa­mientos. ¡Estoy en el infierno! ¡Este es un lugar real, y estoy en realidad aquí!”, esta es una mínima parte del relato del autor Bill Wiese en su libro 23 minutos en el infierno. ¡Qué horror! ¿verdad? Más horrible es pensar que ahí es a donde van a parar los que no lo conocen...

¿Qué conmueve el corazón de Dios? Que su creación se pierda en una eternidad donde no existe ni una vislumbre de su presencia.

¿Qué conmueve el corazón de un misionero? El corazón de Dios. El misionero vive del retumbar de estas palabras: No puedo dejar que se pierda; lo dejo todo—incluso mi vida—con tal que al menos tengas la oportunidad de escuchar su nombre.

En este artículo, presentaremos algunos misioneros hispanos que han entregado su vida para servir en los rincones de la Tierra que la sociedad ha desechado. Son lugares donde antes poblaciones enteras se perdían porque ¿y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14) ¡Ah! mas ¡cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian las buenas nuevas! (Romanos 10:15). De esos hermosos pies, hablaremos.

Si alguna vez ha escuchado a un misionero, quizás le ha sucedido como a mí, que a veces pienso que están hechos de una piel especial y que la pasión que los impulsa es tan extrao­r­dinaria que parece fuera de este mundo. Al oír sus historias, es inevitable cuestionarse: “¿Y qué estoy haciendo para alcanzar a los perdidos?”. Claro que a veces nos concentramos en aquellos que llegan a lugares recónditos como la llamada Ventana 10/40, la misma que se extiende desde el oeste de África al este de Asia o desde el grado diez hasta el cuarenta, al norte del Ecuador (en este espacio geográfico se encuentran los grupos más grandes de musulmanes, budistas e hindúes), pero entiendo que también se puede ser un tipo de misionero con el vecino, el familiar y el compañero de trabajo que tampoco ha escuchado el nombre de Jesús. Mas para este reportaje, Vida Cristiana tuvo la oportunidad de entrevistar a cinco misioneros hispanos que sirven en el extranjero. Conoceremos parte de sus historias y aprenderemos más a fondo en qué consiste el corazón de un misionero.

Soñar los sueños de Dios

Eliot Ocasio sabía lo que iba a hacer con su vida. Estaba estudiando en la Fundación Hermanos Lanauze, que por más de tres décadas realiza trabajo misionero en Centro, Norte y Sur América, en su natal Puerto Rico, ya que se estaba preparando para aventurarse al campo misionero. Mientras tanto, Johanna tenía la seguridad de vivir con sus padres, la comodidad de tener su propio auto y --a sus apenas 20 años de edad-- ya era pastora; es decir, que todo en su vida estaba en "orden" y debidamente planificado. Al menos, así pensaba.
Una de las asignaciones que Eliot tenía que hacer como parte de sus estudios, era organizar un evento evangelístico. Así es que planificó la primera Cruzada Navideña en 1997 en zonas indígenas de Venezuela. La Iglesia Faro de Salvación en Ponce, PR, la cual Johanna pastoreaba, fue invitada a participar de dicho viaje. Ella ya había hecho viajes misioneros cortos a República Dominicana y Nicaragua, por lo que se sintió atraída a la idea de evangelizar indígenas. Johanna y su papá viajaron a Venezuela y el resto es historia. En octubre de 1998, Dios unió a los ponceños Eliot y Johanna en matrimonio. Ahí, comenzó la aventura de dos jóvenes que, como bien explicaron, se atrevieron a soñar los sueños de Dios. Ella dejó sus comodidades y las cambió por una vida sin servicio de agua potable ni electricidad, de dormir a la intemperie, de cocinar con leña y bañarse en el río. Ambos cuentan que el pronóstico de la gente no era el más esperanzador. "No fue fácil, porque yo puse la renuncia a la iglesia y la gente decía: pero, ¿cómo es posible que se van a vivir por fe?. Sin embargo, al escuchar la voz de Dios, emprendimos en el ministerio completamente por fe, creyéndole al Señor", manifestó Johanna, de 38 años de edad. "Nos unimos en matrimonio e hicimos un pacto con Dios de entregar todas nuestras fuerzas, talentos y vidas a la obra misionera", añadió Eliot, de 40 años edad.

