Recompensa total

Seremos recompensados por honrar a nuestros superiores, nuestros compañeros y a quienes están bajo nuestro cuidado.

Al principio de su ministerio, Jesús entró en Capernaúm y, de inmediato, se encontró con un centurión que le rogó que sanara a su siervo paralítico, que estaba terriblemente atormentado. Jesús estuvo de acuerdo: "Yo iré y le sanaré” (Mateo 8:7).

El centurión respondió: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo" (v. 8, énfasis del autor). Un momento, ¿"no soy digno"? ¡Es el conquistador quien está hablando a uno de los conquistados! Roma ocupaba la nación de Israel. Por tanto, ¿por qué le diría eso un oficial romano a un carpintero judío? Sería como si un coronel de los Marines de los Estados Unidos le dijera a un plomero iraquí: "No soy digno de entrar en tu casa". ¿Ve cómo ese hombre honra a Jesús? El oficial romano sabe quién es realmente aquel carpintero; trata a Jesús como a alguien muy importante y le rinde el debido respeto. El guerrero sigue explicando: "Solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace" (vv. 8-9).

En primer lugar, hablemos de la posición o rango del oficial. Había seis mil soldados en una legión romana y un comandante sobre la legión entera. Dentro de la legión, había setenta centuriones que informaban al comandante, y cada centurión tenía bajo su autoridad a cien soldados.

Él le explica a Jesús cómo y por qué lo que le había pedido funcionaría; él tenía el respeto y la obediencia de sus soldados, porque honraba a su comandante al someterse a su autoridad. Él disfrutaba del respaldo de su oficial superior, quien, a su vez, era respaldado por la autoridad de Roma. Para simplificar, podríamos decir: "Yo tengo autoridad porque honro a mi país y a mis superiores respetando su autoridad. Por tanto, lo único que tengo que hacer es pronunciar una palabra y quienes están bajo mi autoridad responden de inmediato a mis instrucciones".

Observemos su prefacio: "Porque yo también". Él reconoció la autoridad de Dios sobre Jesús; por tanto, ese oficial sabía que Jesús ejercía autoridad en la esfera espiritual invisible, al igual que él tenía autoridad en el mundo militar. Por eso él entendió que lo único necesario era una sencilla orden, y la enfermedad tendría que obedecer. En su mente, no era diferente al modo en que quienes estaban bajo su autoridad respondían a sus órdenes. Veamos la respuesta de Jesús. "Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe". (v. 10)

¿Lo ve? ¡Jesús anuncia que aquel oficial romano tenía más fe que Juan el Bautista! Piénselo. Juan el Bautista era de la casa de Israel. Profundicemos un poco más; este oficial tenía más fe que María, la madre de Jesús. Jesús declaró que su fe era la más grande que Él había encontrado durante sus más de treinta años en Israel... y Jesús nunca exageraba. Un ciudadano y oficial romano de las fuerzas armadas que ocupaban Israel, gana el premio.

Yo soy una persona de fe, y espero que usted también lo sea, porque sin fe es imposible agradar a Dios (ver Hebreos 11:6). Como registra la Escritura: "La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios" (Romanos 10:17). Yo estaría dispuesto a apostar que Juan el Bautista oyó muchos más pasajes bíblicos que aquel oficial romano y, sin embargo, ese oficial tenía más fe. También supondría que María, la madre de Jesús, los doce discípulos, y los muchos otros en Israel con quienes Jesús se encontró, también habían oído mucho más de la Palabra de Dios que aquel oficial romano y, sin embargo, él tenía más fe que cualquiera de ellos. ¿Qué hacía que su fe fuera tan grande? Era la unión de la honra que le demostró a Jesús y su entendimiento de la autoridad (Lucas 17:5-10 muestra que no es sólo oír la Palabra de Dios lo que produce fe, sino que debe ser suplementada con honra y sometimiento a la autoridad).

Este hombre recibió su recompensa completa, porque rindió honra y entendió la autoridad. Su consideración por la autoridad revelaba un fundamento de respeto en su corazón. La raíz de su motivación era la honra.

Una mujer a quien no se le negaría

En el capítulo siete de Marcos, encontramos a una mujer griega que acude a Jesús en busca de ayuda. Ella siguió pidiéndole que librara a su hija de un demonio. Esto da a entender que Jesús no fue receptivo a su primera petición, o a la segunda, y posiblemente a muchas otras peticiones; es bastante probable que ni siquiera la mirase. Pero ella siguió pidiendo; ella no se desanimó, y, finalmente, obtiene una respuesta: "Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos" (v. 27).

Muy bien, puede usted partir el pastel como quiera, pero el resultado es el mismo... ¡Jesús la llama perrillo! Ella podría haber gritado: "¡Cómo! ¿Me está llamado perrillo? ¿Qué tipo de ministro es usted? Qué atrevimiento de su parte insultarme de esa manera. Vine buscando ayuda, ¿y este es el trato que recibo? Porque yo soy griega y usted es judío, ¡cree que tiene derecho a llamarme perrillo! Esto es un ultraje. Usted aquí sentado con sus hombres e ignora a una mujer necesitada que está pidiendo por su hija. ¿Dónde está ese amor del que usted predica?".

Ella se habría ido furiosa y su hija no habría sido sanada; se habría ido sin ninguna recompensa. Sin embargo, esta mujer no se comportó de ese modo; por el contrario, respondió a la inferencia de Él y se situó para obtener una recompensa: "Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija" (vv. 28-29).

Casi puedo ver a Jesús sonreír y menear su cabeza a la vez que admiraba la fe de aquella mujer gentil. ¿Cómo podía negárselo? Le dice que el demonio que había atormentado a su hija se había ido, ¡y la madre regresa a su casa para encontrar a su hija completamente liberada! Imagínese la alegría.

