siervoLlevaba a Anna delante con nosotros. Ella iba sentada al lado de la ventanilla, observando tranquilamente los tractores “dieciocho ruedas”, postes telefónicos, y diminutos pueblos ocasionales que pasaban. Yo tenía la mano sobre su rodilla y mi cabeza sobre el hombro de Kevin. No quería dormitar, sabiendo lo poco que él había dormido; tan solo quería seguir sentada allí y escuchar el sonido del motor diésel.

“¿Mamá?”. Anna apartó la cabeza de la ventanilla y me miró.

“¿Sí, cariño?”.

“Mira… fui al cielo cuando estaba en ese árbol”.

“Ah”, levanté la cabeza, sin estar segura de cómo responder. “¿De veras?”.

“Sí”. Asintió con la cabeza, con su carita muy seria. “Me senté en el regazo de Jesús”.

Mi esposo, Kevin levantó la barbilla en dirección a nosotras, pero no dijo nada. Yo vi en los ojos de Anna la decisión consciente de confiar en nosotros. No había dramatismo alguno, pero ella tampoco estaba jugando. Escogió sus palabras como si fueran crayones de una caja, describiendo parte de lo que había experimentado cuando cayó en el interior del árbol a unos nueve metros de altura. Que las puertas del cielo están hechas de oro, que Jesús le dijo que aún no era el momento, que ella tenía que regresar y que no podía ver a las “criaturas”.

Cuando Jesús le dijo que Él enviaría a su ángel guardián, Annabel explicó:

“Entonces comencé como a despertar en el árbol, y podía oír las voces de los bomberos muy, muy arriba, gritándome que levantara la mano. Y vi a un ángel que se veía muy pequeño, como un hada, y cada vez era más claro. Y entonces Dios me hizo un guiño mediante el cuerpo del ángel. Y lo que Él me estaba diciendo era: ‘Ahora voy a dejarte, y todo va a salir bien’. Y entonces el ángel se volvió sólido otra vez y se quedó conmigo todo el tiempo, proyectando una luz para que pudiera ver. No hablamos. Solo estábamos sentados juntos… pacíficamente”.

El tono de voz de Anna era relajado y directo. El terreno plano de Texas pasaba por encima de su hombro.

“Ah, ¡y vi a bisabuela Mimi!”, dijo alegremente, como si la hubiera visto en la iglesia el domingo. “Casi no la reconocí, pero era la cara de Mimi. Eso captó mi atención. La misma cara hermosa de viejas fotografías pero también en mi memoria. Y vi a una niña pequeña en el cielo que se veía exactamente como tú y Abbie mezcladas, y me quedé mirando a la niña y pensando: he visto esa cara antes, y finalmente le pregunté a Dios quién era esa niña, y Él dijo que era mi hermana”.

La mano de Kevin encontró la mía. Yo entrelacé mis dedos con los de él y apreté, pero no me aparté de la franca mirada de Anna.

Ella me sonrió. Yo le sonreí. Ella regresó a su tranquila observación del paisaje por la ventanilla del acompañante. Kevin y yo nos miramos, y entonces dirigimos nuestros ojos a la carretera que teníamos por delante. Ninguno de nosotros tenía palabras que decir, pero Anna no parecía estar a la espera de ningún tipo de respuesta por nuestra parte. Yo no sentí tensión en la cabina de la camioneta; sentí la extraña combinación de paz en el centro de mi ser mientras un escalofrío me recorría la espalda.

Naturalmente, estaba el impulso de tocar su frente por si tenía fiebre, preguntarle por detalles, hacerle preguntas…o solamente acercarla a mis brazos y abrazarla. Todo eso parecía igualmente apropiado e inapropiado al mismo tiempo. El interés primordial y principal, desde luego, era que nos estuviera mostrando alguna indicación de lesión en la cabeza, pero acababan de hacerle una batería de pruebas y escáneres y concluyeron que no tenía heridas de gravedad. “Posiblemente una ligera contusión”, dijeron.

Recorrimos otro largo trecho de carretera de Texas mientras yo seguía allí sentada intentando entender lo que ella nos estaba diciendo, lo cual era como intentar entender el significado literal de Annabel está en el árbol. No había ninguna indicación de “vamos a fingir” en el modo en que ella habló de su experiencia, y en realidad no lo había dicho para que lo discutiéramos, tan solo como algo que había decidido compartir. Yo no sabía qué hacer con todo eso, pero sentí la importancia que tenía, y discretamente utilicé mi teléfono para enviarme algunas notas a mí misma. Quería recordar exactamente lo que ella decía.

Todo lo que ella dijo estaba en consonancia con las creencias que sosteníamos: la fe cristiana en la cual Anna y sus hermanas fueron educadas. En el contexto de esa fe, no había nada extraño en que las oraciones de una niña fueran respondidas, aunque no de la manera en que ninguno de nosotros esperaba, y nada imposible acerca de lo que ella nos estaba diciendo.

Para Dios todo es posible, dijo Jesús en el Evangelio de Mateo, pero ¿no nos inclinamos a querer esa promesa en una caja tamaño prueba? Todo eso de que sobrepasa todo entendimiento, ¡eso es muy desconcertante! A lo largo de los siglos, la Iglesia cristiana ha sido muy buena a la hora de establecer reglas a las que podamos adherirnos, límites que están claramente definidos. Anna no nos estaba diciendo que había cruzado ese límite; nos estaba diciendo que el límite no existe.

―Tomado del libro Milagros del cielo por Christy Wilson Beam. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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