couple3Mi vida había tomado un giro de 180 grados. Parecía que solo daba pasos hacia atrás, que nada salía bien a mi favor, pero todo estaba dentro del plan de Dios. Era parte del proceso de moldear mi carácter, de cambiar las características de mi corazón y prepararme para la bendición que habría de venir. Perderlo todo me humilló, pero también me hizo depender de su gracia y favor. Mis pasos ya no serían guiados por mi propia sabiduría ni mi capacidad de ser un buen administrador. No podía tener un plan B, una barca en la orilla de la playa por si el plan de Dios no funcionaba. Tendría que depositar mi confianza por completo en Él, y de una vez por todas caminar en fe. Ahora estaba yo de nuevo en casa de mi madre y Susi viviendo con sus padres. Era un reinicio total de nuestras vidas, pero comenzaríamos esta vez siguiendo el camino que Dios había trazado.

Por primera vez en mi vida, me encontré sin nada que hacer el domingo. No tenía iglesia, y sinceramente después de servir por tantos años y fielmente dar todo lo que tenía en una sola, necesitaba el descanso. Desde los doce años de edad tuve algún cargo en la iglesia, y con mucha responsabilidad y respeto los asumí. Primero, como pianista de una pequeña congregación en mi adolescencia, y al final, como director musical al frente de una gran congregación, siendo ya un hombre casado. Mi tiempo, mi talento y mi pasión fueron puestos al servicio de Dios desde muy joven y fui fiel hasta el final.

Sin embargo, me sentía cansado y muy agotado emocionalmente. La iglesia se había convertido en prioridad por encima de mi bienestar y mi matrimonio. El tiempo que había dedicado diciendo presente cada vez que mi nombre era mencionado, era tiempo que mi esposa nunca disfrutaría conmigo. La pasión que cada día ponía para ser un excelente adorador y salmista le restaba a aquella pasión que Susi tanto había necesitado de mí. Estaba convencido de que las cosas iban a cambiar. Decidí que era el momento de tomar un sabático y por primera vez en mi vida desconectarme y trabajar en mi relación con Susi.

Al principio me sentía súper extraño al levantarme el domingo y no tener a dónde ir, pero vivir sin esas responsabilidades, ni agenda, me daban un sentido de libertad que nunca antes había experimentado. Susi y yo comenzamos a dar largos viajes a solas y aprovechar ese tiempo para conocernos una vez más. Habíamos sufrido tanto que el poder despejarnos y salir de la rutina de nuestro mundo nos hizo mucho bien. Estaba claro en nuestros corazones que existía la necesidad de recibir palabra y compartir con otros de nuestra fe. Y también sabíamos que con el tiempo y la ayuda de Dios volveríamos a encontrar un lugar dónde asistir. Pero, después de todo lo que habíamos vivido, necesitábamos ese receso, y lo disfrutamos. De vez en cuando visitábamos la iglesia de mi madre cuando queríamos sentir un poco de ese calor humano, pero no era muy frecuente.

Dios fue paciente con nosotros y nunca nos sentimos fuera de su gracia y amor. Aprendí que yo no tenía que cantar ni dirigir la alabanza para que Él me amara. Que podía sacar tiempo para disfrutar la vida sin sentirme culpable o endeudado. Era otro nivel de relación la que estaba experimentando y cambió mi manera de pensar para siempre. Él nunca quería mi talento, no necesitaba mis capacidades, ni mi lealtad al ministerio. No me iba amar más por estar todo el día en la iglesia, ni por sacrificar mis sueños y a mi familia. Él quería simplemente compartir conmigo. Quería ser mi amigo, alguien con quien yo pudiera reír y llorar, compartir mis inquietudes y mis aspiraciones, y abrirle el corazón sin temor al reproche. No importaba dónde yo fuera, Dios siempre estaría a mi lado.

            Todavía estábamos atravesando ese desierto duro y cruel que nos golpeaba sin piedad física, espiritual y emocionalmente. Había días buenos y otros bastante difíciles. A veces nos parecía que dábamos un paso adelante y tres hacia atrás. Pero el aroma de lluvia se sentía en el aire, y a la distancia, una nube de bendición rápidamente se acercaba.

Comenzamos a visitar a un consejero matrimonial, quien nos fue de mucha bendición. Era alguien fuera de nuestro círculo que no nos conocía, pero lo más importante fue que era creyente. Sopló palabra de vida a nuestra relación con su sabiduría, y a mí personalmente, me ayudó mucho a cómo controlar la ira con la cual todavía estaba luchando.

Susi y yo queríamos estar juntos, y luchamos contra viento y marea para lograrlo. Pusimos a un lado nuestros amigos, familiares, negocios y todo lo demás que fuera de estorbo, para restaurar lo que habíamos perdido. No fue fácil, no fue rápido y no fue barato, pero si valió la pena. Como todo en la vida, sabíamos que para recibir grandes resultados no podíamos dar esfuerzos mediocres. Era todo o nada, y nadie nos quitaría esa victoria. Todo lo que teníamos que hacer para lograr alcanzar la meta, estábamos dispuestos a hacerlo.

—Tomado del libro ¿Y si comenzamos de nuevo? por Susana y Ricardo Rodríguez. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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