dicipuloLos estudios muestran que una de las razones principales por las cuales la gente rechaza el cristianismo es por la hipocresía de quienes profesan la fe. Este fue un factor clave para mí. Después de escudriñar atentamente las Escrituras, y observar la vida de quienes iban y venían de la iglesia, encontré una razón que se destacaba entre todas las demás: la ausencia de un compromiso de rendir todo a la autoridad y señorío de Cristo. Esto no significa que tenemos que ser perfectos y tratar de ganarnos nuestro lugar en el cielo por medio de nuestras buenas obras, sino que es más bien una verdadera actitud de sometimiento a la voluntad de Dios y la verdad de su Palabra. Jesús dijo una parábola sobre la respuesta que alguien recibe cuando de verdad entiende el valor que tiene este tipo de relación con Dios. “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo. También se parece el Reino de los cielos a un comerciante que andaba buscando perlas finas. Cuando encontró una de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró” (Mateo 13:44-46).

Para poder tener el mismo impacto que ese cristianismo primitivo tuvo en la cultura, debemos recuperar el mensaje que ellos predicaban. Jesús dijo que debíamos pagar el precio por ser sus discípulos. Pagar el precio significa que tomamos en cuenta las palabras de Jesús y que le entregamos nuestra vida en total obediencia. Esto es lo opuesto a la presentación común, en la que decimos una rápida oración diaria o caminamos por un pasillo confesando nuestra creencia en Cristo. Volviendo a las palabras de Jesús, encontramos un aspecto vital de la presentación del evangelio que no hemos mencionado. “Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla? Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él, y dirán: ‘Este hombre ya no pudo terminar lo que comenzó a construir’”(Lc. 14:28-30).

Pagar el precio significa entender seria y completamente todas las implicaciones de nuestro compromiso. Significa que abandonamos no solo nuestras cosas malas, sino también las buenas. Todos actualmente parecen preocuparse por sus derechos de la sociedad, sin embargo, somos llamados a rendirnos a los caminos de Dios. Ahora somos sus seguidores, no es Él quien ahora nos sigue.

La gente a menudo escucha todas las bendiciones que se reciben al ser cristiano, y ciertamente hay muchas. Es frecuente escuchar testimonios sobre cómo seguir a Cristo le ha dado a la gente paz y gozo verdaderos. El sentido subjetivo del valor de la fe, definitivamente se ha considerado la principal razón para creer.

Sin embargo, cuando leemos las historias de las personas que creyeron en Cristo en el Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que el mensaje que escucharon era un poco diferente. Se les habló de la dificultad y el sufrimiento que acompañaría su decisión. Tomemos el ejemplo del apóstol Pablo. Al principio se le dio un mensaje que no escuchamos en nuestro contexto occidental. “‘¡Ve! —insistió el Señor—, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre’” (Hch. 9:15-16). A la luz de esta verdad, debemos entender no solo la verdad histórica de la fe cristiana, sino la respuesta adecuada que debemos tener, si de verdad creemos. Aquí les muestro algunas variantes importantes de esta respuesta, que le podrán parecer raras a mucha gente, pero que producirán la clase de vida que usted realmente está buscando.

1. Niéguese a sí mismo

“Entonces llamó a la multitud y a sus discípulos. ‘Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mr. 8:34-38).

Parece contradictorio, pero si queremos hallar la vida verdadera, primero debemos rendir nuestra vida. Este mensaje está tan ausente del vocabulario del cristianismo moderno, que a algunos les puede sonar rudo y poco realista. Sin embargo, ese fue el mensaje que dio Jesús, claramente y sin apología. Eso significa que sabemos que Jesús es el Señor, que murió y regresó a la vida. Al ser esto cierto, obedecerlo completamente es la única respuesta.

La esencia de la autonegación es reconocer que los caminos de Dios son mejores que los nuestros, negarnos a nosotros mismos significa que ya no nos apoyamos en nuestros sentimientos, apetitos y deseos carnales. Por ejemplo, si alguien le ofende profundamente, la reacción normal es guardar rencor y tratar de vengarse. El problema con esta reacción, es que Jesús nos ordenó perdonar a los demás y amarlo a Él. Si nos negamos a nosotros mismos en este caso, estamos negado el “derecho” que tenemos de seguir furiosos y amargados, en parte porque nunca fue un derecho, para empezar. Pero ahora escogemos el camino de Dios y perdonamos a la persona desde el corazón. No siempre tiene sentido para nuestros sentimientos, pero trae paz y reconciliación.

“Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos —afirma el Señor —. Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!” (Is. 55:8-9).

