worriedExisten dos lados en cada conflicto. El que recibe el golpe necesita perdonar, pero no queremos ignorar al que lanza el golpe. Pocas veces en una discusión es una persona la que está completamente en lo correcto. Muy a menudo, ambas partes son culpables de algo. A veces, cuando estamos orando para recibir la mente de Cristo para que podamos perdonar, el Espíritu Santo nos muestra que no somos las únicas víctimas. Cada uno de nosotros tiene que admitir, por mucho que los otros nos hayan lastimado, que les hemos hecho daño también.

Si usted es el ofensor, pídale a Dios que le muestre la gravedad de su ofensa. Una vez, Debbie y yo estábamos aconsejando a una pareja donde el hombre se había involucrado de forma inapropiada en conversaciones sexuales con una mujer de su oficina. Su esposa, obviamente, estaba muy herida y sus ojos estaban hinchados y rojos de tanto llorar.

El hombre, abiertamente, compartió sobre cómo Dios estaba trabajando en su vida a través de la situación. Mientras él hablaba, Dios me abrió los ojos para ver la gravedad de la situación. Antes de que pudiera detenerme, dije: “¡Usted me enferma!”. Sorprendido, el hombre dejó de hablar y se me quedó viendo con los ojos bien abiertos. Debbie y la esposa también me miraron con incredulidad, preguntándose qué se había apoderado de mí.

Dios me había mostrado el tremendo dolor y la traición que la joven esposa estaba experimentando. Continué: “¡Usted me enferma! Su esposa está sentada allí, llorando, y usted me está diciendo lo mucho que Dios está obrando en su vida. ¡Usted es completamente insensible al dolor que ella está sintiendo justo ahora! No la ha golpeado físicamente, pero la ha golpeado emocionalmente y ha roto su corazón. Es como si ella estuviera sentada ahí con dos ojos morados, un labio ensangrentado y una fractura en la nariz mientras usted sigue y sigue hablando sobre lo mucho que Dios ha tomado ventaja de esta situación en su vida. ¡Debería estar de rodillas delante de ella, pidiendo su perdón y comprometiéndose el resto de su vida a honrarla y servirla!”.

A veces cuando ofendemos, no nos damos cuenta de lo mucho que hemos lastimado a la otra persona y, por tanto, nuestro arrepentimiento no se iguala con nuestro crimen. Hasta que seamos capaces de arrepentirnos al mismo nivel del que ofendimos, no habrá la restauración emocional que se necesita para sanar la relación. Pídale a Dios que le muestre los ojos amoratados del alma de su cónyuge para que pueda arrepentirse apropiadamente.

Con suerte, si su esposo o esposa ha estado leyendo esto con usted, él o ella estará preparado para perdonarle cuando usted se equivoque. Pero aunque el poder le esté esperando, es su responsabilidad confesar y arrepentirse. El arrepentimiento implica cambiar su mente y cambiar su dirección. No es suficiente disculparse si no ha llegado a una comprensión clara de su ofensa. Tampoco es suficiente estar sinceramente apenado por su error si no tiene planes de cambiar su comportamiento.

El arrepentimiento requiere de humildad, una actitud que pocos de nosotros disfrutamos acoger. Tiene que estar dispuesto a verse a usted mismo en verdad, una realidad que hará humilde tanto a los no creyentes, como a los creyentes. Dado que ninguno de nosotros está libre de pecado, ninguno de nosotros tiene el derecho de mirar por encima del hombro las fallas de los demás. Incluso si estuviéramos sin pecado, todavía necesitaríamos seguir el ejemplo de Jesús renunciando a nuestros derechos para que podamos reconciliarnos en nuestras relaciones.

La humildad en el arrepentimiento implica confesarle su pecado a la persona que usted ofendió, estando de acuerdo que lo que hizo estuvo mal y después elegir activamente comportarse o responder de formas que lo alejarán de volver a ofender. Por supuesto que habrá ocasiones en que usted se resbale en el antiguo patrón del pecado. Pida gracia cuando esto suceda. Sin embargo, si usted continúa por la vida sin ninguna intención de superar esa ofensa, usted no se ha arrepentido verdaderamente.

