loveCuando estoy dirigiendo la adoración, hago mi mejor esfuerzo para prepararme musicalmente. Planifico y ensayo. Quiero ofrecer a Dios los dones que Él me ha dado lo mejor que puedo. También practico y ensayo para que mi mente y mi espíritu sean libres de seguir la dirección de Dios. No quiero estar preocupada por las notas, el ritmo y la letra, y así perder la libertad de participar y experimentar la verdadera adoración en mi vida. Pero ninguna preparación es más importante que el tiempo en la presencia de Dios. Quiero exaltar a Jesús; no los dones que Él me ha dado, sino al Dador de los dones. Así que mis oraciones están matizadas de agradecimiento: Gracias, Dios, por usarme. Gracias por confiarme esta oportunidad de experimentar tu presencia. Gracias, por permitirme llevar a otros a la experiencia de la adoración.

Cuando nos sintamos descontentos, cuando luchemos para evidenciar los frutos del Espíritu, cuando sintamos envidia de otros, cuando sintamos que hemos sido engañados en la vida, cuando sintamos resentimiento y agravios con facilidad, cuando las relaciones sean escabrosas, cuando sintamos a Dios distante y tengamos pocas ganas de estar en su presencia y de estar con su pueblo, examinemos primero nuestro corazón y nuestras palabras. ¿Somos personas agradecidas? Aunque las brasas de la gratitud se estén apagando en nuestro corazón, encendámoslas de nuevo a través de nuestras palabras. Hablemos de la gratitud. Digamos constantemente: Gracias. Gracias. Gracias. Expresemos gratitud en la medida de nuestra capacidad hasta que lo sintamos en nuestro corazón. No solo agradezcamos en la iglesia o antes de comer. Agradezcamos en todas partes.

Me encanta lo que el autor británico del siglo XIX, GK Chesterton, dijo: “Agradecemos antes de comer. Y eso es bueno. Pero yo doy gracias antes de comenzar la ópera, antes del concierto y la pantomima, antes de abrir un libro, antes de comenzar a hacer trazos, antes de pintar, de nadar, de usar la espada, de boxear, de caminar, de jugar, de bailar, e incluso antes de mojar la pluma en la tinta”.

¡Demos gracias a Dios en todas las circunstancias!

No adoramos o agradecemos a Dios por obtener algo a cambio. Charles Spurgeon, sin embargo, nos mete el dedo en la llaga cuando dice: “No es cuánto tenemos, sino cuánto disfrutamos, lo que da la felicidad”.

Nuestro Dios es misericordioso. ¡Nuestra misma respuesta de gratitud por lo que nos ha dado, hace que nos dé aún más!

Las palabras de David brotan de lo profundo de su corazón y su espíritu. Llegan a ser tan poderosas que casi podemos sentir exactamente lo que él está viviendo, incluso su dolor. 

“Oh Señor, no me reprendas en tu enojo ni me disciplines en tu ira. Ten compasión de mí, Señor, porque soy débil; sáname, Señor, porque mis huesos agonizan. Mi corazón está angustiado; ¿cuánto falta, oh Señor, para que me restaures? Vuelve, oh Señor, y rescátame; por tu amor inagotable, sálvame. Pues los muertos no se acuerdan de ti; ¿quién puede alabarte desde la tumba? Estoy agotado de tanto llorar; toda la noche inundo mi cama con llanto, la empapo con mis lágrimas. El dolor me nubla la vista; tengo los ojos gastados a causa de todos mis enemigos” (Salmo 6:1-7).

David siente dolor de huesos y su corazón está enfermo. Está a punto de desmayar y apenas puede ver lo que está frente a él debido al río de lágrimas que empaña su vista. Pero incluso al suplicar a Dios para que lo rescate, él muestra su gratitud: “¿Quién puede alabarte desde la tumba?”.

Incluso al enfrentar la muerte, incluso en medio del sufrimiento, incluso cuando la vida no estaba siguiendo el curso exacto que él tenía en mente, incluso cuando sentía lástima hasta de sí mismo, el corazón de David estuvo lleno de gratitud. No es de extrañar que haya sido un extraordinario líder de adoración. Él tenía una gran relación con Dios.

Pablo lo expresa de una forma hermosa y simple: “Estén siempre alegres. Nunca dejen de orar. Sean agradecidos en toda circunstancia, pues esta es la voluntad de Dios para ustedes, los que pertenecen a Cristo Jesús” (1 Tesalonisenses 5:16-18). La versión Dios Habla Hoy dice: “Estén siempre contentos. Oren en todo momento. Den gracias a Dios por todo, porque esto es lo que Él quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (DHH).

En cualquier circunstancia, independientemente de lo que ocurra. Todo el tiempo, continuamente.

Cuando Daniel supo que había hombres tramando hacerle daño, “se puso de rodillas […] y oraba tres veces al día, tal como siempre lo había hecho, dando gracias a su Dios” (Dn. 6:10). “Como siempre lo había hecho” ¡Estos hombres querían matarlo! Ese no parecía el mejor momento para arrodillarse a dar gracias, ¿no es así? Pues era exactamente el momento preciso para expresar gratitud. A Daniel no le importaban las circunstancias. El agradecimiento era parte de su vida. Por algo pudo salir de una fosa de leones sin un solo rasguño.

Agradecer es un aspecto importante de la adoración. Y al igual que en la adoración, no hay que reservarla para los devocionales matutinos, para los servicios del domingo en la mañana, para el momento en que estamos sentados a la mesa para comer o para cuando todo va bien; sino para cada momento, cada lugar y cada circunstancia de la vida.

No siempre vemos la manera en que Dios trabaja en nuestra vida y nos bendice continuamente. Es una limitación que tenemos e ignoramos esas cosas. Pero cuando damos gracias a Dios en toda circunstancia, incluso en los momentos más difíciles o cuando no estamos seguros de lo que está sucediendo en nuestras vidas; pero conscientes de que Él está a nuestro lado y nos respalda; nuestros ojos se abren para su obra. Así como Dios no detuvo las aguas hasta que Josué y los sacerdotes colocaron los pies en el desbordante río Jordán (ver Josué 3), Dios nos está llamando a obedecer de manera intencional y expresar nuestra gratitud a Él.

Amor es acercarnos a Dios con el lazo de una relación. Alabar es honrar a Dios por lo que Él es. Dar gracias es agradecer a Dios por lo que Él ha hecho. Amar, alabar y dar gracias son el centro mismo de nuestra parte en la adoración. Son nuestras respuestas fieles a su dignidad, su presencia y su amor. Son expresiones de nuestra fe, el don que Dios ha puesto en nuestro ser que nos permite por su gracia y el espíritu responderle completamente.

Warren Wiersbe dice: “La adoración es la respuesta del creyente con todo lo que es: con su mente, sus emociones, su voluntad y su cuerpo; a lo que Dios es, dice y hace”. A.W. Tozer dice: “No descansemos hasta que todo nuestro ser adore a Dios”.

Dios es digno de nuestra adoración. Él desea que lo amemos libremente. Tenemos mucho que agradecerle. Cantemos. Contemos la historia de lo que Él ha hecho por nosotros. Volvamos a la presencia de Jesús, Aquel que ha sanado y restaurado nuestra alma. Saltemos y alcemos nuestras voces, diciendo: “¡Gracias!”.

―Tomado de Adorar lo cambia todo por Darlene Zschech. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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