Eliot y Johanna Ocasio llegaron a la conclusión de que lo que conmueve el corazón de Dios son los niños, las familias humildes, los lugares donde la gente preparada no llega. Con ese sueño de alcanzar a los inalcanzados, fundaron la Fundación Misión Misericordia (FMM). FMM lleva una década ofreciendo trabajo social y evangelístico en la Sierra del Perijá en el estado de Zulia, en el noroeste de Venezuela. Allí en la frontera con Colombia donde circula la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), sin temores, pero bien abastecidos de fe, han construido iglesias, escuelas cristianas, regalan alimento diariamente, obsequian materiales escolares, dan servicios médicos, pagan los salarios de los maestros y proveen todo tipo de ayuda social. A raíz de sus acciones, cientos de niños y adultos le han entregado su corazón a Cristo.
Una de las anécdotas que tocó el corazón de Eliot y Johanna, fue ver cómo una madre indígena manejaba la problemática del hambre. La mujer tenía agua hirviendo en una olla. Le preguntaron qué hacía, y ella les dijo que cuando los niños veían el que se calentaba agua, se ponían muy contentos con la idea de que ese día comerían. La realidad era que no había comida. Ella dejaba que el tiempo pasara hasta que los niños cayeran rendidos por el sueño. En verdad, con lo único que se acostaban era con la ilusión de haber comido. Esto inspiró a los Ocasio a fundar uno de sus peculiares ministerios, el Ministerio del Sopón. "Ese ha sido el más hermoso, porque son unas ollas increíblemente gigantes donde hacemos sopa con pollo, carne, en fin, de todo. No hay que anunciarlo. Ellos perciben desde la distancia que se está haciendo y vienen con platos, cucharas y potes que se encuentran en el camino. Las colas son interminables. Ha sido un ministerio hermoso", manifestó Eliot sonriente. También cuentan con el Ministerio de la Vaca Lechera, el de la Hamaca y otros igual de singulares.
Dios ha sido fiel con Eliot y Johanna, pues aseguran que nunca les ha faltado provisión y hasta les ha enviado obreros que los han ayudado a través de los años. Hoy día, cuentan con 22 a tiempo completo, 3 puertorriqueños y 19 venezolanos. La clave es que son personas con un amor inmenso por el prójimo, y están dispuestas a ayudar en lo que haga falta. "Porque a veces creemos que hacer misiones es pararnos en un púlpito y predicar y ya. No; en misiones, tú usas completamente tu vida, y se tiene que hacer de todo. Yo tengo que hacer de hasta de médico", compartió Johanna. "Hemos descubierto que una de las maneras más efectivas de predicar a Cristo es a través de las manos, curando las llagas, limpiando las lágrimas. Cuando una abraza a los bebés y los baña, ellos miran. Un misionero es amar la justicia, tener misericordia y ser apasionado", añadió Eliot.
Para Eliot y Johanna, no todo ha sido fácil. Han tenido encuentros con la guerrilla, con ciertos monjes católicos que han querido expulsarlos de la zona, aparte de peligros naturales como enfermedades y culebras venenosas, pero nada de eso los detiene porque, al fin y al cabo, descubrieron que sus sueños y los de Dios se hicieron uno. Su corazón está allí, y los planes no se detienen. Incluso, también auspician obras en otros países como Ecuador, Haití y África, entre otros.
Para concluir, Eliot manifestó: "Lo peor de la pobreza no es la guerra, ni el hambre, ni la enfermedad. Entendemos que lo peor es la indiferencia, aquellos que pueden marcar la indiferencia y no lo hacen". Este es un sentir común entre todos los misioneros que entrevistamos, pues aseguran que todos los hijos de Dios somos llamados a alcanzar almas. Incluso, hubo un misionero anónimo que dijo: "He sido misionero por años y nunca fui llamado... Fui ordenado como a todos ustedes".