Si ella hubiera sido pasiva, o se hubiera ofendido con facilidad, habría perdido cualquier esperanza de recompensa. Ella sabía quién era Jesús y le honró persistentemente, primero con su tenacidad y luego por no insultar o irse aun cuando parecía que ella era insultada o deshonrada. Por su determinación, ella recibió una recompensa completa.

Es interesante observar que estos dos ejemplos de increíble fe eran personas gentiles, que caminaban fuera del pacto de Abraham. Ellos sencillamente entendieron principios que con demasiada frecuencia están perdidos hoy día... fluyó honra en medio de su desesperación, y ambos recibieron una recompensa completa.

El principio de la honra

Cuando repasa los Evangelios, puede encontrar a otros que recibieron recompensas parciales, completas o ninguna recompensa. Para algunos, hay una clara carencia de la honra debida; para otros hay una cordial o abundante honra; y aún para otros hay una deshonra manifiesta cuando se acercan a Jesús. Si la honra no es inmediatamente aparente en los pasajes, el patrón del principio sigue permaneciendo; es una ley espiritual, porque Dios dice: "Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco"(1 Samuel 2:30).

La honra es una clave esencial para recibir la recompensa del cielo. Me gusta referirme al versículo anterior como "el principio de la honra". Quienes honran a Dios serán honrados. Sencillamente así funciona. Todos los que honraron a Jesús recibieron de Dios en la proporción en que se rindió la honra. Piénselo... no solamente un siervo y una hija fueron sanados, ¡sino que actualmente seguimos celebrando sus elecciones y su fe!

Este principio se destaca particularmente justo antes de la Pasión. Jesús estaba en casa de Simón el leproso en Betania. Cuando se reclina en la mesa, una mujer se acerca a Él con un frasco de alabastro de aceite de nardo muy costoso. El precio de ese perfume suponía el salario de un año para un trabajador corriente. Después de llorar para lavar los pies de Jesús, ella los seca con su cabello, y luego abre el perfume y lo derrama sobre la cabeza de Jesús.

Ella honró a Jesús al ungirlo generosamente, pero no todos se regocijaron por aquella muestra: "Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella" (Marcos 14:4-5).

Fuera de ese momento, sus observaciones sonaban muy racionales y hasta consideradas. Qué cristiano es pensar en los pobres... sin embargo, ellos se perdieron el cuadro más grande: algo sucedía en ese momento. Había habido una oportunidad de honrar al Dios del cielo y de la tierra honrando a su Hijo: Jesús. Escuchemos a aguda amonestación del Maestro: "Pero Jesús dijo: Dejadla, ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho. Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía... De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella" (Marcos 14:6-9).

Guau, ¿oyó cómo Él la elogió? Muchos hicieron grandes obras, pero ninguno fue honrado de esta manera, o hasta este grado. Jesús profetizó que el bien y el hermoso acto de honra de ella serían elogiados dondequiera que llegase el evangelio, ¡no solo en su época sino de generación a generación para siempre!

El deseo de ella era honrar al Maestro, pero su derramamiento o unción la situó en posición de que el Maestro la honrase a ella. El principio de la honra siempre se aplicará, siempre sigue siendo válido. Dios dice: "Yo honro a los que me honran, y humillo a los que me desprecian" (1 Samuel 2:30, NIV, énfasis del autor). Observe que quienes no le honran a Él serán tenidos en poca estima. Sin embargo, la NVI usa la palabra humillo, que se define como "el sentimiento de que alguien es indigno de consideración o de respeto". Dios considera a quienes le deshonran como por debajo de tener en cuenta. Esto implicaría una desconsideración por sus necesidades y oraciones. Oigamos lo que Jesús dice: "El que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Juan 13:20). En el contexto de lo que Jesús está diciendo, recibir a alguien es honrarlo. Por tanto, Jesús está diciendo en realidad: "Quien me honra a mí, honra al Padre que me envió”. Por eso Él claramente nos dice: "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Juan 5:23).

Quienes honraron a Jesús estaban en realidad honrando al Padre sin saberlo. Jesús dijo: "Gloria de los hombres no recibo" (Juan 5:41); en su corazón y su mente, todo iba al Padre. Él no había sido aún glorificado; una vez que fue glorificado, el Padre hizo decretos en cuanto al Hijo como: "Adórenle todos los ángeles de Dios" (Hebreos 1:6), y "Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino" (Hebreos 1:8; ver también Filipenses 2:8-10). Una vez glorificado, Él es adorado como el Padre es adorado.

Sin embargo, mientras Jesús caminaba por la tierra, vivía y ministraba como el Hijo del Hombre. Filipenses 2:6-7 afirma: "El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres". Por tanto, como hombre, Él en su corazón continuamente daba toda la honra que se le daba a Él al Padre. Por eso Él continuamente se dirigía a las personas a las que sanaba con afirmaciones como: "Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos" (Mateo 8:4). Y otra vez leemos: "Mirad que nadie lo sepa" (Mateo 9:30); y se encuentran referencias similares en todos los Evangelios.

Mientras estuvo aquí, Jesús fue la conexión de la tierra con el Padre; por tanto, una manera tangible de honrar al Padre era por el tratamiento que se daba a su Hijo. Por eso no hubo ninguna reprensión a la mujer sin nombre que honró a Jesús el Hijo con su costoso ungüento. Él nunca reprendió a quienes le honraron, sino que los elogió por hacer aquella conexión con el Padre. Entendamos que Él no buscaba su propia honra, sino más bien ser ejemplo del Principio de la Honra ante aquellos a quienes fue enviado.


John Bevere es un orador internacional y autor de éxitos de ventas. Este artículo se obtuvo de su libro Honra y recompensa, publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

 

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