istock 2191337xsmallLa verdad es que la Navidad está relacionada a la muerte. Jesús vino al mundo a apagar la oscuridad de la muerte encendiendo la luz. Hebreos 2:15 dice que vino a liberar a aquellos “que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”. La Navidad existe para que pueda haber una Pascua, para que podamos vivir con esperanza y morir sin miedo.

Necesitamos este mensaje con urgencia porque este mundo dañado está lleno de tristeza. Tristeza sobre tristeza, en realidad. Así fue como el apóstol Pablo describió el dolor y la pérdida. Su amigo Epafrodito contrajo una enfermedad mortal cuando intentaba llevarle dinero a la cárcel. Pablo les contó a los filipenses: “Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza” (Filipenses 2:27).

Ahí tenemos, directo de la boca de Pablo, una descripción en tres palabras de lo que sentimos cuando un ser querido muere: “tristeza sobre tristeza”. La frase es intensa en el griego original. Es un término náutico que describe las olas que se estrellan en la orilla. Si usted ha experimentado la magnitud del proceso del duelo, entonces sabrá lo apropiada que es esta metáfora.

Las olas no son precisas y ordenadas, especialmente cuando hay oleaje de tormenta. Llegan en grupos, pero en un patrón que es tan aleatorio que convierte al océano en algo peligroso e impredecible. E independientemente de lo rítmicas que puedan lucir las paredes de agua que se desplacen hacia la arena, nunca podremos descartar la posibilidad de que una ola insolente aparezca de la nada. Es por ello que la regla número uno en la playa es “Nunca le des la espalda a las olas” (en segundo lugar está “no alimentes a las gaviotas” y mi voto es para que la tercera sea “nunca use un traje de baño Speedo”).

No en balde Pablo comparó el duelo con la perversidad del oleaje peligroso. El duelo es poderoso e impredecible. La piel se ruboriza, el corazón arde y los ojos hormiguean. Se hace sumamente difícil tener los pensamientos ordenados y es imposible mantener las emociones a raya. Con la excepción de las drogas o el alcohol, el duelo probablemente es el medio más poderoso de alterar nuestro cuerpo, la mente y el estado de ánimo, especialmente durante los primeros momentos posteriores al suceso traumático que lo ha causado.

El duelo supuestamente tiene varias etapas: negación y aislamiento, rabia, negociación, depresión y finalmente, aceptación. Mi experiencia es que estas etapas no están muy bien definidas como para saber cuándo se pasa de una a otra. Es algo desastroso y confuso. De hecho salimos y entramos aleatoriamente de cada etapa. Se arremolinan como un grotesco coctel de emociones. Somos como surfistas novatos que caemos al agua. Cuando intentamos levantarnos para respirar, otra ola aparece de la nada y nos hace caer en otra espiral de dolor. Entonces un día nos sentimos bien, y nos sentimos mal por sentirnos bien.

Tristeza sobre tristeza sobre tristeza, con más tristeza. Esto fue lo que Pablo dijo que le esperaba si Epafrodito hubiera muerto. Una larga batalla emocional que no habría sido fácil, ni breve. 

Espera un momento, debe estar pensando usted. ¿Acaso Pablo no sabía que iba a ver a Epafrodito otra vez? ¿No sabía que si Epafrodito moría se habría ido a un lugar mejor? Las lágrimas de Pablo habrían sido completamente injustificadas, porque en ese momento su amigo estaría caminando por calles de oro sobre un mar de vidrio, o tal vez montando su propio unicornio personal. ¿No sabía Pablo que el cielo es real? ¿O es que no había leído ese libro que es un éxito de ventas del New York Times y que ahora es una superproducción protagonizada por Greg Kinnear?

Por supuesto que Pablo sabía que el cielo es real. Lo sabía mejor que nadie. ¿Cómo? Él lo visitó una vez (2 Corintios 12:2-4) #Modestamente.

Muchos maestros de la Biblia piensan que esto ocurrió cuando Pablo fue apedreado (con piedras, no con hierba) en la ciudad de Listra en Hechos 14. Él murió y después regresó a la tierra, donde se levantó, se sacudió el polvo y continuó predicando. Lo que vio cuando estuvo en el cielo lo impresionó tanto, que les pidió a los filipenses que dejaran de orar para sacarlo del corredor de la muerte, porque quería regresar al cielo. Dijo que dejar la tierra e ir al cielo sería mucho mejor; que “el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

Aun así, dijo claramente que habría sentido “tristeza sobre tristeza” si Epafrodito hubiera muerto, una turbulenta experiencia emocional que habría impactado su corazón como un tsunami.

 —Tomado del libro A través de los ojos del león por Levi Lusko. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

Use Desktop Layout
VIDA CRISTIANA

Boletínes de Vida Cristiana

Mantente en contacto con las noticias, los bloggers y los artículos que usted disfruta.