La mujer tal como Dios la diseñó

Dios ve a la mujer limpia, pura, justificada y restaurada. Desde el principio, la mujer fue creada para tener un papel importante en la sociedad. Pero en el Jardín del Edén, el enemigo—Satanás—la engañó, al hacerle creer que lo que Dios le había dado no era suficiente, que necesitaba más conocimiento, una mejor posición, más talento. Dios ya había puesto en ella todo lo que le haría falta para desa­rrollar el papel de ayuda idónea para su esposo, pero ella escogió creerle a Satanás, y, en cierta manera, buscó usurpar el lugar del hombre y de Dios. Por consiguiente, recibió en su cuerpo las consecuencias de este acto, así como también el dolor, el rechazo y el odio que a través de toda la historia ha tenido que soportar.

A pesar de eso, Dios siempre la ha dignificado. Aun cuando la sociedad no le dio el lugar que merecía, ella salía a relucir una y otra vez. ¿Por qué? Yo estoy convencida de que es por el favor de Dios y por su deseo de que la mujer, en algún momento, pudiera atreverse a tomar el lugar que desde el Edén le había pertenecido, pero que nunca había logrado alcanzar por sí misma.

Dios está pasando por donde usted se encuentra. Él quiere iniciar una relación de pacto con usted. Tiene en sus manos todo lo que le pueda hacer falta.

Si podemos asimilar que Dios no creó a la mujer para ser menospreciada, sino para tomar un lugar en su creación, un lugar que ningún otro ser puede llenar, entonces nuestra respuesta tendrá que ser afirmativa.

Quizá usted—de alguna manera—ha experimentado un desprecio por su vida, un rechazo, un momento en que su bienestar físico, emocional y espiritual haya sido completamente ignorado por el deseo egoísta y cruel de otro ser humano, o simplemente, por su indiferencia. Si es así, mi anhelo es el de asegurarle su valor como persona y como mujer.

Verá que Dios desea formar una hermosa relación de pacto con cada una de sus hijas. Dios está a su lado y ahora, ¿qué sucederá? Si usted así lo desea, le ocurrirá lo mismo que le aconteció a Israel.

La mujer de Sus sueños

Con frecuencia, escuchamos: "Somos de Dios". Eso es algo que se dice con facilidad, y, en muchas ocasiones, sin detenerse a pensar, lo que realmente significa para nosotros. ¿Qué beneficios obtengo al pertenecerle a Dios? ¿De qué manera cambia mi vida el tener pacto con Él?

Todos tenemos necesidades. Usted tendrá que completar la lista de sus carencias, pero creo que la mayoría de nuestras listas tendrían alguna semejanza con las de la mujer en Ezequiel 16:9. Para comenzar la lista, tenemos la falta de una familia que la amara, enseñanza y formación moral y espiritual, protección física y emocional, vestimenta y comida, y limpieza moral y física.

¿Pero ahora qué? Pues, resulta que Dios le ha dicho: Eres mía. Veamos cómo está por cambiar por completo todo el presente, el futuro y aun el pasado de la novia con esas dos palabras, que Dios le ha hablado y que ella ha creído.

Dios casi nunca nos deja ver el producto final de su obra en nuestra vida, sino solamente los pasos que siguen. Para ella, comienza con la necesidad más obvia: Su lim­pieza. Así que, higieniza a su amada con agua. Es un cuadro verdad­eramente tierno: un esposo lavando, con cuidado, a su esposa que está casi irreconocible por toda la suciedad que lleva encima. Muchos han pasado por alto a esta mujer, porque sólo veían a alguien sucio en su propia sangre, sin vestimenta ni espe­ranza, pero Dios había visto su potencial de llegar a ser algo muy diferente: La mujer de Sus sueños.Por eso la limpió.

A lo largo de toda la Biblia, este concepto de ser lavados no es desconocido. En 1 Corintios 6:11 dice: "...mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios. Isaías también nos habla de un tiempo cuando el Señor lave las inmundicias" (Is 4:4).

