forgivenessA mediados del mes de agosto del 2003, Dios había hecho una cita divina conmigo y me visitó de una manera sobrenatural. Llegó tal y como yo se lo había pedido. Sí, mi vida cambió para siempre. Mas no fue por causa de dar un paso más cercano en dirección a la fama como yo lo había pensado, sino porque di un paso más cercano a mi Padre celestial. Tuve mi encuentro con el amor perfecto, redentor, abrasador, perdonador y restaurador de Dios. Ese día miré su gracia fijamente a los ojos, y me enamoré de mi Dios. Ese día, la hija pródiga regresó a casa. Nací de nuevo como hija del Dios vivo, del gran YO SOY. Ese día, fui perdonada y todos mis pecados fueron olvidados. Ese gran día, yo elegí el camino de Dios, y nunca volveré atrás.

La gracia es el favor inmerecido que Dios derrama sobre nosotros. Es gratis para toda la humanidad. No podemos hacer nada para ganarla, y mucho menos para repelerla. No podemos adquirirla o producirla por nosotros mismos. Sabiendo esto, Dios nos la regala juntamente con su amor y su misericordia. De esta manera, nos ayuda a ser habilitados para poder recibir la salvación eterna y poder estar con Él para siempre.

La Biblia dice: «Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios» (Efesios 2:8, NTV). La gracia es el regalo que nos lleva a la salvación, la cual es otro regalo para la cual necesitamos fe. Las Escrituras también dicen que: «Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6, RVA-2015, énfasis añadido). En mi experiencia personal con la gracia tuve que clamar a Dios creyendo que estaba ahí para que pudiera intervenir. Dios sabía por lo que yo había pasado. Él sabía cuánto lo necesitaba. Aun así, no pude tener un encuentro con Dios hasta el momento en que acepté la verdad de su existencia y le invité a entrar a mi vida. Luego de ejercer esta fe fue que hallé la salvación, la cual, a su vez, sólo pude hallar por gracia. Fue por la gracia de Dios que mi camino pudo interceptar con el de Él en el momento justo, preciso y perfecto. De no haber creído y aceptado que Él estaba ahí y que yo lo necesitaba, probablemente aún estaría perdida en mi propio mundo de autodestrucción, o quizás mucho peor.

Tal vez tú seas como fui yo. Puede que estés buscando maneras de ganarte la vida o la salvación mediante actos, esté o no la Presencia de Dios envuelta en ello. Tal vez sigues encontrándote en una recurrente frustración debido a que tu relación con Dios simplemente no está como quisieras que esté, o quizá ni siquiera tienes una relación con Él. Si ese es tu caso, puedo decirte lo que he aprendido al respecto. La mejor manera de agradar a Dios es teniendo fe en Él, confiando que siempre está ahí, y rindiendo tu vida ante Él. Es así, cuando reconocemos que no merecemos el amor y la misericordia de Dios, pero reconocemos cuánto necesitamos de Él para vivir, es que mejor funciona la gracia.

Para que ocurra un encuentro con Dios como el que yo tuve, se necesita un catalítico que se llama arrepentimiento. Es muy fácil confundir el arrepentimiento con remordimiento. Ambos causan una convicción profunda en el corazón de que estamos mal, pero hay una diferencia importante entre los dos. El remordimiento proviene de un lugar de culpabilidad, mas el arrepentimiento, aunque trae consigo el reconocimiento de haber hecho algo mal, es una decisión de cambio. El arrepentimiento tiene como resultado la transformación, mas el remordimiento no.

En Marcos 1:15, Cristo nos dice: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse y crean en el evangelio!» (RVA-2015 énfasis añadido). La palabra «arrepiéntanse» proviene del griego metanoeó que por definición significa «yo me arrepiento, cambio mi mente (cambio de manera de pensar), cambio mi ser interior (particularmente con lo que se refiere a la aceptación de la voluntad de Dios), y me arrepiento. Es lo que ocurre cuando dices: «Ya no voy a vivir mi vida de esta manera, estoy cambiando de rumbo hacia otra dirección». Esto fue lo que me ocurrió cuando decidí no continuar siguiendo los sueños de mi propia voluntad y decidí seguir a Cristo, viniera lo que viniera.

Cuando cometemos pecado es muy común que este venga acompañado de remordimiento o sentido de culpa por las cosas que hemos hecho mal. No es raro ver a alguien que ha fallado llorando de remordimiento y pidiendo perdón, sólo para dar la vuelta y volver a hacer lo mismo por lo cual tanto pidió perdón. La verdad es que no podemos ser libres de nuestras fallas y pecados hasta que realmente nos arrepintamos y cambiemos nuestro rumbo, de modo que nos esforcemos por no cometer más esos pecados.

La decisión de cambiar el rumbo de nuestra vida es nuestra y sólo nuestra. Es algo que Dios no puede hacer por nosotros, pero sí nos puede inspirar a hacerlo. Creo firmemente que esa es la razón por la cual Dios me mostró los dos caminos que podría elegir para mi vida. Esto me ayudó a entrar en una perspectiva clara de adonde estaba y adónde podría terminar. Me ayudó a identificar que yo necesitaba cambiar mi manera de vivir para poder ser realmente libre. Estoy tan agradecida de que Dios en su gracia me ayudó a ver en dónde me encontraba y me inspiró a tomar la decisión correcta por mi salvación.

Puede que hoy seas tú quien te encuentres en el cruce de dos caminos en tu vida. Te aseguro que Dios te está llamando a ir más profundo en el camino que Él ha trazado para ti con tanto cuidado y dedicación. Él desea estar más cerca de ti. Quiere verte cumplir su propósito en tu vida. Él desea que tengas vida y en abundancia. La única manera de llegar ahí es mediante el arrepentimiento y la redirección hacia la voluntad de Dios por encima de la tuya. Después de todo, Él fue quien nos creó y es quien mejor nos conoce. Él sabe mejor que nadie cuál es el camino que debemos seguir para realmente abrazar su gracia, su salvación, y hacer prosperar tu camino en Él.

—Tomado del libro Corazón pródigo por Christine D’Clario. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

 

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