healedHace poco, una mujer se me acercó y me contó que su hijo creía que el tiempo de los milagros había terminado.

“No cree que los milagros sean reales”, dijo. “¿Lo llevaría a las calles con usted?”.

Esta clase de personas cree que las señales y maravillas fueron usadas para establecer la iglesia en el siglo primero, pero que desde entonces han dejado de existir. Esta teoría se basa en una interpretación errónea de 1 Corintios 13:8-10, en donde Pablo dice: “El amor jamás se extingue, mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá. Porque conocemos y profetizamos de manera imperfecta; pero cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá”.

Sin embargo, el hijo de esta mujer estaba dispuesto a ir conmigo a las calles de la ciudad para verme ministrar a la gente. Estuvo a mi lado cuando compartí una palabra específica de parte de Dios y vio suceder algunas sanidades.

Estaban con nosotros varios miembros de un equipo profesional de filmación, quienes hacían un documental sobre el mensaje de identidad que enseño. Tiffany, una de las camarógrafas y creadoras de la película, notó a un hombre sordo quien repartía tarjetas con el alfabeto en lenguaje de señas para donaciones. Me acerqué hasta él y comencé a hablarle por señas, algo que aprendí desde jovencito en la iglesia de mi padre.

Si bien me faltaba práctica para comunicarme por medio de señas, el hombre me entendió cuando le pregunté si tenía alguna necesidad física por la que pudiera orar. Me respondió que sufría de dolores intensos en sus pies.

Oré por él dos o tres veces antes de que una sonrisa apareciera en su rostro y me dijera que el dolor había desaparecido.

Posteriormente, le pedí al joven que me acompañaba que orara para que la audición de este hombre fuera restaurada. Recuerde que este jovencito no creía que las sanidades tuvieran lugar en nuestro tiempo. Con cierta renuencia, colocó su mano en las orejas del hombre y comenzó a orar.

Oró una vez. Nada sucedió.

Oró dos veces, y nuevamente nada.

A la tercera vez, el hombre sordo miró sorprendido. Algo definitivamente estaba sucediendo.

Mi joven amigo volvió a orar y uno de los oídos sordos de este hombre fue abierto. Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa al darse cuenta de que estaba escuchando por primera vez en su vida.

Comenzaba a girar su cabeza ante cada sonido. “¿Qué fue eso?”, repetía. Su audición fue restaurada.

Debo hacer una pausa aquí y decirle que la sanidad no siempre sucede con la primera oración. Pero si continúa orando, el milagro sucederá, aun si tomara semanas, meses o años, aunque en mi experiencia personal esto es infrecuente. En mi encuentro con el sordo, fue necesario orar más de una vez. (A propósito, siempre que oro por alguien, le pido que sea honesto y no amable conmigo. No quiero que nadie me diga que ha sido sanado si en realidad no fue así).

De más está decir, el joven que me acompañó a ministrar ya no cree que el tiempo de los milagros haya terminado. Su hermana me envió un mensaje por Facebook luego de aquel episodio, el cual decía: “Mi hermano es quien ayudó a sanar al hombre sordo. Quedó completamente impactado después de eso, así que gracias por ser tan asombroso”.

Jesús es y siempre será el mismo, ayer, hoy y por siempre. Esa descripción de asombroso es un reconocimiento de la identidad de Cristo en nosotros. Él es asombroso. ¡Y Él está en nosotros!

Dios creó a los seres humanos para reinar en el mundo; pero no podemos aprender a gobernar sin antes estar en comunión con Él. A fin de poder reinar, debemos conocer y vivir en nuestra verdadera identidad. No proviene de lo que se debe o no se debe hacer, sino de la gracia del ser.

Si es madre, piense en cómo ha enseñado a sus hijos a tener dominio sobre ciertos aspectos de sus vidas. Cuando vinieron por primera vez al mundo, era necesario hacer todo por ellos. Luego, le enseñó a hacer cosas por ellos mismos, como cepillarse los dientes y asegurarse de que sus zapatos estén en los pies correctos. Finalmente, le otorgó todo el control para que se vistieran solos. Al principio, quizás no siempre lo hacían bien. No entendían aún que una camisa con rayas verticales no combinaba con pantalones a cuadros. Sin embargo, con su paciencia e instrucción, fueron mejorando.

En la medida en que demostraban responsabilidad en esa área de la vida y continuaban creciendo, expandía sus responsabilidades al permitirles encargarse de sus habitaciones. Como les instruyó y trabajó junto a ellos, aprendieron a hacer sus camas, recoger sus juguetes y mantener la limpieza y el orden. Y así sucesivamente hasta que maduran y alcanzan el punto de estar preparados para salir solos al mundo.

Ocurre lo mismo en nuestra vida con Dios. Necesitamos crecer en nuestra habilidad para gobernar y reinar sobre más y más aspectos de la vida. Y debemos demostrar que estamos listos para asumir tal responsabilidad.

Es como la parábola de los talentos que Jesús relata en Mateo 25. Un hombre rico emprende un viaje y deja a tres de sus siervos para que se encarguen de sus bienes. A uno le da cinco bolsas de oro, a otro dos bolsas y el tercero recibe solo una.

Cuando el señor de estos siervos regresa de su viaje, descubre que los primeros dos siervos han invertido y duplicado aquello que les encomendó. El tercer siervo tomó su bolsa y la enterró a fin de poder devolverle la misma cantidad que le fue dada.

El hombre rico le dijo a los dos primeros siervos: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más” (Mateo 25:21). Pero se enfureció con aquel que no había utilizado aquello que le fue encomendado.

Este pasaje nos enseña que Dios espera que usemos los talentos y los dones que nos ha dado. El ladrón de identidad, por otra parte, busca que enterremos nuestros talentos en la tierra y que actuemos como personas “normales”.

Sin embargo, Jesús nos llamó a ser extraordinarios. En otra parte de los evangelios, Él dice: “Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán en nuevas lenguas; tomarán en sus manos serpientes; y cuando beban algo venenoso, no les hará daño alguno; pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos recobrarán la salud” (Marcos 16:15-18).

Esta es la vida cristiana normal, y es para nosotros, mientras permanezcamos conectados a la fuente de energía. Cuando actuemos por fe, Él ensanchará nuestras habilidades y dones, hasta el punto de ver al cojo caminar, al ciego ser sanado e, incluso, ¡a los muertos resucitar!

A través de la parábola de los talentos, Jesús nos concede el permiso para explorar la altura, la profundidad y la anchura de la autoridad y del poder, lo cual Él restauró para nosotros en la cruz. Jesús le está diciendo: “Ve por ellos, y mira lo que espera por ti”.

¡Sea arriesgada! ¡Sea valiente! Cada victoria alcanzada le dará fe para una próxima victoria mayor. Y cada derrota la equipará con la experiencia y fortaleza que necesita para no rendirse, sino volver a intentarlo y crecer.

―Tomado de Ladrón de identidad por Robby Dawkins. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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