walkingAlgunos de los momentos más difíciles para disciplinar nuestros pensamientos y nuestras palabras son cuando nos enfrentamos a las tormentas de la vida: los desafíos más importantes; los problemas graves; los momentos cuando estamos más temerosos, heridos, decepcionados o confundidos; cuando nos sentimos amenazados o hemos experimentado algún tipo de pérdida. Todos atravesamos tormentas en distintos grados para que nuestra fe sea probada y aprendamos a vivir —así como también a usar nuestros pensamientos y palabras para nuestro beneficio—en medio de la tormenta.

Siempre me he sentido intrigada por escrituras tales como Juan 14:30 e Isaías 53:7; pero no lograba comprender el mensaje que transmitían hasta que el Espíritu Santo me reveló que las mismas se encuentran relacionadas con nuestras bocas y con las tormentas que enfrentamos en la vida. La primera escritura son palabras de Jesús; la segunda constituye una palabra profética del Antiguo Testamento acerca de Jesús:

No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí.

Juan 14:30

 Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

Isaías 53:7

 Vemos en Isaías 53:7 que cuando Jesús se encontraba atravesando la prueba más intensa de su vida, Él decidió que sería prudente no abrir su boca. ¿Por qué? Creo que Él sabía que en su humanidad, sería tentado a hablar del mismo modo en el que usted y yo hubiésemos hablado bajo tales condiciones de tanta tensión (dudas, cuestionamientos a Dios, quejas o  comentarios negativos).

Cuando somos sometidos ante una situación de presión extrema, aún el creyente más fuerte y maduro puede expresarse de una forma inadecuada, si el nivel de tensión fuera abrumador y se prolongara por demasiado tiempo.

Jesús es el Hijo de Dios, Dios mismo, pero se hizo hombre. El autor de Hebreos dice en Hebreos 4:15 que «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado».

Creo que cuando Jesús tuvo que afrontar situaciones de pruebas en las que Él sabía que sería tentado a decir cosas que no llevarían buen fruto, eligió no abrir su boca. Decidió de su voluntad a no decir nada en absoluto. Era capaz de permanecer callado cuando lo necesitaba.

Esta es una decisión sabia para todo aquel que se encuentre bajo momentos de estrés. En vez de hablar en virtud de nuestras emociones, que pueden estar alteradas o heridas, tenemos la inteligencia para dejar que nuestras emociones mengüen antes de abrir nuestras bocas. De esta forma, evitaremos decir cosas que pueden no honrar a Dios o no expresar nuestra fe y confianza en Él, y no dar lugar a la negatividad con nuestras palabras.

Un día, Jesús y sus discípulos atravesaban una tormenta feroz en el mar de Galilea. Fue una tormenta natural, pero podemos aprender de este relato algunas lecciones sobre cómo enfrentar las tormentas de la vida. La travesía por del mar comenzó cuando Jesús les dijo: «Pasemos al otro lado» (Marcos 4:35). Para mí, esta oración es como si Jesús le dijera: «Tengo algo nuevo y más grande para tu vida»; o «Experimente una nueva bendición»; o «El ascenso está en camino» o cualquier otra frase que el Señor pudiera utilizar para hacernos saber que un cambio se aproxima. Estoy segura de que los discípulos estaban expectantes por descubrir con qué se encontrarían «al otro lado». Posiblemente, no esperaban enfrentar una gran tempestad. De seguro, ya ha notado que no todas las tormentas en su vida están en el pronóstico.

Marcos 4:37-38 describe qué sucedió en la travesía: «Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?».

Los discípulos no se encontraban tan entusiasmados en el medio del mar, como lo habían estado al comienzo.

Cuando Dios nos llama para embarcarnos en algo nuevo, por lo general, no nos hace saber qué sucederá en el camino. Dejamos atrás nuestras seguridades y avanzamos hacia las bendiciones al otro lado, pero a la mitad del trayecto, solemos encontrarnos con las tormentas. La mitad del camino es un lugar de prueba.

La tormenta golpeaba con toda fuerza, ¡y Jesús estaba durmiendo! ¿Le suena familiar? ¿Alguna vez ha tenido momentos cuando sintió que se estaba hundiendo y que Jesús dormía? Oraba sin cesar, pero no escuchaba la voz de Dios. Pasaba tiempo con Él y trataba de sentir su presencia; sin embargo, no sentía nada. Buscaba respuestas, pero no importaba cuánto luchaba en contra de los vientos y de las olas, la tempestad se embravecía y usted no sabía qué más hacer.

La tormenta que enfrentaron los discípulos no fue una ligera tormenta de verano, sino una tormenta «con proporciones de huracán». Las olas rápidamente llenaron la barca y los discípulos estaban en verdad atemorizados, como lo hubiese estado cualquiera.

En momentos como estos, cuando nuestras barcas parecieran estar hundiéndose con nosotros dentro, debemos poner en práctica nuestra fe. Podemos hablar acerca de la fe, leer sobre ella, escuchar sermones o cantar sobre la fe; pero en el medio de la tempestad, debemos aprender a usarla. Asimismo, en circunstancias similares, descubrimos cuánta fe realmente tenemos.

La fe, al igual que un músculo, se debe ejercitar. Cada tormenta que atravesamos nos equipa para que enfrentemos de mejor manera una próxima. Pronto, nos convertiremos en tan buenos navegantes que las tormentas ya no nos perturbarán. Habremos pasado por las mismas y conoceremos cómo terminan: todo estará bien. Una vez que creamos esta verdad, podremos decir confiadamente que llegaremos al otro lado.

—Tomado del libro Palabras de poder por Joyce Meyer. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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