Esto aplica para cualquier tipo de tentación donde la manera en que nos sentimos no está de acuerdo con la voluntad expresada por Dios. Tomemos por ejemplo el área de la pureza sexual. La Biblia dice claramente que la voluntad de Dios para nosotros es que seamos puros y santos, que debemos abstenernos de realizar actos sexuales antes del matrimonio. Aunque esto sea ignorado por mucha gente en nuestros días, eso no cambia la verdad o nuestra necesidad de negarnos a nosotros mismos y obedecer a Cristo.

“La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa, sin dejarse llevar por los malos deseos como hacen los paganos, que no conocen a Dios; y que nadie perjudique a su hermano ni se aproveche de él en este asunto. El Señor castiga todo esto, como ya les hemos dicho y advertido. Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad; por tanto, el que rechaza estas instrucciones no rechaza a un hombre sino a Dios, quien les da a ustedes su Espíritu Santo” (1 Tes. 4:3-8).

2. Cargue su cruz

“Luego comenzó a enseñarles: ‘El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite’. Habló de esto con toda claridad. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. Pero Jesús se dio la vuelta, miró a sus discípulos, y reprendió a Pedro. ‘¡Aléjate de mí, Satanás! —le dijo—. Tú no piensas en las cosas de Dios sino en las de los hombres’. Entonces llamó a la multitud y a sus discípulos. ‘Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles’” (Mr. 8:31-38).

Para muchos occidentales, el precio de seguir a Jesús es simplemente abandonar las cosas que sabemos que son malas o son pecado. Este es un proceso continuo, que comienza abandonando las cosas que son obviamente malas, y poco a poco renunciar a las áreas secretas en los lugares más profundos de nuestra mente, actitudes, y motivos. Cuando Cristo nos llama a seguirlo, nos dice que carguemos nuestra propia cruz. Eso nos puede sonar un poco raro, en especial cuando la crucifixión ya no forma parte de nuestra experiencia cultural. Llevar nuestra cruz significa estar en un estado de sumisión y obediencia a la voluntad de Dios, no a la nuestra. Nosotros no dejamos atrás este estado de humildad y nos rendimos a Dios. El apóstol Pablo es el mejor ejemplo de alguien que fue transformado dramáticamente por la gracia increíble de Jesucristo. El explícitamente da testimonio de cómo su vida espiritual llegó a su fin, para darle lugar a una nueva vida: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gal. 2:20).

En la cruz de Cristo nuestros pecados fueron totalmente pagados. Nuestra respuesta es vivir nuestra vida a la sombra de ese ejemplo de sumisión y rendición que fue Cristo. El sudó gotas de sangre cuando enfrentaba la última tentación de abandonar el plan de Dios, al imaginarse el dolor y el sufrimiento que le esperaban. Pero el oró: “Abba, Padre, todo es posible para ti. No me hagas beber este trago amargo, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc. 14:36).

3. Sígalo

En la II Guerra Mundial, Alemania estuvo dirigida por un líder maniático que expandió sus fronteras a través de la agresión y el terror. Muchas de las iglesias alemanas capitularon bajo el enorme peso de la intimidación y la fuerza que controlaría a millones y asesinaría a millones más. A pesar del hecho de que muchos se amilanaron bajo el espectro de las tácticas Nazi, hubo un remanente de creyentes en Alemania que se rehusó a ceder, a pesar de lo que podía costarles personalmente. Dietrich Bonhoeffer fue uno de esos líderes que resistió la maldad del régimen y que finalmente lo pagó con su propia vida. En su libro El costo del discipulado, Bonhoeffer dice que el llamado de Cristo requiere que entreguemos todo para recibir la vida en Cristo. El rompió con la idea tonta y vacía de la gracia superficial y valientemente proclamó lo que muchos hoy en día considerarían un oxímoron: la gracia que cuesta.

“Esa gracia cuesta porque nos llama a seguir, y es gracia porque nos llama a seguir a Jesucristo. Es costosa porque le cuesta a un hombre su vida, y es gracia porque le otorga a un hombre la única vida verdadera. Es costosa porque condena el pecado y gracia porque hace justo al pecador. Sobre todo, es costosa porque le costó a Dios la vida de su hijo: ‘Fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios’ (1 Co. 6:20), y lo que a Dios le ha costado mucho, no puede ser barato para nosotros. Sobre todo, es gracia porque Dios no consideró que su Hijo fuera un precio demasiado por nuestras vidas, sino que lo envió para nosotros.

Jesús simplemente dijo: “Síganme”. Esas palabras aún tienen vigencia. Seguirlo es seguir su Palabra y sus caminos. Lo seguimos a través de la aventura más grande imaginable de alcanzar el mundo con el evangelio.

 

―Tomado del libro por Hombre. Mito. Mesías. por Rice Broocks. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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