Palabras divinas que sanan su espíritu

 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. —Romanos 8:15–16

Kathryn Kulman, una importante evangelista de sanidad del siglo veinte dijo que existe algo mucho más grande que sanar cuerpos enfermos. El milagro mucho más grande es la regeneración de su espíritu por el Espíritu Santo. En sus palabras: Jesús dijo: “Debes nacer de Nuevo”. No es opcional. Él nunca le impone la salvación. Usted viene a Él porque desea hacerlo. Las Escrituras dicen: “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). No existe ningún toque en el universo como el toque de su mano perforada. Todo aquel que es tocado por ella es restaurado. Todo aquel que es tocado por Él, descubre la salvación, la sanidad y el poder que yacen en su toque. El toque del maestro hace nuevas todas las cosas. 

En sus primeros años como cristiano, Watchman Nee, un famoso teólogo chino, aprendió que el hombre está compuesto de tres partes: espíritu, alma y cuerpo. Él comprendió que el alma es la personalidad del hombre, el cuerpo es la parte exterior del hombre que está en contacto con el mundo físico y el espíritu es la parte más profunda del hombre que está en contacto con el mundo espiritual. Los creyentes son regenerados por el Espíritu de Dios en su espíritu (Romanos 8:16) y se convierten en un espíritu con el Señor (1 Corintios 6:17). Ese poder de regeneración trae sanidad y plenitud a su hombre interior: su espíritu.

A menudo no nos concebimos fácilmente como un “ser espiritual” hecho a la imagen de Dios, como enseña el libro de Génesis (Génesis 1:26–27). Tampoco discutimos de la condición de nuestra alma cuando hablamos acerca de nuestra necesidad de sanidad. Sin embargo, podemos describir inconscientemente nuestra aflicción de alma y espíritu cuando nos referimos al dolor emocional o angustia mental que padecemos.

El temor, la depresión, la ira y otras enfermedades del alma (mente, emociones, voluntad) también afectan a nuestro hombre espiritual así como a nuestro cuerpo. No obstante, Dios ofrece su paz a todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo. Jesús les dijo a sus discípulos poco tiempo antes de su muerte:

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. —Juan 14:27

Gozar de la paz de Dios no significa que jamás habrá problemas, dolor o conflictos en la vida. A pesar de las circunstancias tenemos la promesa divina de que podemos recibir el don de la paz de Dios. Disfrutar de la paz de Dios es consecuencia de hacer la paz con Dios: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

Isaías profetizó los nombres que caracterizarían al Mesías: “Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Todo lo que necesitamos para vivir en paz divina después de haber aceptado a Cristo como nuestro Salvador, se encuentra en Su nombre: Príncipe de Paz.

La Biblia enseña que Dios es Espíritu “y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24). Ya que estamos hechos a su imagen, debemos conectarnos con Él a través de nuestro espíritu, lo profundo de nosotros. Como usted sabe, después de que la humanidad desobedeció a Dios en el Huerto de Edén, se rompió nuestra conexión espiritual con Dios. De ello se trata la obra redentora de Cristo en el Calvario.

Él vino a “sanarnos” a través del nuevo nacimiento, para restaurar la vida eterna de nuestro espíritu cuando aceptamos su perdón por nuestro pecado y lo recibimos como nuestro Salvador y Señor. Jesús explicó el grandioso proceso de redención: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. —Juan 3:16–18

Jesús le dijo a Nicodemo, un maestro de los judíos que “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Él explicó que hemos nacido de nuevo del agua (el nacimiento humano) y del Espíritu: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del espíritu, espíritu es” (v.6).

Este principio redentor de la sanidad espiritual de Dios fue profetizado a lo largo del Antiguo Testamento, comenzando después de la caída el hombre. Dios puso al tentador y rival al descubierto: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). Conocida por muchos teólogos como el “protoevangelio” o el “primer evangelio”, esta promesa de redención es el primer anuncio que Dios hace del plan divino para regenerar nuestro espíritu. Su cumplimiento requeriría el supremo sacrificio de su Hijo único en el Calvario.

 Sin embargo, la redención a través de Cristo no era el plan B de Dios.

Él no fue sorprendido por las elecciones de la humanidad en el jardín. Las Escrituras declaran que Jesús es “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Tal amor no puede ser comprendido por nuestras mentes finitas, que Dios creara la humanidad sabiendo que lo rechazaría y necesitaría que su Hijo único sufriera de modo incomprensible para redimirla.

Descubra su destino en el toque del Maestro

Entonces, ¿sabe usted por qué fue creado? ¿Con qué propósito? Cumplir el destino de Dios para su vida comienza al reconectarse espiritualmente con Dios, quien es Espíritu. Este es posiblemente el milagro más grande de sanidad divina a disposición de la humanidad, ir de la vida a la muerte, de la condenación a la bendición eterna, de un lugar de exilio a un lugar de amistad íntima con la familia de Dios como su propio hijo.

Al rendirse al Espíritu Santo y aprender a obedecer su voluntad para su vida, usted será fortalecido en su interior: su espíritu. Jesús prometió que de su espíritu regenerado fluirían ríos (Juan 7:28).Su destino, su propósito y el poder sobrenatural de Dios residen en su espíritu. Su poder sanador fluirá hacia su mente y cuerpo desde esa vida divina que reside en su espíritu. Y fluirá hacia las vidas que usted impacte, trayendo gloria a Dios en todo lo que usted realice.

- Extracto tomado del libro Palabras divinas que sanan de Siloam & Casa Creación. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.

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