Dios quita la sangre y la inmundicia que tenemos encima. La sangre representa nuestro pecado, nuestra muerte espiritual. Cuando entramos en pacto y relación con Dios, eso tiene que cambiar. Mi sangre, mis deseos, mis obras, mis palabras, mi vida siempre producirán muerte. Efesios 2:1b dice así: "...cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados". Todas sufrimos esta clase de muerte, estuvimos sucias con la propia sangre. Sin embargo, la primera parte del verso nos dice esto: "Y él os dio vida a vosotros". Estando muertos, Dios nos dio vida. Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros y nos lavó de toda inmundicia.

El lavamiento

El agua de Dios es su Palabra. Juan 15:3 dice: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". También, Efesios 5:26 nos dice que somos purificados por la palabra. La Palabra de Dios es la fuerza sobrenatural que llegará con limpieza, pureza y santidad a nuestra vida llena de pecado y de sangre. Es la fuerza de Dios para producir vida, donde antes había sólo muerte; santidad, donde antes sólo había pecado y separación de Dios; justicia, donde antes sólo moraba la injusticia de la humanidad pecaminosa. Juan nos dice que la máxima manifestación de la Palabra de Dios fue Jesús. Él llegó a esta tierra como la expresión misma de Dios y habló del amor de Dios hacia nosotros, y al hacerlo extendió sus manos en la cruz y murió. La Palabra habló perdón, amor y vida eterna, a través de su propia sangre que fue derramada por nosotros. Apo­calipsis 1:5b dice: "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre". En 1 Juan 1:7 también nos dice: "...la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia". Nuestra sangre produce muerte y separación de Dios; pero la de Cristo, vida y perdón del pecado y restauración de nuestra relación con Él.

Al estudiar este proceso del lavamiento y cómo Dios limpió a su novia, puedo percibir dos etapas del proceso. La primera, en la que somos lavadas con la bendición, provisión y vida eterna de Dios, es una obra necesaria para comenzar a ver los cambios que Dios tiene pensados para todos nosotros. El agua, muy frecuentemente, es símbolo de sus bendiciones y de un refrigerio espiritual. Jeremías describe a Jehová como "la fuente de agua viva" (2:13). En el Nuevo Testamento, el agua se asocia con la vida eterna, o sea, la máxima bendición de Dios hacia el hombre, sin olvidar la doctrina que se encuentra en lugares como Efesios 5:26, Hebreos 10:22, donde predomina el agua como la sustancia en la que seremos bautizados para recibir limpieza y el perdón de los pecados. Así que, durante esta primera etapa de lavamiento, podríamos decir que se abren nuestros ojos espirituales.

Hay otra clase de agua, y no es la tierna obra que recibimos al principio; es más poderosa y profunda. No viene este segundo lavamiento sin que hayamos permitido el primero. Si no vimos lo que Dios puede hacer en nosotros, no confiaremos en Él lo suficiente como para sumergirnos en el torrente de agua que desea mandar para cambiarnos desde nuestro interior. Él quiere llegar con una vida nueva, un carácter nuevo, una personalidad nueva.

Quizá usted piense que existen áreas de su vida que nunca cambiarán. Lugares donde la ofensa, la falta de perdón, el rechazo, el dolor se fueron acumulando y llegaron a abarcar una gran parte de su persona. Parece que su interior se ha endurecido a tal grado que todo es como la piedra. Aparentemente, en estas áreas, la tierna y dulce mano de Dios no tendrá ningún efecto. Pero la corriente de este segundo lavamiento puede con cualquier montaña que haya en su vida. Percibimos este lavamiento en la segunda parte del verso 9 que dice: "...y te lavé tus sangres de encima de ti". La palabra "lavé” que se usó en el original es distinta a la que se utilizó en la parte anterior del versículo. Es un término que significa "inundar abundante y completamente, lavar o remover". No nos describe aquí una leve lavadita con una toalla húmeda. No, esto nos habla de un torrente de agua que remueve todo lo que puede haber en su camino. El otro lugar donde puedo encontrar esta misma palabra, en el original, es en Job 14:19: "Las piedras se desgastan con el agua impetuosa, que se lleva el polvo de la tierra". La corriente que producirá la segunda ronda de lavamiento es violenta y llega de parte de Dios para lavar de nuestra vida no sólo las sangres, sino también, cualquier estrago perma­nente que hayan producido en nuestra persona. No hay cosa demasiado grande, fea, fuerte o mala que pueda resistir este torrente de agua viva. No existe nada en su pasado, en su presente o en su futuro que pueda resistir el cambio que provocará esta agua.

