istock 3277366La afirmación de que Jesús resucitó tres días después de morir no es solo una afirmación de fe, sino una declaración que puede ser examinada históricamente. El filósofo Stephen Davis afirmó: “Sin embargo, sostengo que el significado de la resurrección depende del hecho de la resurrección. Es decir, si Jesús en realidad no fue levantado de entre los muertos, su resurrección no tiene ningún significado interesante en particular”.

El cristianismo se basa en esta afirmación central y por ello está abierto a la investigación histórica. Podemos analizar este acontecimiento de la misma manera que lo hizo Charles Darwin en su libro El origen de las especies; es decir, tratando de determinar la historia pasada de los seres vivos a través de un método llamado inferencia de la mejor explicación. De hecho, el apóstol Pablo escribió que si no hubiera existido la resurrección, la fe cristiana sería falsa. Los críticos han sostenido por mucho tiempo que lo que alegan las religiones son solo declaraciones de fe, sin ninguna prueba o sustancia. Dicen que lo que la ciencia afirma es más creíble, porque se puede demostrar que es falso. Pero esto es exactamente lo que el cristianismo declara. No existe ninguna otra religión que base todo el peso de su credibilidad en un solo acontecimiento o milagro. Como afirmó Michael Grant: “El cristianismo es la única religión que se sostiene o se viene abajo dependiendo de supuestos sucesos históricos”.

Fue esta convicción lo que sacó a un pequeño grupo de seguidores de Cristo de las sombras del miedo y la incredulidad para colocarlos en el escenario principal de la historia. Se convirtió en la fuente de un poder y una sabiduría sobrenaturales, que confundiría a sus oponentes. En última instancia derrocaría un imperio, no por medio del poderío militar, sino por medio de un amor cautivador e incesante. El mundo no ha presenciado nada como eso antes o después. El historiador Will Durant concluye:

 “No hay un drama más grande en los registros de la humanidad que la visión de unos pocos cristianos despreciados y oprimidos por una sucesión de emperadores, soportando todos los juicios con una tenacidad feroz, multiplicándose en silencio, creando orden donde sus enemigos generaban caos, combatiendo la espada con la palabra, la brutalidad con la esperanza y derrotando finalmente al estado más fuerte conocido de la historia. César y Cristo se habían enfrentado en la arena, y Cristo había ganado”.

Fue la creencia de que Jesús había sido resucitado de entre los muertos lo que provocó tal dedicación y sacrificio por parte de sus creyentes para obedecer sus mandamientos. De primero en la lista está el mandamiento de amar a sus enemigos. Es muy poco probable que sus seguidores hubiesen sido fieles a esas palabras habiendo terminado la vida de Jesús en la cruz. De hecho, el investigador del Nuevo Testamento N. T. Wright señala que ninguno de los autoproclamados Mesías del mundo antiguo seguía teniendo seguidores o algún tipo de influencia después de morir.

Uno pudiera añadir en dado acaso a los seguidores no solo de Juan el Bautista, sino de Judas de Galilea, Simón, Athrongeo, Eleazar ben Deinaus y Alexander, Menajem, Simón Bar Giora, y el mismísimo Bar-Kojba. Al enfrentar la derrota de su líder, los seguidores de estas figuras fueron acorralados o simplemente se dispersaron. La otra posibilidad era aferrarse a un nuevo líder. En el caso de la supuesta dinastía que fue conocida como los Sicarii, cuando moría un líder, simplemente escogían a otro líder de la misma familia. En ningún caso escuchamos a ningún grupo que, después de la muerte de su líder, afirmara que dicho líder estaba nuevamente vivo, y que por lo tanto la espera de Israel se había hecho realidad de alguna extraña manera. La historia, sin embargo, destaca esta pregunta: ¿Qué ocurrió para que los seguidores de Jesús expresaran desde el principio semejante afirmación y enfrentaran sus implicaciones? Hoy necesitamos desesperadamente recuperar la misma convicción que tenían los primeros discípulos sobre la veracidad de este acontecimiento.

—Tomado del libro Hombre. Mito. Mesías. por Rice Broocks. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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