doveEste es el orden: Primero Dios. El centro de toda actividad del creyente debe ser Dios y nada debiera distraerle. Lo importante no es lo que dices ni cómo manejas tu apariencia piadosa, es lo que hay en tu corazón. Él debe ser el primero y el único. Cuando adoras, no lo haces para que te vean en la iglesia ni para mostrar la forma en que Él te cambió. ¡No! Lo adoras por lo que Él es.

Cuida la unción al precio que sea. Tengo total respeto por el Espíritu Santo y no quiero hacer nada que lo contriste como te dije anteriormente. Muchos me dicen que recoja la ofrenda antes del mensaje y otros me dicen que lea los anuncios en la mitad de la reunión, pero no lo hago así. ¿Sabes por qué? Porque cuando estamos en la presencia de Dios no detengo la reunión. Hay tiempo para los testimonios, hay tiempo para los anuncios, hay tiempo para las ofrendas y todo tiene su tiempo, pero cuando el Espíritu Santo está presente, sólo me importa Él. Durante la predicación nos concentramos en la Palabra de Dios, la cual adquiere un especial poder porque el Espíritu Santo la vivifica en medio de la congregación.

Hay también algo clave que debes conocer al ministrar. Pablo fue claro al escribir a los corintios acerca del Espíritu Santo y del poder de Dios que fluía a través de Él. Nuestra fe no debe estar fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios. Nuestro Evangelio no es sólo una teología, por tanto, no temas ministrar esta verdad que salva y cambia vidas. El Dios que predicas y lo que predicas de Él, es muy real. Es lo más real que cualquier persona pueda conocer.

Hago un llamado sobre lo que predico y ministro pues allí ves al Espíritu Santo como el paracleto ayudando a su pueblo a obedecer, a amar, a perdonar, a seguir a Jesús y a tomar la gran decisión de su vida. Según el mensaje que el Espíritu Santo te guíe a predicar, así mismo debes ministrar.

Debes tener total respeto por la majestad de Dios y entender que tu servicio (tu ministerio) no gira a tu alrededor sino alrededor de Él. Debes dejarlo fluir. Tú eres las olas que te suben al nivel de la comunión a donde Él quiere llevarte. Deja que Él te guíe. El Espíritu Santo te guiará como quiere. Sé totalmente sensible y dependiente de Él.

No sé porque algunos detienen su comunión con el Espíritu Santo. ¡No lo hagas! Si el presidente de tu país te estuviera hablando y te retiraras por un instante, perderías el privilegio de su presencia. Mucho más grande que el presidente es el Espíritu Santo.

La comunicación con Él se establece individualmente a través de la oración. Tú te rindes al Espíritu Santo y Él toma tu espíritu por medio de la oración. Él te ayudará a orar como conviene. También puedes ayudarte con la adoración y la alabanza que te acercan a Dios. No comiences diciendo: «Dame, quiero esto, ayúdame…». Puedes abrir ese momento glorioso con un «Te amo, te adoro y te anhelo». No necesitas ni siquiera seleccionar las palabras. Es sólo una expresión de gozo y gratitud que exaltan sus atributos, su misericordia y su gran amor.

Disfruta de la unción que Dios te manifiesta en la oración, la adoración y la predicación porque su presencia es real. Aún después del mensaje, puedes continuar adorando según el Espíritu Santo te lo indique. Este es el tiempo en el cual puedes disfrutar viendo sus maravillas, porque Él está presente. Desde mi interior quisiera gritar: «Él está aquí. Él habita en medio de su pueblo». ¡Esto es glorioso!

Quiero compartir contigo lo que aprendí acerca de la presencia de Dios y el peligro de perderla. La presencia de Dios es como un manto sobre tu vida. Hay muchos que han perdido ese vestido y con solo mirarles, es evidente que algo muy importante falta en sus vidas. Miremos a Adán, quien perdió la presencia de Dios. ¿Recuerdas cuando pecó? Al desobedecer, lo primero que descubrió es que estaba desnudo. Ese vestido de la gloria de Dios se había ido y no sólo lo notó él, la Biblia dice que ambos conocieron que estaban desnudos. Es decir, Eva también vio que Adán estaba desnudo. No sólo tú lo puedes ver. Otros también lo ven. Cuando tú estás desnudo, o cuando la gloria de su presencia está en ti.

Ahora, mira lo que hizo Adán al perder ese vestido de gloria: se cosió un vestido de hojas de higuera. ¡Qué tremendo! Muchos hombres, al perder la presencia de Dios, han hecho lo mismo: se han vestido de hojas de higuera tales como el legalismo, la religiosidad, la apariencia externa o cosas similares a estas que cubren su desnudez espiritual. Por ejemplo, en algunos casos, el gobierno en la iglesia gira alrededor de la apariencia externa o de «grandes cabezas». Es decir, de teólogos o doctores de la ley, pero en la iglesia primitiva, el requisito más importante era que fueran hombres llenos del Espíritu Santo (Hechos 6:1-7). En otras palabras, ellos poseían un vestido que la iglesia notaba: eran llenos del Espíritu Santo. Es decir, la presencia de Dios estaba sobre ellos y era más evidente que los mismos títulos religiosos.

Ese es el vestido con el que Dios quiere que te vistas, un vestido de bendición, no como las vestiduras viles de Josué: «Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala» (Zacarías 3:3-4).

Es tiempo de quitarte esas vestiduras viles y vestirte de su presencia. Sacúdete en el nombre de Jesús de toda vestidura vil sobre tu vida, y pide que su gloria fluya sobre ti.

—Tomado de la Mi mejor amigo por Ricardo y Ma. Patricia Rodríguez. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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