¡Gracias a Dios! Todas las influencias de mi niñez, los pecados de mi presente, las heridas de mi pasado, el rencor y odio, nada quedará intacto, ante esta cascada. ¡Todo será lavado, todo será hecho nuevo!

Quiero hacer hincapié en la idea de la corrosión de las piedras que se menciona en Job. Cuando el agua actúa, no siempre las deshace de un día para otro. La obra de Dios en nuestra vida tampoco es rápida. Dios nos sigue mol­deando y quitando actitudes a lo largo de nuestra vida. Es un proceso. En ocasiones desearíamos que la completara de una sola vez, pero Dios sabe que eso, pro­bablemente, nos destruiría. Su plan es cambiar, no deshacer. Así es que, cuando siente la mano poderosa de Dios sobre su vida, el inmenso torrente que llega a lavarla, recuerde, que lo está haciendo para producir bendición, crecimiento y madurez, no destrucción.

Las áreas que al paso del tiempo han llegado a ser lugares ásperos, ahora serán desgastadas por su agua. Eso me da esperanza, porque saber que no hay nada difícil para Dios es motivo de regocijo. Él cuenta con el poder necesario para ablandar y deshacer esas áreas heridas y deformes. Puede hacer algo nuevo donde antes sólo había tormento y angustia; de las cenizas, algo hermoso y crear un corazón nuevo dentro de cada uno de nosotros.

Ahora, le vuelvo a hacer la misma pregunta del comienzo: ¿Qué beneficio hay en pertenecerle a Dios? Somos lavadas, perdonadas y restauradas por el lavamiento de nuestro tierno y poderoso Padre celestial. Su Palabra tiene poder sobre cualquier efecto o fortaleza que pudiera existir en nuestra vida; nada resistirá el torrente impetuoso de su agua, cuando llega a lavarnos de nuestras sangres; como las piedras, se vuelven polvo ante la corriente poderosa de Dios. Estos son grandes beneficios, que deseo y necesito.

Recuerde que cuando llega Dios a nuestra vida, no ve lo mismo que todos los demás: Una mujer rechazada o inútil, alguien duro y sin compasión. No. Él ve la mujer de sus sueños, lavada de sus sangres, limpia, justificada y restaurada; que cree lo que Él le promete, que confía en su Novio para traer cambios drásticos y buenos a su vida. Cuando Dios nos encuentra, no nos dejará igual, no en la condición en la que nos encontró. Dejemos que Él nos lave.

Ungida con aceite

El agua ha llegado a erradicar completamente todo el pasado y sus efectos sobre cuerpo y alma. La suciedad del pecado ha sido lavada con la preciosa sangre de Cristo, y ahora es una criatura nueva. Sin embargo, Dios no la deja en esa condición porque aún no ha terminado con ella, así como no ha terminado con nosotros. Es muy fácil conformarnos con una lavadita, ¿verdad? Nos contentamos con lo superficial que Dios hace en nuestra vida y en nuestro corazón, pero no hemos visto todo lo que podríamos, con respecto a lo que Él quiere hacer en nosotros y desea darnos. Falta que Él termine su obra de redención en nosotros.

En Ezequiel 16:9 dice que, después de haberla lavado con agua, Dios ungió con aceite a su novia. Para nosotros esto no tiene mucho significado. Pero para las personas de aquel tiempo, la unción de aceite connotaba un proceso muy importante. En primer lugar, la idea de "ungir" implica algo que ha sido derramado y frotado por todo el cuerpo. No se trata de unas gotitas derramadas sobre su frente o sus manos. Es una unción que abarca y afecta todo su cuerpo. Llega, en forma precisa, a cada rincón de su ser, y ningún lugar es pasado por alto. Así mismo, la obra de Dios es deta­llada y completa. Nunca deja las cosas a medias, si le permitimos actuar en nosotras. Él quiere ungir con su aceite fresco cada área de su vida y de su cuerpo: relaciones, salud, familia, ministerio y finanzas.

