alzheimerMi abuela era ¡impresionante! Sentía por ella un intenso amor, teñido de respeto y admiración. Me encantaba verla cuando salía al porche al caer la tarde para su tiempo de lectura. En una mano su bastón, en la otra su Biblia, la cual transportaba con tal devoción que, más que portarla, parecía abrazarla. Su cabello blanco era reflejo de un alma más blanca todavía. Varias veces me dio la impresión de que cuando ella salía al porche, Dios salía de su mano. ¡Y cantaba durante todo el día! No lo hacía muy bien, pero ponía tanto cariño al entonar que al final acababa gustándote. Y cuando guisaba lo hacía con una tranquilidad asombrosa, ¡siempre a fuego lento!

—Estas alubias estuvieron cociéndose durante dos horas.

Así afirmaba mientras degustábamos el delicioso plato, y yo sabía que no exageraba, porque la vi poner el agua al fuego cuando aún era temprano, y luego observé como a cada rato giraba la cuchara de madera dentro de la olla, y la escuché cantar cuando añadía un poco de sal.

—Pero, Aba —le dije un día—. ¿Por qué gastas tanto tiempo en guisar? ¿No tienes prisa?

—¿Prisa? ¿Por qué habría de tenerla? —me miró extrañada—. Dios resolvió lo más urgente que es mi destino eterno, y si alguna otra cosa quiere crearme ansiedad se la encomiendo a Él y descanso. No hay razón para angustiarse.

—Pero la mayoría de las personas siempre tienen prisa —le dije.

—Tienes razón —admitió mi abuelo—, sin embargo caminar con mesura y prudencia sigue siendo la forma más segura de llegar pronto. Ya tuve en el pasado ocasiones de precipitarme y demasiado bien las aproveché —asintió varias veces con la cabeza para afirmar—: Vez tras vez comprobé que correr no me ayudaba a llegar antes, sólo me ayudaba a tropezar —reflexionó un instante y añadió—: Temo que muchos viven a la carrera porque se dejaron enredar en un engaño: comprar cosas que no necesitan, con dinero que no tienen, para impresionar a gente a la que no soportan. No recuerdo quién me lo dijo ni cuándo lo hizo, pero la sentencia se quedó grabada en mí: El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario.

—No es así en todos los casos, por supuesto —matizó la abuela—, pero a menudo ese es el problema. Lo peor es que quien cae en ese engaño, después apenas puede disfrutar eso que adquiere, porque está todo el día ocupado, ganando el dinero que no tenía, para pagar aquello que no necesitaba. Hijo —me dijo entonces—, ¿tú ves que el abuelo y yo tengamos lujos?

—No, Aba.

—¿Ves que nos falte algo?

—No, Aba.

—¡Pues ahí lo tienes! —exclamó como si acabara de descubrir algo crucial—. La clave está en apreciar lo que tenemos sin codiciar lo que nos falta. Hay que reconocer la sabiduría de Epicuro cuando dijo: ¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia.

Intervino entonces el abuelo:

—Esa frase es bien cierta —reconoció, y mirándome me dijo—: Desde luego que no estamos diciéndote que no debas soñar, ni estamos diciendo que sea malo perseguir metas y anhelos. Sólo te decimos: aprende a ser feliz con lo que tienes mientras persigues lo que quieres —sonrió al concluir—: Hijo, en esencia, hacen falta muy pocas cosas para vivir, y esas pocas muy poco.

—Y cuando aprendes a apreciar lo que de verdad hace falta —apuntó ella—, descubres que la ansiedad desaparece y dispones entonces de tiempo para cocinar un sencillo plato con calma y disfrutarlo con gozo.

—El mayor problema de las personas está aquí adentro —el abuelo se tocó la cabeza con insistencia—. Si dejas que tu mente se llene de ansiedad, vivirás angustiado; si permites que en ella anide la codicia, vivirás codiciando. Por eso la Biblia (Filipenses 4:8) nos dice que pensemos en lo bueno, en lo amable, en las virtudes… Si cedemos el centro de nuestro pensamiento al Señor —la sonrisa con la que el abuelo coronó la frase, me hizo sonreír a mí también— viviremos en paz y disfrutaremos de serenidad.

Me sorprendió descubrir que al lado de mis abuelos había tiempo para jugar, cantar, reír…para compartir con otros lo que les hacía felices. Algunas veces me he preguntado: ¿Por qué será necesario llegar a viejo para descubrir que no hay que agobiarse tanto cuando uno es joven?

Las verdades que ellos me transmitieron fueron posándose en mi conciencia con la suavidad de una pluma, pero dejaron una marca indeleble, como quien pisa sobre cemento fresco. ¡Qué razón tuvo quien dijo que el que escribe en el alma de un niño escribe para siempre!

Ellos me enseñaron que cuando lo urgente está resuelto, lo secundario encuentra su lugar y la ansiedad se disuelve en vapores de paz. Aprendí a su lado que hacen falta muy pocas cosas para vivir, y cuando despejas tu agenda de lo trivial, descubres que hay tiempo y espacio para lo esencial.

—Pero si alguna vez llegara a faltarte algo —dijo mi abuelo aquel mismo día—, si en alguna ocasión notaras que algo importante falta —repitió—, debes confiar plenamente en Dios; lo necesario llegará, no siempre cuando lo deseas, pero sí cuando de verdad lo necesitas.

—Eso es fe —puntualizó la abuelita—, dejarle a Él los tiempos y los detalles. Dios es mucho más sabio que nosotros y nunca llega tarde —aseguró—; Él nunca se equivoca.

—Tomado de la novela Un verano en Villa Fe por José Luis Navajo. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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