Llamado a los 10 años
Al Rev. Iván Clemente, de 39 años y natural de San Juan, PR, Dios lo llamó a predicar desde su conversión a los 10 años de edad. "Yo predicaba, pero sentía que me faltaba algo. Dios me llamaba a hacer algo más, y es cuando decido salir al campo misionero", expresó el Rev. Clemente. Los primeros países que visitó fueron República Dominicana y Haití, y ahí comprendió que las misiones nacen del mismo corazón de Dios. "En las misiones, se hace patente el Evangelio en todo su rigor, pues no sólo se predica, hay que alimentar, suplir techo, ropa, compartir conocimiento y establecer estrategias para que perdure lo realizado con un buen discipulado", añadió el fundador del ministerio Jesucristo para las Naciones Internacional, que lleva 27 años sirviendo en el campo misionero. El Rev. Clemente explicó que ayudan a levantar viviendas para indígenas en la selva del Amazonas y personas de bajos recursos en países como El Salvador, Colombia, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Cuba, Ecuador, México y muchos más. Han levantado escuelas, llevado alimentos, materiales escolares y sostienen misioneros. Además, sirven como intermediarios entre agencias misioneras internacionales para facilitar el movimiento de ayuda misionera por el mundo.
Con gran carisma y entusiasmo, el Rev. Clemente manifestó: "En el campo misionero, la norma no es sufrir, pero sí es dar el máximo con pocos o ningún recurso. Luego de pernoctar hasta tres meses consecutivos en la selva amazónica, en lugares no muy hospitalarios y donde no todos están dispuestos a invertir su tiempo, me siento feliz, dichoso, pero más me siento deudor. Todavía no he hecho todo lo que desearía para mi Jesucristo".
Le pedimos que compartiera una anécdota de sus múltiples viajes. Le contó a Vida Cristiana que en uno de sus viajes al Amazonas, le advirtieron que otras tribus impulsadas por sus brujos iban a atacar la comunidad indígena en la que se encontraba. "Esa noche fue más oscura que ninguna otra", confesó. Relató que el temor se había apoderado hasta de los misioneros allí establecidos. "Oraba en mi churuata (casa indígena de barro), pidiéndole a Dios su intervención. Su orden fue: ‘Toma a todos los niños de la tribu y llévalos contigo al centro de la comunidad, juntos oren y alaben mi nombre'. Así hicimos."
Dijo que mientras los niños y él oraban, un chico salió de su lugar y le dijo: "Pastor... Veo un hombre grande vestido de blanco con una lanza en su mano". Luego, una niña se le acercó y le dijo al oído: "Pude ver varios hombres muy altos con ropas blancas, en posición de guerra con lanzas en sus manos". Por último, otro niño le dijo: "Toda nuestra tribu está rodeada de muchos hombres muy altos vestidos de blanco y con lanzas de oro en sus manos y en posición de guerra".
En ese momento, le preguntó a Dios por qué no había visto nada, a lo que el Señor le respondió: "El testimonio es para los indígenas, levántense y vayan a dormir".
"Al día siguiente, nos llegaban noticias de otras partes de la selva donde se comentaba que grandes guerreros con vestiduras blancas nos protegieron de los indígenas que habían planificado atacarnos. Esto confirma que Él tiene ángeles guerreros protectores al servicio de sus hijos."
Al preguntarle qué es lo más que disfruta de ser misionero, manifestó que es poder suplir las necesidades, ya que puede ver la provisión de Dios siempre a tiempo. "Aunque hemos estado en peligros reales, donde no he sabido cómo hemos escapado a la muerte, podemos declarar que Dios es real. Es satisfactorio que esas vidas den testimonio y reciban a mi Jesucristo como su único y exclusivo Salvador. Puedo ver que sin importar al país que vayamos o lengua que no entendamos, la obra y voluntad de Dios se lleva a cabo en todo lugar."
Por otro lado, señaló que de todos los ministerios, el campo misionero es uno de los menos comprendidos, ya que muchos dicen que no han sido llamados a eso. "La Palabra establece que se predique el Evangelio del Reino a toda criatura, y es una responsabilidad de todo creyente cumplir con este mandato. Sería terrible que un hijo de Dios muera sin compartir esta Verdad y sin hacer nada para que otros también puedan ser hijos", manifestó el Rev. Clemente, quien también asegura que sólo la muerte podrá negarle que alcance a alguien para Jesús.
El llamado que le hace a la Iglesia es que recuerden que "no son paredes ni estructuras perecederas, sino personas comprometidas con la Cruz del Evangelio de Jesucristo".

Nunca es tarde
Para el matrimonio de puertorriqueños David y Dialis Romero, de 66 y 63 años de edad respectivamente, el llamado al campo misionero se cumplió cuando ya sus dos hijos estaban adultos y encaminados. David fue a Honduras a ayudar a las víctimas de huracán Mitch que había azotado el país el 26 de octubre de 1998. Allí, sintió un fuerte deseo de quedarse. La necesidad era vasta y pocos los obreros. Dialis cuenta que en un principio, no estuvo de acuerdo hasta que Dios le dio una visión. Vio muchos corderitos extraviados corriendo de un lado a otro; ahí supo que se trataba de niños, y sintió un fuerte dolor y gemido por la niñez hondureña. Tras vender su casa y sus pertenencias, en julio de 2000 se mudaron a Honduras desde Florida, EE.UU.
Fundaron el Proyecto Alcance, cuya visión es ministrarle a los niños necesitados y darles una oportunidad para cambiar su vida. Hoy día, cuentan con las escuelas de enseñanza secular y bíblica: Primeros Pasitos y Las Pisadas del Maestro. Además, fundaron el Hogar Refugio de Ovejitas que, al momento de ir a prensa, contaba con 19 niños huérfanos o que han sido abusados. También han bendecido a 43 familias con terrenos y a algunos hasta les han construidos sus casas. "Dios ha sido muy especial con nosotros. Las puertas que ha abierto, han sido gigantescas, considerando que somos un ministerio de fe, confiando totalmente en nuestro Señor, quien nos llamó a este lugar", manifestó Dialis.
Asimismo, señaló que lo más que disfruta de ser misionera es saber que han respondido al llamado de Dios y que están cumpliendo su voluntad, lo que supera la tristeza de estar alejados de sus hijos y nietos que residen en EE.UU.
En cuanto a los riesgos que afrontan, están los encuentros con pandilleros, allá los llaman marreros, pero la Sra. Romero asegura que la mano de Dios siempre ha estado protegiéndolos poderosamente. No piensan retirarse. "A la verdad que nos hemos maravillado de las fuerzas y la salud que sentimos a nuestra edad, Dios nos tiene de pie. Todavía nos queda trabajo por delante. Tal vez Dios levante un Josué, pero continuamos trabajando hasta que Dios diga", compartió Dialis, quien asegura que lo que la motiva a ella y su esposo a ser misioneros es el amor perfecto de Dios y el anhelo de hacer algo por la causa.
Ella exhorta a la Iglesia a que envíe personas para que tengan una experiencia misionera, ya que sólo así podrán ver con sus propios ojos las necesidades que hay. También pide que la ayuda que se envíe a los misioneros sea continua. "El problema que tenemos los misioneros es que algunos comienzan a apoyar y no continúan."

