marriageMi esposo es el mayor de cuatro hijos varones; su mamá era ama de casa, y su padre, obrero. Yo soy hija única. Mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía dos años, dejándola como una madre soltera con un trabajo de mucha responsabilidad en el sector público. La casa de Keith era ruidosa, con frecuentes encuentros de lucha libre y puñetazos, algunos incluso involucrando bolas de billar. Mi casa era silenciosa. Yo solía jugar damas contra mí misma, y con frecuencia perdía.

Cuando Keith era joven, compraba boletos para la temporada del equipo de ligas menores de hockey de su localidad. Yo compraba boletos para el Ballet Nacional de Canadá.

É l vivía en un pueblo pequeño. Yo vivía en el centro de la ciudad de Toronto.

A la edad de seis años, comencé a volar en aviones sola para ir a ver a mi papá; y a los dieciocho años había viajado sola por Europa. Keith no se subió en un avión hasta los diecinueve años.

Mi comida favorita era el sushi. La comida perfecta de Keith era carne asada, puré de papas y guisantes enlatados.

Y aún así él fue mi único y verdadero amor. Nos conocimos en la universidad, donde rápidamente nos convertimos en mejores amigos. Después de mi adolescencia, período en el cual me comporté como una verdadera idiota tratando de hacer que mis amigos me adoraran, finalmente conocí a alguien que me aceptó tal como yo era. Reíamos juntos. Dirigíamos juntos un grupo de jóvenes. Éramos almas gemelas. Tenía la certeza de que él sería la persona que me haría feliz durante el resto de mi vida.

Entonces caminamos hasta el altar, y de repente, este hombre que me había comprendido, complementado y amado, comenzó a tener expectativas y exigencias que chocaban con mi realidad.

La mayoría de nuestros problemas eran por el sexo. Cuanto más Keith lo deseaba, más sentía yo que solo me amaba por lo que podía hacer por él. Así que oraba: “Señor, por favor, ayúdalo a darse cuenta de cuánto daño me está haciendo. Ayúdalo a que me ame de nuevo”. Yo derramaba mi corazón ante Dios con la certeza de que Él, quien seca nuestras lágrimas, me escucharía y me respondería. Pero algunas veces esa verdad de que “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido” (Sal. 34:18) se convierte en algo más parecido a esto:

Respuesta estándar: Dios está cerca de los quebrantados de corazón. ¡Así que entrégale tus preocupaciones! Acércate a Él, porque tu dolor le importa, y Él quiere pelear en tu defensa para que aquellos que quebrantan tu corazón dejen de hacerlo. 

Si Dios está cerca de los quebrantados de corazón, entonces Él debería querer vengarlos, ¿no es así?

Hice todo lo que la respuesta estándar dice debía hacer: oré, entregué mis preocupaciones a Dios, me acerqué a Él. Sin embargo, mis oraciones no funcionaron.

Keith seguía poniéndose gruñón cuando yo respondía de forma negativa a sus jugueteos. Él seguía sin entender cómo me sentía. Y yo seguía sintiéndome sola.

Yo quería un matrimonio en el que mi esposo me entendiera, me apreciara y me valorara. ¿Acaso no merecía eso? ¿Cuál era el problema de Keith? Y, yendo más al grano, ¿cuál era el problema de Dios? Después de todo, yo estaba haciendo mi parte.

De forma lenta, pero segura, Dios me dio ese matrimonio, pero no de la manera que yo esperaba. Dios no sanó mi corazón herido yendo a pelear la batalla con Keith en mi lugar; Dios sanó mi corazón cuando me ayudó a ver que Keith también estaba lastimado, y que solo comunicándome con él, y resolviendo este tema del sexo, podría tender un puente sobre ese abismo. Dios no quería atacar a Keith y rescatarme; Dios quería que yo dejara de enfocarme en mis penas y que dedicara algo de esa energía a Keith.

Me gustaría decir que aprendí a dominar esto hace veinte años, después de nuestros conflictos iniciales, pero aún sigo necesitando un recordatorio de vez en cuando. Hace poco, Keith y yo pasamos por una de esas temporadas ajetreadas en las que todas nuestras energías estuvieron enfocadas en mantener todo bajo control, sin mucho tiempo de sobra para compartir el uno con el otro. Keith tenía la agenda copada en el hospital (él es pediatra) y yo, la extrovertida, que nunca ha sabido manejar bien la soledad, me volví un poco ermitaña.

Mientras Keith estaba de guardia en el hospital, comencé a revivir un viejo dolor. Había sufrido muchos rechazos cuando fui niña y adolescente, pero cuando conocí a mi esposo pensé que finalmente tenía a un hombre que me amaría completamente por lo que soy. Así que me sorprendió mucho que la ansiedad ocasionara que él quisiera anular el compromiso que habíamos hecho.

Afortunadamente, el distanciamiento no duró mucho, pero ese rechazo me afectó. Recientemente, atravesé un período en el que parecía que mis compañeros del comité, los amigos de la iglesia y los lectores de mi blog estaban decepcionados de mí, y entonces el sentimiento de rechazo me inundó de nuevo. Y con ello volvió el recuerdo del rechazo que recibí de mi esposo en esa ocasión.

Cuando Keith culminó el largo período de guardias en el hospital, finalmente pude tener a alguien a quien contarle lo que sentía. Pero no es bueno quedarse despierto hablando de esta clase de sentimientos profundos cuando uno está cansado, porque uno termina exagerándolo todo. Yo particularmente no solo lanzo las cosas que digo. Las meto en un cañón, las dirijo a los puntos más débiles de Keith y casi que celebro cuando veo que doy en el blanco.

Pero en ese momento Keith dijo algo realmente importante: “Solo necesito saber que el nosotros está por encima del ”. Él no estaba diciendo que mis sentimientos no importaban, ni que sus sentimientos estaban por encima de los míos. Me estaba recordando que estamos del mismo lado, que debía luchar por nuestra unión, a pesar de que mis sentimientos estaban heridos.

Mi esposo es un hombre muy inteligente. Él sabía que jamás estaríamos unidos si siempre estábamos alimentando nuestras propias heridas.

Pienso que este es el mismo sentimiento que Dios tiene para con nosotros. Él no está de mi lado, está de su propio lado; y su deseo para mi esposo y para mí es que seamos “una sola carne”. Cuando solo nos fijamos en nuestros corazones lastimados y creemos que el deseo principal de Dios es despojarnos de esas heridas, entonces no estamos tratando a Dios como el Amo del Universo. Lo estamos tratando como nuestro genio personal, listo para cumplir nuestros deseos.

En su libro Accidental Pharisees [Fariseos accidentales] el autor, Larry Osborne explica ese proceso de personalizar demasiado a Dios: “La mayoría de nosotros tendemos a leer la Biblia como si hubiera sido escrita solamente en segunda persona singular (tú), cuando en realidad casi siempre usa la segunda persona plural (ustedes). Entendemos cada promesa y mandato como si estuviera dirigido directamente hacia nosotros y nuestras circunstancias particulares […]. De cierta manera, esto es positivo si hace que tengamos  la Biblia como un manual para vivir. Pero por otra parte, puede resultar negativo, especialmente si fomenta en nosotros una espiritualidad distorsionada de que “estoy en el centro del universo de Dios”.

Dios ciertamente está cerca de los quebrantados de corazón, pero de todos los quebrantados de corazón, no solo de nosotros. A Dios también le importan los sentimientos de nuestro esposo.

―Tomado de 9 pensamientos que pueden cambiar su matrimonio por Sheila Wray Gregoire. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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