Más allá del arrepentimiento, hemos aprendido un nivel más profundo de humildad que ha evitado las ofensas una y otra vez. Debido a que tenemos una perspectiva del matrimonio como pacto, renunciando a nuestros derechos y asumiendo todas las responsabilidades, nuestra interacción mutua es mucho más cortés. No adoptamos una conversación con la intención de atacar, y nuestras discusiones no consisten en declaraciones defensivas destinadas a protegernos individualmente. Si veo que Robert se ha ofendido por lo que he dicho, voluntariamente me disculpo, incluso si no veo que haya dicho algo malo. Si Debbie me responde con dureza debido a la frustración con los niños, yo no me indigno ni la culpo por echar eso encima de mí, la víctima inocente. En cambio, con cariño le recuerdo que estoy de su lado. La suave respuesta aparta el furor (Proverbios 15:1). Es más importante para mí que se satisfagan sus necesidades; es más importante para mí que sus sentimientos no sean heridos.

El perdón, la humildad y el arrepentimiento avivan las llamas del matrimonio. Para que su relación arda para toda la vida, tiene que ser atendida constantemente. La falta de perdón, el orgullo y la terquedad son como baldes de agua arrojados sobre las llamas. Niéguese a dejar que tales pecados extingan el fuego de su matrimonio. Satanás no se detendrá ante nada para ver que los últimos rescoldos de su vida juntos se consuman. Afortunadamente, “el que está en ustedes es mayor que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Al seguir las enseñanzas y el ejemplo de Cristo, al comprometerse con una relación que es la imagen de Dios, usted está garantizando el éxito y la bendición para su unión.

A través de la oración, Terri recibió la mente de Cristo con respecto a su matrimonio endeble. Ella vio lo perjudicial que su espíritu falto de perdón había sido para su relación. Finalmente, se dio cuenta de que no solo estaba atada por la falta de perdón, sino que también ella estaba manteniendo a Frank en atadura. En sus propias palabras, Terri confesó: “El Señor se encargó poderosamente de mi corazón. Me di cuenta  que el perdón era una decisión. No tenía nada que ver con cuán ofendida me sentía. Esa tarea de perdonar, que una vez pareció imposible, de pronto se hizo más fácil”.

Terri fue con Frank y se arrepintió de su falta de voluntad para perdonar. En ese momento, los milagros comenzaron a suceder en su familia. Su segundo hijo, que luchaba contra el asma, fue sanado. Su otro hijo, que necesitaba una cirugía intensa, recibió un informe de su médico indicando que no había necesidad de cirugía en absoluto. Y, tal vez, la sanidad más sorprendente de todas, Frank y Terri nunca se divorciaron. La paz se apoderó de su hogar, y su matrimonio fue completamente reconciliado. Nueva vida había sido liberada a través de la elección de Terri y de Frank de perdonarse mutuamente. Frank y Terri son líderes en nuestra iglesia. Ellos nos han permitido utilizar sus nombres reales porque les encanta contar su historia y darle a Dios toda la gloria que se merece.

Si usted se está aferrando a una multitud de heridas por parte de su cónyuge, déjelas ir. La sanidad nunca llegará si continúa bebiendo el veneno. Elija caminar en el perdón para que el poder dador de vida sea liberado en su matrimonio. A medida que perdone, también será perdonado por Dios y, probablemente, también por su cónyuge. Es mucho más fácil perdonar a alguien que le ha perdonado en el pasado. Ninguno de los dos es perfecto, y cada uno de ustedes necesita la gracia constante del otro.

Cuando lastime a la persona que ama, arrepiéntase de sus acciones humildemente. Confiese al egoísmo que rompió su pacto matrimonial y luego renuncie a sus derechos y asuma la responsabilidad de amar. En oración, reciba el perdón dado por Dios y por su cónyuge. Por último, camine en ese perdón, negándose a ceder ante la vergüenza o la culpa.

Recuerde el consejo de Ruth Graham Bell: El matrimonio exitoso es la unión de dos buenos perdonadores. El conflicto no tiene que abrir una brecha entre ustedes dos. En vez de eso, deje que lo conduzca hacia los niveles más profundos de la gracia y la humildad. Y al igual que su relación con Cristo abunda en bondad a causa del perdón que Él le concedió a usted, de la misma manera la bondad fluirá a través de su relación de perdón mutuo... su matrimonio de bendición.

―Tomado del libro Un matrimonio de bendición por Robert y Debbie Morris. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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