Las tres oes
Según le comentó a Vida Cristiana Raúl Morales Jr., de Forerunner Missions, un ministerio con base en Sanford, FL, que organiza viajes misioneros a corto plazo para iglesias, "todos podemos traer cambio, apoyando con dinero, oración y enviando obreros al campo". Esto lo redujimos a las tres oes: oración, ofrenda y obreros.
La oración es esencial para los misioneros; saber que hay personas que interceden por ellos se asemeja al alimento que les da fortaleza y los sostiene. Muchas veces, se escucha de misioneros que salen bajo la "cobertura" de alguna iglesia o ministerio y esto, aparte de supervisión y sustento económico, en gran medida se refiere, o al menos así debe ser, a que quienes los envían, se comprometen a orar por ellos.
Con la ofrenda, nos referimos a la ayuda económica que necesitan los misioneros para ejercer las múltiples tareas que tienen por delante, así como para satisfacer sus necesidades básicas. "Si cada iglesia se dedicara a apoyar las misiones, muchos no tendrían que tomar 2 y 3 meses cada año para levantar fondos. Muchos misioneros que conozco viven mes por mes, dependiendo de la entrada que tengan", añadió Morales, de 35 años de edad, 15 de ellos de experiencia en las misiones que los han llevado a sobre 30 naciones en sus más de 70 viajes.
La tercera "o", la cual es tan importante como las demás, son los obreros. Si nadie va, nunca escucharán las buenas nuevas, y, si no escuchan, nunca se salvarán. Por eso, Jesús dijo al ver las multitudes desamparadas, y valga la redundancia, ya que esto es algo que hemos escuchado una y otra vez, pero jamás dejará de ser relevante: "A la verdad que la mies (siega) es mucha, mas los obreros pocos" (Mateo 9:37). Él mismo exhortó: "Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a sus mies" (v.38).
Existen muchas lecciones que aprenden los misioneros. Aprenden a confiar y vivir por fe, a reconocer la fidelidad de Dios que siempre los sostiene, a oír las necesidades y a buscar maneras creativas de satisfacerlas. Además, aprenden a ministrar según el trasfondo cultural y la situación política y social del país donde se encuentran, sin dejar a un lado la convicción de que la unción deshace el yugo.
Imagínese un abismo. Ahora, visualice dos extremidades de tierra entremedio de ese vacío. En un extremo, están los pueblos no creyentes, en el otro está Jesús. Lo único que hace falta para unir los extremos es un puente. De distintos rincones de la Tierra, algunos de países hispanos, van llegando trabajadores que aunque no se conocen cada uno, dicen lo mismo: "Jesús, envíame a mí, quiero construir tu puente". De repente y de la nada, sale una voz, quizás de su misma congregación, que le grita: "¿Y para qué?". Entonces, en tono apacible y firme, el trabajador contesta: "Porque hubo un día en que un desconocido me mostró la senda de la vida y arriesgó su vida con tal que yo tuviera la oportunidad de cruzar un puente similar. Desde entonces, le he estado pidiendo a Dios que me permita agradecerle por tanto amor, y acaba de darme la oportunidad". A la voz la calló la fe.
Esos trabajadores son los misioneros. ¡Podemos aprender tanto de ellos! Apoyarlos no es un reto, es un llamado. ¿Cuántos puentes construiremos juntos hoy?

 

Artículo tomado de Vida Cristiana, edición agosto-octubre de 2008.

 

 

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