Las únicas personas que podrán detenerlo somos nosotras. Tenemos que reposar bajo la mano de Dios y permitir que Él nos unja con aceite. Esto es una tarea difícil porque como mujeres, nos gusta ser las que hacemos todo. Pero Dios quiere que descansemos en sus brazos porque desea ungirnos con su aceite, llevar el bálsamo de su Espíritu a los lugares en los que nosotras no podremos producir ningún cambio con nuestras propias fuerzas.

El aceite puede simbolizar muchas facetas de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Cuando estamos débiles físicamente, es señal de la obra sanadora del Espíritu en nuestro cuerpo. En Lucas 10:34, encontramos la parábola del Buen Samaritano que, al ver al hombre lastimado: "...vendó sus heridas, echándoles aceite y vino". El aceite tiene un papel importante en la curación de heridas.

Si fuimos dañadas y rechazadas por el mundo, las cicatrices son reales y profundas. Posiblemente hayan pasado años desde su experiencia, y todavía no ha logrado sanarse. Quizá, nunca se han borrado de su mente las palabras despreciativas que haya oído acerca de su persona. Pero Dios llega con el aceite de su Espíritu, que trae sanidad, y unge su corazón con él. Permita que llegue hasta lo más profundo de su ser, hasta las heridas más escondidas de su corazón, porque tiene poder para sanar y restaurar las áreas más afectadas de su vida.

Estos tiempos de unción son tiempos de enseñanza y de crecimiento. Puede ser un proceso que dure bastante tiempo y, normalmente, no sucederá de un día para otro. Dios no tiene prisa, y Él irá exponiendo, una por una, cada área que necesita la unción de su aceite. Cuando son expuestas, nosotros tenemos que tomar la decisión de permitir que Dios las unja con su aceite o de no querer ni acordarnos de ellas, porque la memoria misma provoca demasiado dolor y angustia. Son momentos difíciles; pero si hemos logrado entender que Dios desea sólo hacernos bien, entonces podremos confiar en que Dios aplicará su aceite—su gracia, perdón y amor—, y esto nos traerá bendición.

No se frustre. No piense que Dios olvidó su llamado ni el sueño que desde hace años espera ver cumplido. Siga sometida bajo la mano poderosa de Dios, y cuando sea el momento indicado, llegará a tomar el lugar que Dios tiene para usted y será instrumento de salvación y de bendición para muchas personas.

Por último, le quiero decir que cuando permitimos que el aceite de Dios sea vertido sobre nuestra vida, recibimos otro beneficio más: la enseñanza. En 1 Juan 2:27 dice algo muy poderoso: "...así como la unción misma os enseña todas las cosas". También, esa unción será nuestro maestro, si estamos atentos a la voz del Espíritu Santo.

Imagínese que Dios está poniendo dentro de usted todo lo necesario para la vida y la piedad. Si no entiende o si necesita algo, la unción de su aceite se lo enseñará. No existe más la excusa de "No sé. No puedo". No lo digo de manera arrogante, pero sí para ayudarnos a vernos como Él nos ve. Somos mujeres llenas de la unción que Dios puso en nosotros, y Él mismo nos irá enseñando y encaminando en toda verdad y sabiduría.

¡No se quite la unción! ¡No se lave el aceite! Permita que fluya por todo su ser. Atraviese los momentos de soledad con la seguridad de que su Novio no la ha dejado y de que terminará la obra que está comenzando en usted. Deje que su ser tenga riqueza y prosperidad; y cuando haya cumplido con su tiempo de aprendizaje, vendrá el momento de vestir todos los dones increíbles que Dios tiene para su esposa.


Nolita W. De Theo sirve en el ministerio de mujeres de la iglesia hispana de Lakewood Church en Houston, Texas. También participa en el ministerio musical junto a su hermano, el salmista Marcos Witt. Este artículo se adaptó de su primer libro, La mujer de Sus sueños. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

 

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