biblia antiqueCada experiencia de tu vida Dios la usa para desarrollar algo en ti. El que mi hijo Robi hubiera nacido con hemofilia (un trastorno hemorrágico congénito que se caracteriza por la deficiencia en la coagulación de la sangre) fue una oportunidad para desarrollar en mi vida el hábito de oración.

Aprendí a pelear por lo que nos pertenecía y a clamar la preciosa y poderosa sangre de Jesús sobre nuestras vidas.

Aprendí un nuevo nivel de guerra espiritual, pero sobre todo aprendí a sembrar palabras de vida en mi pequeño.

Ahora sé que con nuestras palabras podemos derribar o podemos edificar. Yo no sabía nada sobre las proclamaciones proféticas o sobre el poder de las palabras. Cuando empecé a escribir versículos en tarjetas (de cartulina recortada) y comencé a orarlos una y otra vez sobre mi hijo, no eran oraciones de “bendícelo, Señor, y guárdalo”, eran poderosas proclamaciones sobre mi hijo basadas en los versos de la Biblia que el Señor había destacado durante mi tiempo de lectura a solas con Él (o a través de una enseñanza o predicación), y que resonaban en mi espíritu (que es lo que se llama una palabra “rhema”).

Una cosa tenía yo segura: su Palabra. Yo sabía que su Palabra es fiel y verdadera. Aprendí a amar su Palabra y a aferrarme a ella como nunca antes lo había experimentado. La Palabra de Dios tomó un nuevo sentido en mi vida. Tenía que descubrir qué decía para mí y para mi hijo. Qué tenía Dios para nosotros, qué decía Él en su palabra. Era tiempo de que Dios me hablara y yo le escuchara por mí misma y aprendiera a sacar los tesoros escondidos de su Palabra. Salmos 107:20 dice: “Envió su palabra y los sanó; los libró de su ruina”. Es a través de su Palabra que nos libra de la ruina.

Su Palabra literalmente fue la espada que Dios me enseñó a usar en contra del temor y las mentiras enviadas por Satanás.

¡Cuántas veces pasamos por momentos difíciles y dolorosos! y lo único que tenemos es su Palabra. No hay más. No podemos escucharlo, no podemos sentir su cercanía, solo hay silencio. Son ocasiones en donde nos rodean situaciones que nublan todo nuestro entorno, todo nuestro alrededor y no vemos. ¡No podemos ver nada! No podemos ver la seguridad del puerto, no vemos la tierra, no vemos el sol, todo está nublado por las circunstancias que estamos viviendo. Pero su Palabra, el refugio de su Palabra, nos hace recordar que ahí está el camino, sin importar la neblina, ahí está la vereda que nos guía a un lugar seguro, cerca del corazón del Padre.

Dios usa su Palabra para enseñarnos a caminar por fe en tiempos de dificultad y tribulación. Porque sin importar las circunstancias que nos rodean o el conflicto que estemos viviendo, su Palabra no cambia y sus promesas permanecen firmes y constantes. Su compromiso hacia nosotros es inalterable.

El tiempo de la tribulación o prueba es la ocasión perfecta para crecer. Crecer para abajo; echar raíces. ¿Por qué estoy hablando de echar raíces? Muy sencillo, por lo que Jesús enseñó en la parábola del sembrador.

Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Se le acercó mucha gente, así que él, entrando en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:

«El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero cuando salió el sol, se quemó y, como no tenía raíz, se secó. Parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga» (Mateo 13:1-9).

En todo tiempo debemos buscar seguir creciendo, pero el tiempo de la prueba —aunque no nos guste— es una excelente oportunidad para sembrar bien y echar raíces; porque la verdad es que en esos momentos buscamos más a Dios, ¿no es así?

¿Y cómo logramos esto? La manera de hacerlo es llenándote de su Palabra. Su Palabra tiene que ser la seguridad y la verdad de nuestro destino, no las circunstancias alrededor nuestro.

En Proverbios 6:2 dice la Escritura que te enredas con las palabras de tu boca y quedas atrapado con los dichos de tus labios. Por lo tanto, habla lo que tu Padre celestial dice de ti, confiésalo, da pasos de fe declarando bendición en tu vida.

Proverbios 18:21 dice que la muerte y la vida están en poder de la lengua.

¿Qué pasa si sientes que has fallado y te has atado con tus propias palabras? ¿Qué pasa si has atado y maldecido a tus hijos hablando palabras que no debías? ¿Y qué hacer si creciste escuchando palabras que te denigraban y lastimaban, palabras que te maldecían?

¡Hay esperanza!

Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada, pero la lengua de los sabios es medicina (Proverbios 12:18).

Las palabras de los malvados son como emboscadas para derramar sangre, pero a los rectos los libra su propia boca (Proverbios 12:6).

Vuelve a leer el versículo. ¡A los rectos los libra su propia boca! Habla bendición sobre tu vida y la vida de tus seres queridos.

—Tomado del libro Prisioneros de esperanza por Claudia Cedillo de Torres. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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